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Artículos publicados en el Diario de Jaén

Declaración de intenciones  (2 de julio de 2011)                        

Salvador Compán

Cuando Valentina Tereskhova saltó de la nave y abrió el paracaídas, llevaba ya impreso en la cara el orgullo de haber sido la primera mujer que había visto la Tierra desde el espacio. Aterrizó cerca de una aldea remota y la ayudó a desembarazarse del traje de cosmonauta una vieja campesina que acudió perpleja al prodigio quien, mientras estudiaba milagros en sus ojos, le preguntó si había visto a Dios en la hondura de los cielos. Tereskhova le contestó que no, que su nave quizá había seguido otros caminos no habitados por la divinidad, pero, en cambio, sí había visto la casa de los hombres, una esfera hermosísima, brillante, de un azul muy claro, y había tenido nostalgia de un punto de esa esfera donde se alzaba su región nativa. Valentina Tereskhova, que había estado flotando 71 horas en la pulpa de un espacio sin límites, encontró a su Dios particular en la referencia segura de su lugar de pertenencia.

Por mi parte, podría decir que, si pienso en los espacios que considero míos, no tengo un concepto más mítico que el de la cosmonauta soviética. Mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en Úbeda, y es allí donde se encuentra para mí ese punto en el espacio donde sé que los sentidos adquieren la especial consistencia que les concede la seguridad de la memoria, del hábito y del conocimiento. Decía Luis Cernuda que la patria

es la infancia. Si lo aceptáramos, habría que añadir que hablamos de la patria menor del sentimiento. La otra patria, la social, es un concepto mucho más escurridizo, de bordes en exceso cortantes. En nombre de los territorios que usan el copyright de una bandera, sus habitantes se han inventado valores y mejoras para ellos mismos a costa de la subordinación, cuando no de la masacre, de los excluidos. Por ello, tal vez puedan coincidir conmigo en que quien mejor definió este concepto fue Antonio Machado, cuando escribía que la patria no es un himno o una bandera sino la tierra que se labra, el lugar que se trabaja. No se pertenece en plenitud a un sitio si no se ayuda de algún modo a construirlo. Lo demás son lamentos, engañifas o fanfarrias.

Todo lo que he escrito arriba no es más que una especie de declaración de intenciones. Entiéndanlo también como un pretexto para decirles que, en sucesivos sábados, estaré con ustedes en este rincón del periódico. Lo haré con el ánimo machadiano de arrimar mi hombro al largo esfuerzo que realiza el diario Jaén para construir el territorio de nuestra provincia. Y con la misma certidumbre que Tereskhova cuando, desde el universo inacabable, avistaba un punto en la Tierra donde se sabía implicada. Aunque ignoro si la cosmonauta llegó a desear que su nave fuera vista a su vez desde aquel punto, que su región nativa tuviera más de mirador que de pozo y que desde allí, como desde la nave, se alcanzara a percibir toda la redondez de la realidad.

Canciones de arrabal  (9 de julio de 2011)  

Salvador Compán

Hace poco vi un anuncio de Cruzcampo en el que se presenta a Andalucía como una tierra habitada por seres felices  y cerveceros, frente a un norte de frío, tonos grises y trabajo. Aquí, el dominio del sol y la sonrisa; allí, más allá de Despeñaperros, el chirimiri metiéndosete en los huesos camino de la fábrica. Este planteamiento no está muy lejos de los chistes que elogian la vagancia de los sureños o de lo que Ortega y Gasset llamaba el ideal vegetativo de los andaluces. O de aquel eslogan, tan cutre, que muchos llevaban pegado en los cristales de sus coches: Andalucía, tierra madre de la vida padre.

Con más argumentos, Pío Baroja daba su visión de un norte de Europa compuesto por pueblos protestantes que tienen como ética el trabajo y que ocuparían lo que él llama el centro urbano de esa inmensa ciudad que sería todo el continente. Al mismo tiempo, en los arrabales del sur de Europa, se habrían asentado los pueblos católicos, tan tendentes al sentimiento como reacios a la ciencia.

De modo que, desde los anuncios televisivos a intelectuales como Ortega y Baroja parecen abocarnos al ocio y a la cerveza. Pero cuando pintan los bastos (o los puñales) de la crisis se nos cuaja de golpe la sonrisa. Con las cosas de comer no se juega ni con la falta de pan se fabrican hermosas leyendas de pueblos ociosos y edénicos.

Los arrabales de Europa son ahora los arrabales del paro y nuestros políticos se apresuran a construir un cancionero, enjundioso y populista, para contarnos en verso el milagro de la multiplicación celular de un mismo puesto de trabajo. Desde las elecciones del 22-M, asistimos a la aparición de un conjunto de coplillas de barrio con las que se ganaron alcaldías y gobiernos autónomos: boleros que versan sobre cómo el PP se sacaría de la chistera larguísimas listas de empleo; chispeantes rumbas que hablan de cómo los alcaldes convertirían sus municipios en fábricas prodigiosas; oscuros tangos que nos ilustran de cómo un hercúleo Zapatero habría derribado él solo, con la mera fuerza de sus brazos, el templo sagrado que cobijaba a cinco millones de trabajadores.

Sin embargo, mientras los nuevos copleros repiten sus estribillos sobre la multiplicación de los panes y los peces, los ayuntamientos que ahora rigen, lejos de crear empleo, están recortando puestos de trabajo. De modo que uno no llega a explicarse por qué la realidad es tan perversa que no quiere someterse a las letras de sus bulerías. ¿Qué le habrán hecho estos copleros a la realidad para que huya de ellos con él pánico en los ojos? ¿Por qué la realidad, como las cabras, tira hacia el monte y se empeña en encaramarse en cimas tan altas como el derrumbe del ladrillo, la corrupción o la especulación financiera internacional?

 

Verdes valles de cemento (16 de julio de 2011)  

Salvador Compán

La enorme capacidad de nombrar la realidad que tiene la lengua nos es imprescindible para entender el mundo, aunque también puede servir para desentenderlo. La lengua en esencia es un puente para llegar a las vidas de los otros, pero también puede convertirse en un campo minado, en una red de desinformación. Bastaría recordar el lenguaje emotivo de la publicidad o que, por ejemplo, el franquismo utilizara la palabra español solo para designar a los no republicanos. Bastaría traer aquí monumentos al vacío como aquel galimatías que pretendía definirnos como “una unidad de destino en lo universal”.

Pero quisiera acudir a una muestra más reciente de estos abracadabras lingüísticos. Me refiero a la justificación que se utiliza para un decreto que publicará la Junta y que legalizará de un plumazo la totalidad, o casi, de las 400.000 viviendas levantadas en terreno no urbanizable de nuestra autonomía. El argumento viene a ser que se legalizan, pero no tanto, en la línea de aquel personaje de Mihura que argumentaba admitiendo que sí, que se iba a casar “pero solo un poco”. En este caso de las viviendas irregulares, se nos explica el decreto arguyendo que lo que se hace es poner orden y dar respuesta a algo ya existente, y no legalizar lo que la ley no permite. Es decir, se homologan estas casas como si hubieran pagado impuestos y estuvieran construidas dentro de un urbanismo reglado, aunque a esto no se le llame legalizar. Quizá, en la estela de Miguel Mihura, tendríamos que hablar de que se legalizan pero solo un poco.

Lo peor de este decreto es que refrenda que una parte de  nuestro espacio natural, parecido ya a una orografía del feísmo y del absurdo, quede mutilado para siempre. El cemento incrustó sus lamparones en la costa y avanzó a voluntad de cualquier desaprensivo por valles y laderas; ahora, se nos queda para siempre y, además, navegará a sus anchas con todos los vientos legales hinchándole las velas. Lo que cuesta comprender es que quienes tenían la obligación de cuidar de nuestro patrimonio paisajístico utilicen el poder prestado de los votos para entregar nuestro territorio a construcciones regidas por la avaricia o el deseo personal.

No sé con exactitud los motivos que han impulsado a la Junta a hacerle este costurón a nuestro paisaje. Sin embargo, mientras escribo, no dejo de acordarme de Rafael Gómez, Sandokán, un constructor, implicado en asuntos de corrupción urbanística, que a lo Gil y Gil se presentó a las últimas elecciones a la alcaldía de Córdoba. Gómez fue votado en barrios como el Sector Sur, Levante, Las Palmeras, las aglomeraciones de casas sin control urbanístico. Prometía construir barato y legalizar viviendas. Sacó cinco concejales. ¿Habrá calculado ya la Junta cuántos votos-sandokán le reportará su decreto?

Sobre héroes y máscaras  (23 de julio de 2011) 

Salvador Compán

Parece cierto que cada uno de nosotros cultiva un personaje a lo largo de su vida hasta que quizá llegamos a parecernos al que queríamos ser. Ocultamos o resaltamos según qué rasgos de nuestra personalidad para perfilar nuestra imagen social, nuestra cara de calle, más o menos maquillada, pero hecha al fin y al cabo con nuestra propia piel.

Sin embargo, cuando hablamos de los héroes contemporáneos no es inusual constatar que la materia de la que están hechos es la misma que la de la máscara tras la que se ocultaban y, en el derrumbe fulminante de algunos de ellos, encontramos una clara información sobre el modo en que sus caretas habían sustituido la misma carne de sus caras.

La brutal sinceridad de los borrachos dejó al modisto Galliano en una desnudez sin regreso que transparentó en el acto la oscura maquinaria de su pensamiento. Algo parecido a lo ocurrido con Curbelo, ilustre senador del PSOE, cuyo último discurso público lo pronunció a voces en el muy solemne foro de un prostíbulo madrileño: “A mí no me detiene un moro”, “yo no pago a las putas”, “yo me meo en las putas”

Caretas que caen y convierten en segundos al héroe en esperpento, y nos hacen considerar cómo pintaron tan bien sus máscaras y desarrollaron esa perseverante capacidad de disimulo; aunque mejor sería preguntarse por las razones que llevaron a un pueblo amante de mitos y fetiches a encumbrar a estos héroes que parecen salidos de una tienda de disfraces. ¿Cuántas caretas tuvo que utilizar Strauss-Khan para tapar su corazón de verraco? ¿De cuántos quilates es el oro del antifaz de Murdoch, ese dios menor de la prensa corrompida con millones?

No obstante, los héroes de los que hablo a veces son magos de la sobrevivencia y pueden escamotear aquel mal momento en el que se les cayó la careta. Ahí está Ana Rosa Quintana que pontifica sobre ética en programas televisivos o en revistas que llevan su nombre sin que quiera acordarse de que un día llevó un disfraz de escritora y le encargó una novela al periodista Rojo quien, a su vez, plagió el texto que luego firmaría la Quintana. Aunque, según lo veo, quien ocupa el lugar de honor de esta galería de héroes enmascarados es Francisco Camps. Difícil superar su tozudez en mentir sobre el regalo de los trajes; más difícil aún conseguir que haya personas que no se pregunten por qué recibió regalos de una empresa que saqueó al gobierno que presidía; casi imposible de superar ese gran carnaval de su despedida, cuando el héroe se puso la máscara del Sagrado Corazón: moría como político no a causa de sus pecados sino para dar vida a su partido y a todos nosotros. Para redimir –en vos confío- a España.

 

Catedral (30 de julio de 2011) 

Salvador Compán

Hace unos días, mi admirado Manuel Urbano nos hablaba en este diario de la costumbre de los niños de pedir a los amigos una opinión (“dilo tú primero”) para que, una vez dada, el peticionario pueda afirmar lo contrario. Urbano aplicaba estos juegos de contradicciones al partido que gobierna el ayuntamiento de Jaén, que parece empeñado en repintar en negro lo que hasta ayer era blanco. Se trata de una tendencia a la infantilización de la política consistente en un modo primario de afirmarse negando al otro. Se es, se tiene entidad, no por uno mismo sino por la sistemática erosión del adversario. O peor: el raudal de sangre política se extrae, como en una relación parasitaria, de las venas del oponente.

Aún pensaba en el artículo de Manuel Urbano, cuando este periódico me trajo un sobresalto en forma de las declaraciones del alcalde de Jaén sobre el proceso de elevar la catedral a Patrimonio de la Humanidad. Fernández de Moya pedía una entrevista con la ministra de cultura para interesarse por el expediente, pero no se olvidaba de deslucir –o borrar- sus buenas intenciones al recordar que se trataba de un camino que había iniciado un gobierno de su partido. De modo que a la alta ingeniería política del “tú primero” se añadía este silogismo en extremo sutil del “yo lo dije antes”. Si bien es verdad que, en este caso, todavía nos faltan algunas otras perlas, como el “y tú más”, para que la ciencia política brille con la sesuda fecundidad a la que nos han acostumbrado los dos partidos dominantes.

No obstante, conviene recordar que los recelos que expresaba el alcalde sobre la agilización del expediente de la catedral quizá tengan una base real, porque también forma parte de los hábitos de nuestros dirigentes ese abecé de una política ecuánime e inclusiva que podemos resumir con la frase “al enemigo ni agua”.

De ahí mi sobresalto al leer las declaraciones del alcalde, aunque no falten motivos de tranquilidad que no son otros sino los propios méritos de la catedral. Muy por encima de la infantilización de la política, ajena y autosuficiente, la gruta tallada de la catedral alza su inmensa techumbre en una demostración de que la armonía no tiene límites. Empequeñece a la ciudad o a cualquiera que la mire y no solo por la desmesura de sus proporciones sino porque, como todas las obras maestras, nunca la abarcaremos ni terminaremos de leer sus inagotables sugerencias de piedra. Deseemos que empequeñezca también a cualquiera que pretenda utilizar su viaje hacia el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad. Aunque es cierto que las obras maestras pertenecen a todo el mundo, incluso, a los que acostumbran a tejer esas redes de “tuprimero-yolodijeantes-ytúmás-alenemigoniagua” donde, con la impotencia de los inocentes, puede quedar atrapada toda la belleza de la catedral.

 

Mediterráneo  (6 de agosto de 2011) 

Salvador Compán

El olor a carbonilla te envolvía ya en la estación de Linares-Baeza y te acompañaba en el lento descenso del tren hacia la costa. Olivos y lomas, barrancos y túneles, cárcavas y ramblas; los relieves decrecían y, en el fragor del vagón, los colores se solapaban e iban perdiendo consistencia. Pasado Guadix, los verdes metálicos de Jaén se transformaban en una calima ocre que ganaba blancura en su caída hacia el litoral hasta desembocar en el fogonazo, siempre inexplicable, de la planicie azul del mar. Era ese color, casi ausente del resto del paisaje, el que te aturdía de dicha. Un añil vivo, escurridizo y parpadeante, en cuyo seno latían tonos turquesas, destellos celestes, grandes gajos, semejantes a bocas risueñas, de cobalto o de azul de Prusia.

Pero el asombro no venía solo de los tornasoles del color sino también de la dimensión de mapamundi del mar. Su vastísima movilidad negaba los territorios conocidos, las fronteras, todo lo que era grávido, riguroso o disciplinado. Ante él, Úbeda –de donde venías- era poco más que una sombra de piedra, un sistema de aristas y aulas y estériles liturgias que embovedaban de tristeza al colegio de los salesianos.

En uno de aquellos viajes a la costa, pudiste por fin encontrar palabras para expresar tu asombro ante el Mediterráneo. Las encontraste en un libro prestado que comenzaste a leer en el tren y que, mucho antes de llegar a Almería, llenó tu vagón de olor a algas y salitre. El libro te lo había dejado un amigo de tu padre, era de Albert Camus y pensaste que su título, “Verano”, convendría a tus recién estrenadas vacaciones. En el silencio provisional del vagón, leíste:

“Crecí en el mar y la pobreza me fue fastuosa, luego perdí el mar y entonces todos los lujos me parecieron grises, la miseria intolerable. Aguardo desde entonces. Espero los navíos que regresan, la casa de las aguas, el día límpido”.

Apuntaste el párrafo que acabas de transcribir y desde entonces lo conservas, porque considerabas que, cada comienzo de verano, hacías el viaje de Camus, pero en sentido inverso. Ibas de los lujos grises de la ciudad palaciega a la fastuosa pobreza del mar, en un camino que diluía la monótona materia del invierno hasta convertirla en un esplendor azul, en una llanura inacabable que, si tenía alguna sustancia, tendría que ser la de la libertad.

los navíos, la casa de las aguas, el día límpido que añoraba el escritor francés, y aquella carbonilla, que se te pegaba a la piel en la estación Linares-Baeza, es de nuevo barrida, más que por la fragancia del mar, por la memoria poderosa de las palabras de Camus.

Tres tristes monstruos (13 de agosto de 2011) 

Salvador Compán

Entre sueños, la crisis se me presenta descomunal y fofa, con ojos gelatinosos y una boca vibrante por donde destellan grandes colmillos de cómic. Luce zarpas incisivas y cóncavas, con proporción de guadaña, y es en ellas donde reside su ilimitada capacidad depredadora. Es esta la imagen de la crisis en mis pesadillas: virgen mafiosa para el ocio opulento y negrísima sacamantecas para los que son perseguidos por las necesidades.

Sin embargo, es aun más inquietante cuando abandono los malos sueños y se me aparece temblando en el duermevela que precede al despertar. Ahora, pierde su carácter zoomórfico y toma la de un siniestro campo de concentración de tamaño planetario,  donde los gobiernos yacen amedrentados en sus barracones, mientras muestran sus frentes tatuadas con letras carcelarias (AAA, AA+, AA…) en un código que informa de su fortaleza para el trabajo o de una debilidad que implica el traslado al expoliario. Los oficiales tienen nombres de prestigio abstracto y extranjero S&P (Standard & Poor´s) o de sedosos animales domésticos (Fitch, Moody´s), pero, sin sobornos, no es difícil que tachen algún barracón con el estigma de las enfermedades contagiosas, lo que supone el bullicio de los carceleros que se precipitan a parasitar a los proscritos entre un revoloteo vampírico.

Pero es a la luz del día cuando la crisis aparece con toda su monstruosa negrura, con toda su civilizada, repulsiva, crueldad. Se trata de lo que se llama sin rubor hábitos y derechos del capitalismo financiero. Se trata de ensanchar la diferencia entre valor real (empezando por el de las personas) y un precio cada vez más ficticio. Se trata de que permitimos que unos pocos roben la diferencia entre valor y precio, y obliguen a los demás a pagar ese diferencial que, poco antes, era aire. Se trata de un expolio protagonizado por grandes traficantes del hambre y pequeños camellos de la ruina ajena.

“Deuda”, “prima de riesgo”, “mercados”, “volatilidad”, “presión financiera”, etc., son las educadas, casi poéticas, expresiones que leemos en las pantallas o en la prensa de papel para designar este latrocinio global. Detrás de ellas, hay un abejeo incesante de la especulación, la avaricia y la usura. Y, debajo de esas tres palabras, se esconde una ramificación de inversores y subinversores que viven sobre la paradoja de obtener fáciles beneficios sin producir nada, a no ser toneladas de pobreza. Conviene no olvidar que esta red la componen gentes con nombre propio; en nuestro país, por ejemplo, se llaman Martínez. Lo mismo que tienen nombre propio quienes, produciendo con su trabajo, los mantienen sobre sus hombros. De estos últimos, el poeta Nicolás Guillén escribió que, sin que ellos lo sospecharan, cotizaban en bolsa, y tenían un nombre genérico: Sangre Menéndez.

 

Talismanes de verano (20 de agosto de 2011) 

Salvador Compán

Con solo hojear estos días el diario Jaén, se imponen las imágenes de grupos felices que posan en cualquier lugar abierto a la exaltación de la luz. El sol vuela de página en página y parece escurrirse entre las pieles desnudas para abrir sonrisas y manos que saludan al fotógrafo, transmitiéndonos la idea de un tiempo libre convertido en una dicha que quiere perpetuarse en las páginas del periódico. Los retratados han encontrado tal vez el mejor recordatorio de un verano, multiplicado para siempre por este diario, en el que afirmaron el placer del ocio y del encuentro.

Pero otros veraneantes con menos paciencia buscan su souvenir de verano inventando hazañas de juguete, como esos animalizados turistas de Lloret de Mar que tuvieron sus minutos de gloria exhibiendo la única capacidad de la que parecen gozar: la de emborracharse para destruir. Aunque lo más frecuente es que se tienda a materializar la excepción que suponen las vacaciones con algún objeto también de excepción. Este objeto-recordatorio debe ser algo relacionado con el lugar donde el turista vivió su arriesgadísima épica de chiringuito o su aletargamiento de hombre de agosto. Por ello, el souvenir suele evocar lo local y ofrecer algún perfil sorprendente o metafórico.  Así el toro o los muñecos vestidos de flamenco, incluso el sombrero mejicano, serán los testigos de que el turista descubrió una tierra de pasión que queda resumida en esos objetos totémicos.

No obstante y dado que, por más voluntad que se ponga, el turismo es gregario y las posibilidades de sorpresa o aventura son más bien ridículas, hay que suplirlas con algo más modesto, como cerámica grabada con leyendas –“Yo estuve aquí”, “Yo amo a Marbella”- o con artículos de todo tipo que suelen destacar por una cursilería salida de místicas ensoñaciones –caso del souvenir religioso-, o por todo lo contrario, la osadía sexual y el descaro provocador. De esta última índole son los talismanes de verano que han proliferado estos meses en la Toscana: delantales de cocina que llevan estampado el torso o el sexo del David de Miguel Ángel o calzoncillos que exhiben una descomunal torre de Pisa, justo en la parte que tapa al falo.

El obispo y el alcalde de Pisa están emprendiendo una cruzada contra estas prendas que juegan con el sexo. Las tachan de mal gusto, de herir la sensibilidad.  Y es verdad que son horteras, pero también que todos los souvenirs rozan el feísmo ñoño o extravagante. Es la obligación de estos fetiches de verano. Para eso están, para recordarnos que en los viajes estivales lo único que se descubre es la densidad humana que puebla playas y museos. Mejor, entonces, no llevarse nada de sitios así y mirar sin ira a estas ropas de caricatura que se ríen de sí mismas y de las bobas pretensiones de los otros talismanes para turistas.

 

El infierno somos nosotros  (27 de agosto de 2011) 

Salvador Compán

Habíamos recorrido la ciudad con una lenta dedicación, de un modo parecido a como se tocan en la oscuridad los objetos que apenas se conocen, y la sensación perduraba: Erfurt no cabía del todo en la imagen que teníamos de Alemania. Como en otras ciudades de ese país, los árboles y el césped traían un aletazo de bosque a la misma orilla del asfalto y las casas, con agudos tejados a dos aguas, multiplicaban ventanas y buhardillas. Sin embargo, por todas partes aparecían signos de que bajo la piel de la ciudad existió otra ciudad, de que lo que fue la Alemania del Este se transparentaba por debajo de la Alemania unificada que ahora tutelaba a su antigua mitad proscrita.

Por las paredes de Erfurt, persistían algunas leyendas de la revolución que no pudo ser, aislados relieves de entusiasmo social, pero, sobre todo, era la sombra del tiempo la que había posado su polvo en la ropa de los viandantes, en las fachadas desteñidas o en los escaparates escuálidos, como salidos de una película en blanco y negro. En palacetes llenos de molduras, reconvertidos en restaurantes, podías sentarte en sillones de bordados desflecados, pisar gruesas alfombras sin lustre o apagar el cigarrillo en uno de aquellos ceniceros de los años sesenta con forma de cilindro de hojalata, cuya tapa gira como una hélice cuando presionas un resorte. Por lo demás, las calles tomaban en ocasiones el tamaño de plazas, y las plazas de explanadas propicias para contener a las dichosas multitudes igualitarias.

La sensación de un tiempo inmóvil, varado dentro de otro tiempo que fluía, recordaba que en una ocasión se buscó en esa tierra una prosperidad compartida, dar a cada uno según sus necesidades, y que ese intento se resolvía ahora en una melancólica pátina de frustración. Por el contrario, cerca de Erfurt y aún más cerca de Weimar (la culta ciudad del orden, de Goethe y de la dulzura neoclásica), sí había prendido otra idea con toda la fuerza de crueldad humana. Allí se abre, como unas inmensas fauces en medio del bosque, el campo de concentración de Buchenwald, donde los nazis llevaron a cabo la emérita tarea del exterminio industrial de gentes en todo semejantes a ellos como, por ejemplo, los judíos. Jorge Semprún, que sufrió el calculado sadismo de Buchenwald, contó que nunca pudo olvidar el olor, aún perceptible, de los hornos crematorios ni el letrero que en la puerta del campo recibía a los condenados, “A cada uno lo que se merece”. Y es que los paraísos, como el que se intentó en Erfurt (a cada uno según sus necesidades), son siempre idealizaciones malogradas; en cambio, el infierno es tan accesible que está a nuestro lado.  Porque “el infierno”, ya lo advirtió Sartre, “son los otros”.

 

La sufrida doble vida de las metáforas (3 de septiembre de 2011) 

Salvador Compán

Si un profesor adjunto sobreactuaba en la proximidad del catedrático y luego lo secundaba con un trotecillo servil, la palabra para denominarlo surgía certera y fulminante. Era un “mariachi”, uno de los entusiastas componentes de la banda que hacía los coros al catedrático vocalista. En el ámbito político, a personas con esas características se les llama “palmeros”, y “vuvuzelas” a las televisiones, en especial a las locales, que se dedican a vocear loas y a besar las manos de los políticos que (con nuestro dinero) les pagan. Son algunos ejemplos de la capacidad de la metáfora para resumir una realidad identificándola con otra donde los rasgos que queremos resaltar se nos hacen más evidentes. Y es ese poder el que, aun simplificándola, nos aclara nuestra visión del mundo.

Dentro de las metáforas que más me gustan está la de “facturas sombra”, como denomina el SAS a la lista de gastos que los pacientes han ocasionado. La expresión tiene el doble valor de llamar la atención sobre la gratuidad de la prestación, pero también sobre un coste proyectado, como un tenaz negativo, por la persona que lo produjo. A alguien relacionado con Médicos Sin Fronteras se le ocurrió en un día afortunado que con una metáfora se podían paliar esas enfermedades que, como parásitos voraces, se incrustan en el cuerpo gigantesco de la pobreza planetaria.  Así surgió la idea de llamar a unos caramelos (que deberíamos exigir que estuvieran siempre en todas las farmacias) “pastillas contra el dolor ajeno”. Caramelos que curan de un modo reflejo; sufrimiento de los otros hecho propio. Por un euro, que es lo que cuestan y que llega casi íntegro a hospitales lejanos, sanan juntos el enfermo real y el enfermo moral.

“Las chicas de culo gordo hacen girar al mundo”, dijo Brian May, guitarrista de los Queen, en un alarde asociativo de la descripción de un esférico trasero y la pasión que despierta. Sin embargo, no todas las metáforas son brújulas para orientarnos por la realidad sino que, a veces, toman forma de borrón, de culo de vaso, como la consabida expresión de “turismo de calidad”, cuando solo se quiere hablar de viajeros con poder adquisitivo y aspiraciones culturales. Bastaría hablar de turismo exigente y no agraviar a los visitantes que no están hechos con esa calidad, pura pasta de ángel, a la que induce la metáfora. Con un escalofrío, recuerdo cómo los militares que dieron el golpe de estado contra la Segunda República llamaban “rebeldes” a los leales al gobierno y los condenaban por “rebelión”.  Ser rebelde era ser leal, y viceversa. Y las pobres metáforas militarizadas, sufriendo el harakiri en posición de firmes, dejándose volver del revés. Y sin ni siquiera rebelarse.

¡Háblame en cristiano, coño!  (10 de septiembre de 2011) 

Salvador Compán

“¡En cristiano, coño!”, les decían, “¡Di las cosas claras, todas las palabras derechas en la lengua de España!” Para los precarios funcionarios del nacionalcatolicismo, aquellos catalanes hablaban un trabalenguas críptico y resentido, quizá conspiratorio. Lo que siguió era previsible porque una lengua nativa tiene vida propia como los manantiales que nunca se agotan.

En la Transición, comenzó a tomar el catalán el nivel social que le correspondía, entró en la enseñanza como lengua única –vehicular-, dentro de un programa bautizado de un modo asfixiante, “inmersión lingüística”, que expresaba una urgencia tal por recuperar la lengua autóctona que pareciera que había que coger al alumnado por los pelos y sumergirlo en el magma nutricio de las palabras maternas. Con razón, el catalán se discriminó positivamente para que las dos lenguas cooficiales alcanzaran la misma dignidad y para que el bilingüismo fuera un hecho.

Hoy, la enseñanza de aquella autonomía se sigue impartiendo solo en catalán, y nadie puede negar que esta lengua goce de absoluta pujanza social. El objetivo está conseguido, aunque es posible que el desequilibrio se esté produciendo en sentido contrario y, en el castellano de algunos catalanes, empiecen a producirse los agujeros de la polilla. Acabo de oír a Homs, portavoz de la Generalitat, insistiendo en que los alumnos catalanes superan a los de algunas comunidades en las pruebas de  castellano que hace el Ministerio. Y es verdad, pero también lo es que las tales pruebas se basan en el sentido común y en la cultura general, que es trasvasable de un idioma a otro.

En mi caso, la voz de alarma me la dieron unos sobrinos de una amiga que se expresaban con torpeza de extranjeros en la lengua común del Estado y un reciente artículo de un profesor de una universidad catalana que escribía un castellano de sintaxis anémica y con tendencia a escribir la conjunción “y” como “i”. Las sentencias del Constitucional (1982, 1994 y 2010) respetan la ley de inmersión, pero no dejan de recordar que  el castellano también debe ser lengua vehicular en la enseñanza; ahora, el Tribunal Superior de Cataluña apremia a ello y los políticos catalanistas hablan de agravio, de tocar las narices, de insumisión.

Lo peor del asunto es que estos políticos desprecian la suerte histórica de un pueblo que puede ser bilingüe, y lejos de afianzar esta ventaja, afilan las armas de la diferencia y la exclusión. Lo suyo es empuñar una senyera y estrujarla hasta sacarle el último voto; lo suyo no es hacer ambidiestro a su pueblo sino zurdo; lo suyo es ser ricos y utilizar la lengua, o lo que sea, como una caja fuerte para mejor guardar su prosperidad. Lo suyo no es respetar el tesoro de tener dos lenguas, sino ser reaccionarios.

Los reyes ciegos  (17 de septiembre de 2011) 

Salvador Compán

Lo que en ciertas autonomías está sucediendo con el aumento de horas al profesorado es algo que nos sumerge en los sótanos de los países castigados por la indigencia intelectual, donde se invierte el refrán y son los ciegos los que reinan sobre los tuertos. Como ejemplo, Esperanza Aguirre y su absoluta ignorancia sobre el funcionamiento de la educación al declarar que el profesorado trabajaba dieciocho horas a la semana. Tanta ineptitud solo puede explicarse por su desprecio hacia algo tan esencial como la enseñanza que, a pesar de esta reina ciega, equivale a los ojos de una sociedad, a una red de raíces donde se amalgama su ADN. Sin embargo, para estos gobernantes invidentes, la educación es un mero montante de cifras, y el profesor, un número menor cuya identidad se expresa en dinero.

Más arbitraria que su inconcebible declaración sobre las dieciocho horas semanales de trabajo de los docentes, fue su rectificación de cartilla memorizada, sus disculpas aprendidas con urgencia, y aquella carta exculpatoria punteada de infames faltas de ortografía. Todo congruente con su zafio lenguaje, al hablar de que “los de la ceja” se le echaban encima, cuando eran ellos los que habían recortado el sueldo de los funcionarios. “Los de la ceja”. Digna reducción de este asunto fundacional de la enseñanza a los hábitos lingüísticos de la telebasura, esperando quizá que los otros, contestándole de un modo proporcional, replicaran aludiendo a los de la bizquera o a los del estrabismo, y todo fuera desviado, como habitúan, hacia el submundo de las riñas pandilleras.

Así las cosas, habría que recordar lo obvio: la educación es un factor tan  determinante de impulso social como la sangre lo es para que se mueva y aliente el cuerpo humano. Sin educación no hay progreso o lo hay solo hacia las tenebrosas sociedades donde los ciegos levantan su cetro de demagogia sobre los impotentes tuertos. Lo supo la República y cualquier gobierno que haya creído en que un hombre, con todas las consecuencias, es igual a otro. Lo saben los profesores de la enseñanza pública que sienten el orgullo de escolarizar a inmigrantes o desclasados o a hijos de la burguesía para conseguir que el conocimiento los haga más libres. Son los mismos profesores que, a costa de su tiempo, tensan el sistema educativo para romper sus costuras y así solventar sus muchas deficiencias estructurales. Los mismos que hacen de sus clases el vórtice de un remolino de círculos concéntricos, anillos de horas que rodean al aula y se van ensanchando para ocupar todos los espacios de la vida del instituto hasta desbordarlo e invadir la misma casa del enseñante. Son los mismos profesores que defienden zonas de luz ante las bocanadas de oscuridad que emiten los reyes ciegos.

Le sobran los motivos  (24 de septiembre de 2011) 

Salvador Compán

No es una buena noticia que se haya abierto de nuevo al tráfico el centro de Sevilla; tampoco lo es que La Carrera de Jaén se llene otra vez de vehículos y de polución. Son dos hechos que responden a promesas electorales, congruentes sin duda con su ideología, de los nuevos alcaldes de estas dos ciudades, ambos del PP.

Todo parece responder a una perversa fórmula de hacer política que trataría de buscar votos en un sector que confunde el negocio con el coche, la contaminación con la comodidad y el progreso con la regresión. Asistimos, pues, a un cambio político, aunque este cambio consista en encerrar los centros históricos de ambas ciudades en una urna insalubre de ruido, de dióxido de azufre y de partículas en suspensión; en una noche tóxica que roba el espacio a los peatones, la tranquilidad a los vecinos, y la salud y la calidad de vida a todos.

Respondiendo a una estimulante iniciativa de este diario, una serie de coloquios para reflexionar sobre nuestra provincia, Fernández de Moya mostró sus armas de alcalde. Exhibió buena mano para el ahorro y la demagogia, tendencia al sentido común y a la adulación a Arenas, su jerarca particular, y la monomanía de ponerse de puntillas para sacar la cabeza por encima de la del PSOE. Sin embargo, sus cualidades de buen contable se derrumbaron ante Onda Jaén, pues el dinero para subvencionar esta emisora parece no contar en caja porque ¿quién no paga un riñón (ajeno) para asegurarse un canto-a-sí-mismo? Pero lo más alarmante es que su discurso sonó con la desolación de lo hueco en el momento en el que habló de convertir Jaén en “un referente en Andalucía y en España”, cuando el propio referente del alcalde, según mostró en el coloquio, está lejos de una visión global de la ciudad y se acerca mucho a la gestión de una empresa o, mejor, de  un obsoleto Monte de Piedad.

Explicó Fernández de Moya que La Carrera se llenará de vehículos porque él lo prometió en campaña y ha habido “una petición de miles de jiennenses”. Otros miles le habrán pedido, y muchos más le seguirán pidiendo, lo contrario; pero el asunto no es ese, sino si el alcalde aspira a tratar la ciudad como un todo orgánico, de vida siempre amenazada por los intereses particulares, o a zurcir aquí y allá al hilo de las peticiones de algunos de sus votantes.

Hace décadas que en las ciudades que son ciudades (y no amalgamas de personas y cláxones, de incongruencias y especuladores) no se discute la idea de que sus centros históricos son paisajes culturales, hechos para caminarlos y respirarlos, porque en ellos reside la identidad, el genoma de la urbe. Fernández de Moya subordina lo esencial a lo parcial, y sobre él recae la responsabilidad de empeorar el casco histórico y el entorno de la catedral. Pero tiene sobrados motivos: va a convertir Jaén en un referente para Andalucía y para España, quizá para la humanidad.

 

Amaestrar el odio  (1 de octubre de 2011) 

Salvador Compán

            No son creíbles las personas que aman a todos y a todo, porque no es amor ese sentimiento que pretende abarcar en un mismo abrazo al verdugo y a la víctima, al fruto y a la plaga que lo destruye. Habría que desconfiar, por ejemplo, de los medios que cantan sin matices las excelencias de Andalucía olvidando que tanta miel tapa injusticias y carencias y la consiguiente posibilidad de corregirlas para avanzar hacia la verdadera excelencia.

No se puede construir sobre ruinas sino sobre la destrucción de las ruinas, sobre solares limpios, del mismo modo que la negación es previa a la afirmación o, dicho de otro modo, no se puede amar sin odiar a lo que niega ese amor.

Sin embargo, el odio es un sentimiento descompensado y tan autónomo que se rebela apenas nace y, como un bumerang, traza una curva para regresar al origen y golpear a quien lo ha generado. Es una idea que me acude siempre que hablamos de memoria histórica y observo cómo los familiares de republicanos que tuvieron una inhumana muerte de cuneta se han debatido en esa fina frontera de los sentimientos encontrados, y han conseguido amaestrar el odio, cargarlo de razón, convertirlo en algo tan limpio como la restitución o la justicia.

En 1980, a Iñaki García Arrizabalaga le asesinaron al padre, delegado de Telefónica en Guipúzcoa. Fueron los gánsteres de ETA, de un tiro en la nuca, al cobijo del monte Uría. Hace poco, un etarra arrepentido eligió a Iñaki para pedir perdón. Consiguió una entrevista con él, una especie de confesión laica con la que buscaba quitar peso a su conciencia, quizá sueño u olvido. Arrizabalaga también se vio envuelto en la  incompatibilidad entre el amor al padre y el odio al asesino, hasta que encontró la frágil soldadura que los unía. Venció la repugnancia y oyó las ridículas razones del asesino: el entorno, le dijo, fue lo que lo llevó a matar. Se crió en ese clima de amor a la patria vasca y de odio a lo que creía que la negaba, la otra patria mayor de España. Mató por hacer libre a un territorio que, sin embargo, desde el final de la dictadura, ya era libre. Así de banal es el mal: se comete un daño irreparable sin ni siquiera causas para cometerlo.

Arrizabalaga explicó que fue a la entrevista no movido por el perdón sino por la sobrevivencia, porque el odio hacia los verdugos podría hacerle transpirar odio el resto de su vida. Se relacionó con su odio quizá de la única forma posible: humanizándolo, mirándolo de cerca, sabiendo que el odio es nuestro como es nuestra la sombra que proyectamos, pero que se puede odiar más al propio odio que a quien lo ha producido y amaestrarlo con la misma mano tozuda con la que desinfectamos una y otra vez una incurable herida.

Negacionismo  (8 de octubre de 2011) 

Salvador Compán

Thabo Mbeki, presidente de Sudáfrica, creyó defenderse de la codicia de las farmacéuticas al prohibir en su país la venta de antirretrovirales a madres portadoras del sida, porque nunca creyó que el VIH produjera esa terrible enfermedad. El resultado de su incredulidad se calcula en 330. 000 muertes. No está mal la cosecha de vidas que produjo este hombre lleno de buenas intenciones y de las palabras de un grupo de científicos que negaban, y aún lo hacen, que el sida sea producido por un virus.

El negacionismo puede estar cargado de inocencia, como en el caso de Thabo Mbeki, pero suele responder a anchos entramados de intereses, elaboradas maquinarias que combinan las herramientas más incisivas del sofisma, esas que penetran por las rendijas de la verdad para poner en su seno los huevos de la duda o de la destrucción. Hablo de herramientas tales como la omisión, el encubrimiento, el descrédito, el minimizar lo importante y exagerar lo secundario, cuando no del uso de la mentira y de la repetición de la misma hasta darle la consistencia de lo veraz. El negacionismo trata a los hechos o a las verdades comprobadas como si fueran ciudades que hay que asaltar con el artero ingenio de Ulises al idear el caballo de Troya, aunque también puede llegar a utilizar el asedio, la escalada de sus murallas o el brutal ariete para derribar sus portones.

Aunque, en el origen de la negación del holocausto judio, esté el antisemitismo o, en el de la negación del holocausto español, la mala conciencia de los vencedores, lo habitual es que estas operaciones de reinventar la realidad aparezcan los intereses económicos. Es lo que, por ejemplo, sucedió con los informes pagados por las tabaqueras para contrarrestar la nocividad de los cigarrillos o es lo que está sucediendo con los negacionistas del cambio climático.

Hace unos días, Obama renunció a reducir los niveles de ozono (responsable de males respiratorios y coronarios) a 60 partes por billón, con lo que se estimaba que se salvarían 12.000 vidas al año. Ante el avance de esta medida, se encresparon los fabricantes de coches, las petroleras o las empresas que tendrían que perfeccionar sus tratamientos de residuos. En su vanguardia colocaron a los republicanos, subvencionados en parte por estas empresas, y, como abanderados con sueldo de lujo, a los negacionistas del cambio climático con toda su batería de falacias y hechos escamoteados y laboriosa elaboración de sombras de dudas. Han hecho lo que suelen: desacreditar (en este caso, a la Agencia Ambiental) y esculpir la efímera escultura de hielo de sus contraargumentos.

Pura anécdota (15 de octubre de 2011)

Salvador Compán

La derecha de este país suele tildar de lacra al subsidio agrario. Dinero regalado, criadero de vagos, sopa de convento. Aparte de Puigcercós, quien lo expresó con más contundencia, con su risueño garbo de chulapona madrileña, fue Esperanza Aguirre, “pitas, pitas”, decía, mientras su mano aristocrática mimaba el gesto de arrojar desperdicios a unos jornaleros que ella imaginaba reducidos a voraces gallinas a la espera de la mano de nieve que sepa despertarlos con sus limosnas.

Hace unos días hemos sabido por boca de Duran i Lleida que los campesinos andaluces confunde el tajo con la taberna, y el dinero que paga Cataluña al Estado se lo funden de mostrador en mostrador, mientras el payés sobrevive deslomándose sobre la sementera. Esta reducción al absurdo del astuto político catalán ha provocado protestas, insultos, reprobaciones, incluida la del PP andaluz. Sin embargo, Duran i Lleida no es un cantamañanas al que se le caliente la boca. Lo que dijo, y mantuvo, estaba lleno de cálculo. Es un peldaño más de la escalera que hace décadas lleva subiendo el nacionalismo catalán para conseguir una fiscalidad igual a la vasca, es decir, para pagar menos a Hacienda y mantener bien lustrado el mármol de su territorio VIP.

Pero hay otra lección en las palabras de Duran i Lleida que se desprende de esa premeditada contraposición entre campesinos andaluces y catalanes. Se trata de generalizar, de crear un estado de opinión que iguale lo que piensan los catalanistas con lo que piensa Cataluña; de que unos pocos se erijan en representantes de toda la autonomía y de que el menosprecio protagonizado por Mas o por Duran sea visto como el de una Cataluña que se ha cansado de pagar a jornaleros tabernarios. El nacionalismo necesita inventar diferencias y que esas diferencias sean creídas no solo en su territorio sino en el resto del Estado. Necesitan abrir zanjas, ahondar fronteras. Necesitan agraviar y ser agraviados, porque ese es el mejor coagulante para amalgamar una patria.

Recuerden como ETA consiguió (he dudado si escribiría el verbo en pasado) que funcionaran las ecuaciones ETA=Euskadi o vascos=independistas. Cuántas veces habremos oído decir “los vascos” en multitud de expresiones que se referían a los etarras. Miles de tontos útiles o de simples gentes ligeras con el lenguaje han colaborado (¿colaboran?) a construir esas ecuaciones tan perversas y erróneas como buscadas por los terroristas.

Convendría extraer una última reflexión de las palabras de Duran i Lleida. El subsidio agrario y los jornaleros que lo necesitan están ahí como una realidad que a nadie (y menos a los que cobran esos cuatrocientos y pico euros) satisface. Que las solemnes condenas de los parlamentarios andaluces y el revuelo de indignación contra los calculadores catalanistas no nos impidan ver el bosque. Nuestro bosque tiene negras raíces en la historia y necesita una profunda política forestal para sanearlo. Lo demás, incluida la reprobación del Parlamento andaluz, es pura anécdota.

 

Crear Carencias (22 de octubre de 2011)               

Salvador Compán

Una de las técnicas más eficaces utilizadas por los vendedores es la que podríamos llamar la de crear carencias o la de inventar la escasez, una argucia comercial que consiste en hacerle creer a los clientes que cierto producto está agotado o a punto de agotarse, cuando en realidad sobran existencias. En el acto, esta supuesta sobredemanda del producto estimula el deseo de posesión y decide el encargo o la compra.

Para una sociedad como la nuestra, ensimismada en su poquedad y parasitada por una política de articulaciones oxidadas, el movimiento de los indignados ha supuesto algo parecido a la técnica comercial de crear carencias. No es que hayan inventado algo tan real como que nuestra democracia es escasa pero, por el mero hecho de descorrer un velo y mostrar el cuerpo esquelético de nuestro sistema de partidos y los huesos de zombi de nuestra participación ciudadana, se diría que esa escasez se antoja tan nueva que parece creada ex profeso para pregonarla en la Puerta del Sol.

El gran acierto del 15-M es tan simple como saber señalar lo evidente y llamar a las cosas por su nombre, con la voz sin demasiados exabruptos que requiere la firmeza. Sus peticiones de refundar la democracia o de recortar los colmillos al poder financiero parecerían alcanzables a corto plazo si la droga dura del conformismo y la cadena sobredorada de los intereses económicos no nos hubieran aletargado durante tanto tiempo. En estas circunstancias, conseguir lo obvio se transforma en un sueño; a la petición de cambios razonables se le llama revolución o a los pacíficos ciudadanos que deciden por mayoría asamblearia se los tilda (Aznar dixit) de extrema izquierda. En esa estulticia, hija de los intereses y de la falta de rubor, que es Intereconomía, se ha llegado a decir que los indignados son una creación en la sombra de Rubalcaba.

Cuando a Zygmunt Bauman, el filósofo de “la modernidad líquida”, se le preguntó por el 15-M, contestó que era un movimiento periódico, propenso a la hibernación, sacudido por la inestabilidad de las emociones. Sin embargo, es dudoso que los indignados no consigan perdurar (siempre que aparten como a garrapatas a los violentos) y que no consigan, como hasta ahora, convertir sus gritos en palabras y sus emociones en argumentos.

En todo caso, a partir del  15-M se abrió un museo al aire libre donde empezó a exhibirse lo que no teníamos; un museo de nuestras carencias que, al ser expuestas a plena luz y ser voceadas por vendedores desinteresados, tenían tal rotundidad que parecían inventadas.     Ese día aprendimos que los vestíbulos del parlamento podían ubicarse en plena calle, que los amordazados podían hablar y sacudirse la modorra los enfermos de rutina. Supimos también que la esperanza siempre resiste y, si se la apuntala con nuestros hombros, puede caminar con orgullo por la misma calle que nosotros pisamos.

 

La mitad del mundo (29 de octubre de 2011)

Salvador Compán

Como siempre ha habido gente que se santifica otorgándose el derecho a amaestrar al prójimo, no extraña demasiado que, en los comienzos del teatro, aparecieran moralistas para imponer que los papeles femeninos debían hacerlos muchachos imberbes. Las mujeres en escena, decían, desprenden una lascivia tal que despeñan a los espectadores en el pecado. Uno de los combatientes contra esta moralina fue Nicolo Barbieri, quien publicó un “discurso familiar” en 1634 para defender las bondades de las actrices frente a la torpeza de los adolescentes disfrazados. Argumentaba Barbieri en su escrito con sensatez y concluía que “el miedo a que las mujeres nos descompongan la castidad es, a mi entender, severidad exagerada. Es difícil rehuir a las mujeres si no se rechaza a la ciudadanía porque las mujeres son la mitad del mundo”.

Esta mitad del mundo de Barbieri acabó pisando las tablas, pero para escenificar su suicidio social. Las actrices representaron una y otra vez justamente el papel del que prevenían los moralistas: damas que desequilibran la bondad natural del macho, que urden engaños, que simulan, enredan y tientan con su voluptuosidad la rectitud de los recios varones de España. Desde nuestro primer teatro, la mujer es ya una herida en el costado del hombre por donde se le puede ir la honra. En las comedias del pionero Lope de Rueda, “ya había dama, y un padre que de ésta cela”, escribe Agustín de Rojas. Mujeres para ser guardadas, pura amenaza para un hombre que, aunque habitante de un país de mendigos, tiene tres sublimes privilegios: pertenecer al Imperio, ser cristiano viejo y tener honor. Los maridos de Calderón de la Barca matan por simple sospecha, racionalmente, casi por obligación, porque la deshonra excluye del grupo nacional y hay que impedirla con el ojo insomne y la mano en el puño de la espada.

Hoy, el teatro de Lope de Vega o de Ruiz de Alarcón se sigue representando en las calles de Torredonjimeno o de Ávila, de Lérida o de Lanzarote. El mapa de la ignominia coincide con el de España y parte de la mitad del mundo (unas 80 asesinadas por año) paga con su vida las atribuciones históricas del macho. Cristianos viejos que miran la vida con el mismo ojo que Adán, que cifran su honra en la posesión de su pareja y, cuando sienten que se le escapa, la someten a la definitiva vigilancia de la muerte. Canallas que, cuando no pueden convencer a sus mujeres, las vencen con el argumento incontestable de la cuchillada.

A pesar del esfuerzo por la igualdad de sexos, tenemos en nuestro cuerpo social el tumor antiguo de la honra y el de una autonomía de las mujeres que es hoy todavía insuficiente. Si, como dijo Barbieri, son la mitad del mundo, oigamos una a una sus razones y restituyámosles el espacio que les falta, justo el que a la otra mitad de los hombres nos sobra.

Cantares de gesta (5 de noviembre de 2011)

Salvador Compán

La literatura épica permitió en la Edad Media que el pueblo se sintiera unido por compartir el orgullo de ser representado por un personaje mítico. El héroe había nacido en el mismo territorio que el gañán o el herrero, tenía su misma sangre, y unos valores que, por transferencia emotiva, también eran los del pueblo.

Hoy, recién comenzado el periodo electoral, asistimos a una renovación de esta literatura épica, si bien es cierto que el libro en el que la leemos presenta demasiadas manchas de óxido y abundan en él las páginas perdidas, las correcciones y las tachaduras. Pero hasta la misma palabra, campaña,  que denomina a estas semanas de exacerbación de la propaganda política, nos remiten a las hazañas legendarias. Tenemos dos fuerzas en contienda, dos caudillos, cada uno con su misión trascendente y su camino punteado de pruebas para hacerse con el santo grial de la Moncloa. Tenemos las banderas, las arengas, las masas estremecidas ante sus héroes respectivos, las huestes de militantes como entusiastas ejércitos con corbata. Y un campo de batalla tan grandioso que coincide justo con las fronteras de España; un campo de batalla digno de la magnitud de la lucha y de las esmeraldas de la corona que esperan al triunfador.

Sin embargo, en esta campaña no habrá final melodramático, ese plus de sentimiento y de euforia por fin liberados cuando, en los versos del desenlace, el bien logra deshacerse del mal. Aquí ni san Jorge vencerá al dragón, ni el pastor hará que explote el lagarto, ni el Cid o Roldán enarbolarán las insignias de los vencidos musulmanes. Aquí todo parece tan previsible que nuestro poema épico no se escribe en verso sino en una plomiza prosa de vuelo torpe, porque aquí no contamos con nadie tan perverso como para encarnar el mal ni tampoco con alguien hecho con la deslumbrante materia del mito. Nuestros dos héroes en contienda tienen tal aire de familia que se diría que están hechos para el abrazo más que para que sus brazos se encrespen con el peso de la espada. A ambos los une, como solo une la impotencia, la certeza de que luchan por una victoria pírrica que se parecerá demasiado a una derrota.

Ya sea Rajoy o Rubalcaba el que el día veinte conquiste la Moncloa, recordará que mucho antes de empezar la campaña ya había sido vencido y no precisamente por el otro adversario. Recordará palabras incomprensibles como crisis o Lheman Broters, mirará los augurios que llegan de Grecia y tratará de enfrentarse a enemigos sin cuerpo con el coraje de quien quiere cazar murciélagos con las manos. Ni siquiera sabrá si gobierna o lo gobiernan. Y no tendremos más remedio que poner cara de súbditos y concederle el laurel de los héroes, porque, si no, se nos arrumbaría la épica y ¿qué porquería de épica, si no, íbamos a tener?

 

Recordando a Rodríguez Zapatero (12 de noviembre de 2011)

Salvador Compán

En varios poemas de Antonio Machado, se insiste en la idea de que al final de la vida de una persona lo que cuenta es lo que deja, lo que hizo por los otros o se intentó hacer a lo largo de los años. Esta es la única forma de vivir para don Antonio porque, de lo contrario, se pasa por la vida como sombras o muertos, como para él lo fueron aquellos propietarios agrícolas cuyos bostezos de zombi observó de cerca en el casino de Baeza.

Esta ética machadiana, que está en la base del regeneracionismo español, es la que de un modo interesado se ha conseguido volver del revés a la hora de juzgar a Rodríguez Zapatero. En el haber de este hombre honesto, cuenta con claridad el desarrollo de las libertades civiles, una evidente política social de ayuda a los que menos tienen y un sentido del Estado que pasa por el suicidio político en aras del interés común, algo que nunca hemos visto en quienes dicen tener a nuestro país como vocación. En su gobierno se acabó con ETA y, lejos de pedir un primer plano, defendió el coprotagonismo de la democracia en el fin de la pesadilla, incluyendo a los pregoneros de la T4 y del caso Faisán, los mismos que dieron argumentos a los terroristas con tal de llegar por la vía rápida a la Moncloa.

No es poco el bagaje de Zapatero, pero la codicia de poder de la derecha se ha cebado de tal manera en él que este bagaje parece nada, incluso para sus correligionarios que inauguraron la campaña en Dos Hermanas escondiéndolo detrás del biombo de la historia. Debe de haber pocos políticos españoles tan denostados como él y es posible que no exista ninguno que haya padecido tan sistemáticamente las falsificaciones de la propaganda. Para convertirlo en chivo expiatorio, ha hecho falta un eficaz aparato de ideólogos que repitiera sin vergüenza truculentos eslóganes, elegidos para conectar con las carencias y la emotividad de un pueblo empobrecido por la crisis.  No se puede comprender de otro modo el hecho de que una buena parte de nuestros conciudadanos atribuyan a Zapatero responsabilidades ajenas: existían dos millones de parados cuando él empieza su gobierno; la burbuja inmobiliaria, impulsada por la ley de suelo de Aznar, había ya sembrado el país de cemento mientras gestaba millones de futuros parados; ningún gobernante de Europa reaccionó a tiempo a la crisis financiera, sencillamente porque ni aun hoy podemos hacernos cargo de su dimensión y estamos lejos de tener una fórmula para combatirla.

Sin embargo, se puede aprovechar la tendencia del subconsciente colectivo a exorcizar el mal personificándolo en alguien. Es lo que ha hecho en beneficio propio la derecha política con Zapatero y ahora hace con Rubalcaba. De modo que en esas estamos, tan lejos de la ética civil de Machado como cercanos a la tendencia primitiva de hacer que alguien cargue con nuestros pecados, ya sea la figura del judío, del demonio, del muñeco de vudú o la de Rodríguez Zapatero.

 

Jaén en la mirada (19 de noviembre de 2011)

Salvador Compán

En las ocasiones que he enseñado nuestra tierra a amigos que no la conocían, he podido observar su reacción de euforia ante lo inesperado, mezclada con una especie de sentimiento de exclusión por no haber sabido antes que existían lugares tan hermosos. Estas repetidas impresiones de fervor de los foráneos me han llegado a producir la melancólica satisfacción del que está viendo con ellos lo que ya conoce y, por ello, no puede experimentar la inocencia del descubrimiento que expresan sus compañeros. “¡Quién pudiera ser como tú, oh recién llegado!”, escribió en este sentido el certero poeta Abelardo Rodríguez.

Es difícil explicar esa sorpresa de los visitantes si pensamos que los medios de comunicación ya les habían anticipado lo que se iban a encontrar y, aun así, la realidad de Jaén se les imponía sobre esta información previa y se la dejaba convertida en una pálida ficción.

Cuando hablo de este placer del visitante por un hallazgo afortunado o de que aquí la realidad mejora a lo previsto, me estoy refiriendo sobre todo al conjunto de nuestra provincia. Parto de que tenemos fragmentos únicos, una extensa colección de imágenes de paisajes y monumentos que entran con holgura en el concepto de la excelencia; hablo también de que incluso imágenes arrinconadas, como los parajes que pueden verse desde Jaén a Frailes por la carretera de la Sierra Sur o la visión del valle del Guadalimar desde la aldea de Las Fuentes, merecen por sí solos el esfuerzo del desvío y, sin embargo, no son más que dos fragmentos aislados de un largo muestrario que va formando con armonía el cuerpo de nuestra provincia y termina poniéndole su serena belleza en la cara.

Pero ni siquiera se podría explicar el atractivo de Jaén por estas visiones parciales ni tampoco uniéndolas en una simple suma aritmética. Pienso que hay un poco más. Pienso que Jaén es un espacio excepcional por su patrimonio, pero también porque los nativos hemos sabido apropiárnoslo en el sentido de hacerlo nuestro sin que el pasado y el presente lleguen a darse del todo la espalda. Nuestra paradoja histórica de ser lugar de paso pero no de destino nos salvó de la fiebre del tipismo romántico y de la del desarrollismo de los bloques de hormigón. El resultado es que la tipología urbana de toda la provincia no es del todo el amaneramiento de la cal y de la reja ni tampoco el castigo del exceso de cemento. Lo que el tiempo ha seleccionado son pueblos que se han adaptado al ritmo de la población y han crecido en armonía con el entorno, produciendo una estética a veces dudosa pero siempre reacia a las cursilerías del tipismo y al horror del ladrillo. Un aire de congruencia y de fidelidad al tiempo, el mismo que desprenden los jiennenses, envuelve a costumbres y a monumentos, a pueblos y a paisajes, y termina imponiendo a los viajeros la sorprendente evidencia de que se están moviendo por una tierra que añade a su belleza el valor de lo no falsificado.

Una nación de poesía (26 de noviembre de 2011)

Salvador Compán

Hace setenta y cinco años que asesinaron a García Lorca. Ese hecho ha provocado que, para recordarlo, me hayan pedido una conferencia y nos hayamos reunido un grupo de personas en torno a su memoria. Durante el posterior coloquio, he podido comprobar lo vivo que sigue el poeta de Fuente Vaqueros y cómo ni siquiera se han olvidado los nombres de quienes cayeron junto a él (Galindo, Galadí, Arcollas) ni tampoco los de los responsables directos de las ignominiosas muertes, nombres estos últimos dignos de un olvido tan despreciativo que no voy a molestarme en reproducirlos aquí.

Al acercarse a Lorca, es inevitable preguntarse de qué Lorca estaríamos hablando hoy si no lo hubieran asesinado a los 38 años, cuántos Lorcas sucesivos, que estaban dentro de aquel hombre de 38 años, fueron destrozados por las balas; qué cantidad de libros aún sin escribir cayeron de golpe borrados por la sangre. Consuela algo la idea de que si la muerte siempre deja tras sí un territorio yermo, un hueco como el cráter de un cañonazo, en este caso ni siquiera les sirvió a los asesinos para ese fin sino que, por el contrario, lo que generaron fue una montaña de repulsa coronada por el fértil campo donde se sigue multiplicando la memoria de aquel poeta al que asesinaron, pero al que en absoluto pudieron matar.

Es verdad que su fusilamiento extendió su obra en la misma medida que lo unía a la repugnancia ante la barbarie, pero también es verdad que ya sus poemas eran conocidos antes incluso de ser publicados, que se escribían a mano para difundirlos y se recitaban de memoria, como si en sus versos residieran el ritmo y la música y las palabras esenciales que él hubiera rescatado de los sustratos emocionales de nuestro pueblo. Por ello, Guillermo de Torre pudo escribir que, si bien se recuerdan los nombres de los poetas que fueron sus compañeros de generación literaria, de Lorca se recuerdan sus versos.

Cuando Miguel Hernández se enteró con incredulidad de que Federico había sido fusilado en el barranco de Víznar, la indignación por lo que denominó “un crimen cometido por los que no han sido ni serán pueblo jamás” lo decidió a alistarse en el Quinto Regimiento y a acudir a la defensa de Madrid. Quizá lo hizo sabiendo que el tributo que tenía que pagar por defender su sentido de la justicia lo estaba ya condenando a repetir el sino de Lorca.

Casi un año después, en agosto de 1937, se le dio al poeta de Orihuela un homenaje en el Ateneo de Alicante que él contestó con un discurso de agradecimiento de donde extraigo las palabras que citaré ahora y que, en realidad, son las que he tenido en mente mientras escribía este artículo. Valgan, pues, para cerrarlo:

“La desaparición de Federico García Lorca es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. Él solo era una nación de poesía”.

El pescador de aire (3 de diciembre de 2011)

Salvador Compán

Job, el santo, pasa de ser un ganadero rico y respetado a padecer la sarna, la ceguera, el ataque de sus enemigos, la calumnia, la muerte de sus hijos y su ganado, y el repudio y huida de su mujer. Job, el abandonado, es ante todo inocente, y no se merece en absoluto este aluvión de males que le cae encima sin ningún motivo que tenga congruencia, a no ser que la tenga la ocurrencia infantil del demonio de someterlo, con la aprobación de Dios, a una prueba de fe.

Traigo aquí a Job porque estamos padeciendo un síndrome parecido al del personaje bíblico. Éramos, o nos creíamos, el primer Job y ahora somos el segundo. Éramos un pueblo próspero, de bolsillo suelto y de felicidad fácil, como ese rico ganadero querido por su mujer y sus diez hijos y respetado por sus muchos criados; celebrábamos, sin saltarnos un día, la fiesta del consumo; acabábamos de entrar en el G-20 y el amo del mundo ya no nos consideraba tan insignificantes como para no cogernos el teléfono. Pero, sobre todo, éramos y somos inocentes. Nuestra culpa era ninguna; si acaso, como Job, estábamos tan ajenos al mal que ni imaginábamos que la crueldad habitara en los cielos y pudiera cebarse con nosotros.

Y de pronto, con esa gratuidad de lo que ni siquiera se comprende, tenemos sarna, los excrementos de las palomas nos ciegan, somos una economía pig y nos repudian los vecinos. De pronto, la enfermedad del euro, el copago, los despidos, el crecimiento cero, el peaje en las autovías, los médicos de familia ejerciendo como especialistas, los vecinos de Santisteban manifestándose para que los inmigrantes no se lleven fuera los jornales. De pronto, se volatizan empresas y salarios y festivales y actos culturales, y se expulsa a las familias de sus propias casas.

De pronto, parece que se clausura la vida y, como Job, tenemos que preguntarnos qué hemos hecho sino ser crédulos y confiados, sin darnos cuenta de que la pregunta contiene la respuesta, porque lo que hemos hecho precisamente es ser crédulos y confiados, dejar a su aire a los especuladores financieros, pensar que el capitalismo se autorregula o tenga una ética distinta a la del enriquecimiento propio a costa de la miseria ajena.

Con este panorama Juan Carlos Contreras, el excelente humorista de Diario Jaén, ha podido hacer en su viñeta del día 25 una metáfora de un Job jiennense que se sienta a pescar en el mirador de Santa Catalina echando su aparejo al vacío del cielo. Este pescador de aire de Contreras bien podría ser paradigma de nuestra ingenuidad inútil o de la esterilidad de nuestra paciencia, mientras dejamos que los inversores nos saqueen la casa.

Al final, a Job lo redimió Dios, pero aquí nuestro Dios son los mercados y parece urgente desterrarlos de sus templos de Wall Street o de la City londinense y ponerlos a trabajar en hornacinas donde podamos vigilarles muy de cerca las manos de tahúr.

Desaprender lo aprendido (10 de diciembre de 2011)

Salvador Compán

Un militante de lujo del Partido Comunista Italiano, el cineasta Bernardo Bertolucci, comentó en una entrevista que cuando cayó el muro de Berlín cambiaron tanto sus referentes que él y muchos como él tuvieron que construirse una nueva identidad. Salvando las diferencias, el escritor vasco Fernando Aramburu ha incidido en la misma idea al hablar de cómo la caída de ese otro muro de sangre de ETA podría suponer un cambio de piel en la sociedad de Euskadi. Esa transformación la expresaba Aramburu más bien como un deseo, porque lo que él ha denunciado es el miedo que atenazaba a los novelistas vascos a ver lo que les rodeaba. Han mirado los crímenes, han mirado en silencio al silencio amedrentado de sus vecinos, han mirado cómo los verdugos de ETA robaban a toda una sociedad las palabras, las miradas, los pasos en el paseo. Han mirado el miedo de sus propias manos a escribir que en vez de democracia los asesinos habían impuesto la dialéctica fascista de las pistolas. Han mirado todo eso, pero al parecer no veían nada. Es en ese sentido, en el que Aramburu deseaba una corrección del largo y destructivo aprendizaje de la sumisión y del silencio.

Otros que se plantean construirse una nueva identidad son los militantes del PSOE que están en el camino de averiguar dónde está la grieta en el tiempo por donde se les han ido los millones de votos, ¿qué deben aprender, que antes no sabían, para taponar esa filtración en las cañerías del otoño por donde se les han ido las antiguas fidelidades? De igual modo, el PP debe andar preguntándose cómo pueden utilizar ese regalo envenenado del poder, de qué modo administrarlo si no tienen otras armas para hacerlo que las que habían señalado como nocivas en manos de sus antecesores. Si ni siquiera sabemos qué meterá un poco de vida en nuestra economía, si será el ahorro ascético como impone la Unión (la unión de Sarkozy y Merkel), o algo tan incompatible con lo anterior como la reactivación de la inversión pública que es lo que piden economistas de prestigio como Paul Krugman.

Sin duda, estamos viviendo una de esas brechas en la historia que a todos nos obliga a ignorar lo que antes sabíamos porque la realidad ya no tiene los parámetros que nos eran habituales. Habíamos aprendido que todo avanzaba sin demasiados traumas a ir mejorando nuestra civilización y ahora nos encontramos en medio de una incertidumbre tal que todos los caminos parecen borrosos y se dan palos de ciego o se reedita la caza de brujas, como esa idiotez de culpar de la crisis a los que pedían préstamos bancarios.

Parece, pues, que estamos obligados a desconocer lo que antes conocíamos y a hacer nuevos aprendizajes. Y es este precisamente el lado positivo de la crisis, porque no hay mejor modo de llegar al fondo de las cosas que apoyándonos en la crítica y en la duda, desechando el lastre de lo inservible, desaprendiendo toda la letra muerta que habíamos aprendido.

 

Elogio del silencio (17 de diciembre de 2011)

Salvador Compán

La tozudez de las estadísticas en señalarnos como uno de los países más ruidosos del mundo se puede confirmar con la simple observación de nuestro entorno. Nos sentimos a gusto en el caldo de cultivo del ruido quizá porque se sigue asociando el grito, los bocinazos o las risotadas a la afirmación de la personalidad, y el volumen de la voz al grado de eficacia que tienen nuestros argumentos. Se trata de una elemental confusión de la forma con el fondo, como si la cáscara de la nuez o la espectacularidad de la carrocería fueran un aviso de la salud del fruto o de la calidad humana del tipo que conduce el coche.

Esta cultura del ruido más que molesta, que lo es, es sobre todo significativa de una sociedad que todavía está saliendo de estadios donde la cantidad de decibelios y la violencia verbal arrojan crédito, y no descrédito, sobre quienes las producen. Pero no tiene mayor importancia porque es un síntoma que cursa siempre hacia su mejoría y se va curando con un poco de tiempo y con la terapia de los libros. Sin embargo, en paralelo a este ser alguien si se genera ruido, se está produciendo un fenómeno más preocupante y de más calado social: se es alguien si se sale del anonimato, si se rompe el silencio y uno se hace presente ante los demás a través del móvil, el correo electrónico o las redes sociales.

Se diría que nadie se resigna a no emitir ruido digital, gritos silenciosos que saltan por multitud de ordenadores de gentes remotas que, en muchas ocasiones, son perfectos desconocidos para el emisor. Es verdad que facebook, twitter, tuenti y el resto de las redes sociales democratizan la opinión y han conseguido una sociedad más activa, más asamblearia y más difícil de manipular. Pero también es verdad que el hábito no hace al monje e Internet por muy poderoso que sea (o precisamente porque lo es) no evita la desinformación y los contenidos repetitivos y triviales. Tampoco evita la enfermedad del exhibicionismo de la intimidad, propia o ajena, y además congela para siempre los impulsos y las ligerezas de personas que dejan en la red una imagen fija de un día en el que, para no sentirse excluidos, dieron ese grito digital del que vengo hablando y que ya nunca podrán acallar.

En medio del remolino de información y de estímulos, en medio de los gritos, se hace necesario un poco de silencio, un espacio solitario desde donde construir la propia identidad, acudiendo a la reflexión para asimilar la turbamulta de ruidos que nos llegan de fuera. Y no hay mejor horma donde quepa la soledad que en la lectura, en el trato lento con las palabras y con las ideas, en la criba minuciosa de todo el campanilleo que a diario se nos va colando hasta hacer que nuestra cabeza se llene de ecos y resonancias sin que logre encontrar la solidez de los significados.

No estaría de más construirse una barricada de silencio como quien se construye un mirador para observar con distancia al mundo y, mientras lo hace, tiene la esperanza de que, cuando de nuevo se regrese a la agitación del ruido, su voz se haga oír con la certeza de lo propio y a ser posible sin demasiada destemplanza.

Los veneros de Úbeda (24 de diciembre de 2011)

Salvador Compán

Mi última visita a Úbeda me ha traído la agradable sensación de que la piel de la ciudad se humaniza, se hace más congruente con su corazón histórico y, como si de él se irradiara su norma de clasicismo, se refunda la biblioteca enmarcando su ampliación en arcos de medio punto, la plaza de toros enseña su entraña de piedra o calles y plazas toman la medida de los caminantes al abolir el fárrago insalubre de los coches. Úbeda es más Úbeda hoy. Ver San Pablo o el Salvador libres de chatarra de automóviles y con el pavimento que se merecen, o pisar la calle Nueva sin las desazones del tráfico ha sido como pasear por el interior de un antiguo deseo.

Sin embargo, ha representado una sorpresa lo que ocultaba la casa número dos de la calle Roque Rojas. Allí se ha desenterrado un espacio insospechado que remite al medioevo y que tiene algo de afanoso logro. Lo que eran tabiques de azulejos serigrafiados y viguetas de hormigón se ha mostrado como un vulgar catafalco donde se habían sepultado poderosos arcos de ojiva o capiteles de un primitivismo cercano al románico. El lugar ha sido bautizado como la Sinagoga del Agua y se ha convertido en un pequeño museo de piezas diversas y de procedencia heterogénea, aunque todas ellas remiten a la idea de Sefarat. Este museo podría haberse instalado en cualquier otro lugar y conservaría su mismo valor de recordar a un pueblo al que la enteriza España católica le debe una reparación, fuera del fácil consuelo de inventar una convivencia de las tres culturas que solo se dio en la desigualdad civil y que fue negada por el miedo o por la marginación, por el desprecio social o por los asaltos a las juderías.

Puede que la Sinagoga del Agua cumpla la paradoja de no haber sido nunca una sinagoga, pero en todo caso todo apunta a que lo fue. En todo caso, su nítida estructura de piedra y su silenciosa armonía lo merecerían. Quiero decir que es plausible que la bella sala cuyo eje está compuesto por inmensos arcos apuntados fuera un lugar asambleario de oración y aprendizaje, lo mismo que es verosímil el espacio segregado para las mujeres o la función de despensas y de ayuda a la comunidad que tendrían las dos recónditas cantinas.

De lo que no cabe duda es de que la Sinagoga del Agua cumple lo que enuncia este último sustantivo. El agua está presente en siete pozos de hermosos brocales y, sobre todo, en la pileta excavada en el suelo de un sótano, a su vez, abierto a pico rompiendo estratos terrosos. Bajar a esta sala, que se arropa en una bóveda de sillería, representa descender a los veneros de Úbeda y a una atmósfera calma, muy sugerente, que transmite un incontestable aire ritual.

La historia de la recuperación de todo este bello microcosmos es la historia de una pasión, la de un hombre, Fernando Crespo, que se esforzó en hacer aflorar un tiempo enterrado y liberarlo de su mordaza de ladrillos de gafa. Él, al igual que las intervenciones municipales de las que hablaba al principio, han hecho que hoy Úbeda sea más Úbeda.

Cazadores de deseos (31 de diciembre de 2011)

Salvador Compán

Cuando 2011 haya acabado, tendremos la sensación de que todo empieza y de que todo puede ser posible por el mero hecho de haberlo deseado. Habremos puesto un buen cava en las copas y quizá, como quieren las variantes de la superstición, llevaremos encima alguna prenda roja y habremos metido una pieza de oro en el vino espumoso. Las doce uvas completarán el círculo de un rito que, semejante a una red, tenderemos en la oscuridad de la noche con la intención de atrapar en su seno nuestros deseos. Así, pertrechados para la caza y con el ánimo dispuesto, aguardaremos el momento justo de la plenitud del solsticio para hacer saltar la trampa de nuestros propósitos y entrechocar enseguida las copas de la euforia.

Está bien trazar esta raya en el tiempo, querer ser otros, tener la resolución de dejar atrás los últimos meandros del río y encarar la vida como si hubiéramos desembocado en un mar abierto que puede pertenecernos. Y no solo por el efecto placebo que el rito nos aporta sino porque la mera formulación de un propósito supone ya ponerse en camino para conseguirlo.

Atrás se queda un año de alarmas pero que nos ha dejado, como todos los momentos de convulsión, un saldo que a la larga será positivo. Si prescindimos de la dureza del robo financiero y de que este saquea a los que ya estaban empobrecidos, el año nos ha traído aspectos esperanzadores como una buena cosecha de tiranos. Desde que cayó Ben Alí en Túnez un No gigantesco tiró por tierra a reyezuelos en Egipto, en Yemen o en Libia; ese No se ha agazapado en Siria o en Rabat, vive entre nosotros y seguirá saliendo a la Puerta del Sol, a las calles de Atenas o a las de Londres, a las de Delhi, Sao Paulo o Nueva York. El año de los ciudadanos-activistas no morirá con las doce campanadas. Estará esta noche, junto al cava, el oro y las prendas rojas, formando parte de nuestra ritual caza de deseos.

Cuando a las doce formulemos nuestros propósitos, convendría añadir el otro propósito mayor de la voluntad para llevar a los primeros lo más lejos posible. Los últimos días nos han traído dos modelos de voluntad antagónicos. Uno lo aporta Camps y su tenacidad para tapar la corrupción con la fórmula con la que los proxenetas esclavizan a sus pupilas: “Sácame de esta y no te faltará de nada”, le dijo al sastre José Tomás. El otro modelo podemos leerlo en una reciente entrevista a Rafa Nadal, un hombre lleno de títulos y que este mismo año ha ganado la Roland Garros y la Copa Davis, pero que, sin embargo, cree que todavía le falta un plus de autoexigencia: “Ha estado bien (el año): he aceptado las derrotas, he vuelto a trabajar, a luchar…Son cosas que hay que recuperar para 2012…lo que tengo realmente mejor es el drive y el espíritu de ir un poquito más allá”.

Así que, en esta noche en la que profesaremos de cazadores de deseos, brindaré por todos ustedes deseándoles que pongan en su copa un trocito del oro puro de la voluntad de Nadal.

Crónica de un año  (7 de enero de 2012)

Salvador Compán

“Crónica de un año” es el título de la larga mirada hacia la espalda que el diario Jaén ha echado sobre nuestra provincia. Es un regalo de páginas agridulces donde los 365 días de 2011 se sintetizan con la eficacia de un vuelo de reconocimiento por el paisaje humano de nuestra tierra. Allí encontramos, como no podría ser de otro modo, las dos caras de la vida: inauguraciones y clausuras, hechos de grandeza y de vileza, de resistencia y de derrota. Es patente el subrayado de lo positivo, el brío que quiere meter el periódico en la raíz de Jaén con sus 12 retos o sus jiennenses del año, con su atención a todos aquellos que construyeron y nos mejoraron como colectividad. Pero esta historia de bonanza tropieza con el pedregal del paro, de la desaparición de Holcim o de la parálisis de Vagones del Sur: la áspera realidad económica que otro año más enseña sus aristas. Por ello, la crónica del periódico es también una crónica implícita de lo omitido, de lo que no se hizo pudiendo hacerse, de los que no figuran en ella porque, teniendo medios y capacidad, no crearon riqueza sino desidia, y solo se esforzaron para alimentar la eterna queja ante la falta de inversiones públicas. Como si se hubieran disfrazado de pedigüeños y tuvieran que ser subsidiados en vez de subsidiar.

De entre todas las imágenes que acompañan al repaso del año, quisiera retener solo una por su valor simbólico. Se trata de una espléndida foto de Agustín Muñoz en la que se muestra en primer plano a un señor sentado junto a la cristalera de un bar mientras lee el periódico y paladea un café. A la belleza de la imagen contribuye la luz de la primera hora de la mañana que aclara la atmósfera entre sombras rasantes cuyo trazo deja una sensación de limpio reposo. Al fondo, ante un plano de luz, aparece el tranvía en una parada alargando su color verde lagarto.

En esa imagen, que transmite al mismo tiempo actividad y sosiego, la quietud de un despertar que pronto se llenará de movimiento, puede condensarse toda la crónica de un año. Es la imagen de lo posible, pero también de lo que en Jaén se hace imposible, como si la ciudad estuviera condenada a tener un calendario de hojas amarillas y en ella no pudieran brillar los números digitales. Ese tranvía costó más de cien millones de euros y ahora lleva casi trescientos días empolvándose en una nave. Lo que iba a ser un medio dinamizador de la ciudad y una baza importante para ganar la batalla al automóvil lleva paso de convertirse en aquel despilfarro del tren Baeza-Utiel que, con las estaciones y la infraestructura hechas, se congeló para siempre entre los jaramagos.

La fotografía de Agustín Muñoz tiene también otra lectura referida a los culpables por omisión. Si no se exige voluntad política, el hermoso despertar de Jaén que él ha retratado puede quedarse en una imagen fija: el hombre que lee el periódico ya no se levantará de su silla, el tranvía permanecerá inmóvil en su parada, la ciudad contemplará impasible la escena comentando que el sol no quiera avanzar sobre la ciudad para completar el día.

Para que no me olvides (14 de enero de 2012)

Salvador Compán

Se llama Carlos Fabra y le vuelan por la cabeza, como abejorros, los delitos fiscales, de tráfico de influencias o los de cohecho, pero sus gafas ahumadas siguen manteniendo una mirada de vidrio de donde saltan los duros destellos de su afán de notoriedad. Su nombre podría confundirse con el de otros políticos de la derecha levantina que andan siempre revueltos con el dinero espurio, gentes como Matas, Camps o Costa, a no ser porque los juicios van definiendo ahora el perfil de estos últimos nombres y a cada uno de ellos los subraya con trazos de suciedad. El de Carlos Fabra conserva cierta opacidad, pues todavía está en capilla judicial. Quizá por ello, se impacienta en la espera del protagonismo que le dará el juicio y trabaja por su cuenta sin descanso para que no lo olviden.

Un día de marzo de 2010, se juntó con Camps, llenó 30 autobuses con jubilados y se los llevó a invitarlos a un ágape para inaugurar el aeropuerto de Castellón. Era su aeropuerto y así se lo hizo saber a sus nietos: “¿Os gusta el aeropuerto del abuelo?”. Ahí podría haber acabado todo, pues es de suponer que un hombre ya ha cumplido su vida si es dueño de un aeropuerto, aunque este de Fabra no sea viable y, más que por el ajetreo de aviones, esté animado por una plaga de conejos que proliferan por las inútiles planicies de sus pistas.

En el esplendor de la civilización de Roma, los emperadores hacían erigir en los foros grandes estatuas que los representaban, toda una teatralización del engreimiento personal y del endiosamiento del poder. Esta costumbre parecía haber acabado con las estatuas de dictadores que llenaron las plazas del siglo XX y aún se metieron en el XXI, aunque ya en versiones tan degradadas como las que proclamaban a Sadan Husein o a Gadafi. Pero se diría que cuanto más huera e inmotivada es la vanidad más exige una estatua. A más vacío, más metros cúbicos de monumento. Con esta lógica perversa, Carlos Fabra quedará inmortalizado en una escultura a la entrada de su aeropuerto.

Se trata de una especie de muñecón metálico, cuyo autor, un artista casi orgánico del PP valenciano llamado Ripollés, confiesa haberlo hecho inspirándose en quien le encargó la escultura, Carlos Fabra. El coste de esta mole es de 300.000 euros, pesa 20 toneladas y de la enorme cabeza de la estatua saldrá un avión, utilizando una simbología de cómic, o simplemente cutre, que mostrará al mundo los desvelos del hombre que engendró al aeropuerto.

En unos momentos en los que la calificación de la Comunidad Valenciana ha sido rebajada dos peldaños por la agencia Moody´s y en los que Carlos Fabra anda a la espera de la notoriedad que le darán sus próximos juicios, este prohombre, presidente del PP de Castellón, ya ha puesto los pilares para eternizar su nombre: 300.000 euros de despilfarro y dos toneladas de presunción. Para que no lo olviden. Y así será. Nos costará mucho poder olvidarlo.

Un futuro inverso (21 de enero de 2012)

Salvador Compán

La crisis ha evidenciado la necesidad de un cambio en el modelo económico. La economía depredadora y especulativa del ladrillo habría tocado fondo y, en consecuencia,  hubo consenso en crear un futuro con directrices nuevas, una economía basada en industrias alternativas, en la transformación de la materia prima para aportarle un valor añadido y en conseguir productos competitivos a través de la investigación. Pero ese consenso ha empezado a resquebrajarse, la cabra hispana tiende de nuevo al monte y este futuro, tantas veces prometido, comienza a dar media vuelta para dirigirse a los cenagales del pasado.

El músculo necesario para el nuevo modelo económico se debilita de una manera que parece sistemática: técnicos y científicos buscan trabajo en el extranjero, se recorta el dinero para investigación y se hace menguar el número de profesores. Por otro lado, cada vez hay más signos de que nuestros dirigentes solo inventan lo ya inventado a no ser que consideremos como invento la parálisis del cambio o el avanzar retrocediendo. O que la ruina del ladrillo aún puede magnificarse.

Hacia este futuro inverso apuntan algunas de las últimas noticias. La Junta de Andalucía, que ya fue remisa a meter en vereda a la construcción, acaba de publicar un decreto para legalizar las viviendas ilegales, animando de ese modo a un futuro donde cualquiera podrá ordenar el territorio a su capricho; el gobierno de Rajoy ha anunciado que se propone descorrer el cerrojo que la Ley de Costas había echado en nuestro litoral para impedir nuevas construcciones y, por si fuera poco, Javier Arenas llega a Málaga y descubre lo propicia que es Andalucía para el turismo, la agricultura y las zonas residenciales, y para rematar su canto suelta este trallazo: “Estoy harto de la milonga de la economía sostenible”. Con esta perla, Arenas pretende colocarnos en un futuro inverso, en un porvenir que es más bien un “ya vivido” o un “ya padecido”.

El asunto es que en las últimas décadas se ha posado sobre Andalucía una buena capa de cemento con el resultado de una montaña de viviendas que no se venden y que han esquilmado a sus moradores y después a Cajas y bancos y, de camino, a nuestros impuestos que acudieron en su ayuda cuando deberían haber servido para impulsar puestos de trabajo. Pero, además, si no hay sostenibilidad, como quiere Arenas, no habrá turismo ni agricultura, aunque sí habrá una Andalucía más parecida a una inmensa barriada, más inhóspita, más punteada de urbanizaciones fantasmas con un valor parecido al de los bonos basura.

De modo que el modelo económico que se está esbozando estas semanas se parece a un retorno al origen, pero con la novedad de que este neopasado que nos proponen privatizará y degradará aún más el territorio común. Como si solo pudiéramos tener una economía de depredación y no de creación, como si Andalucía para vivir tuviera que devorarse a sí misma.

 

Las puertas del paraíso (28 de enero de 2012)

Salvador Compán

Cuando se viene del norte, tras pasar la aspereza de La Mancha, el terreno se alza y se anima con masas vegetales hasta que se entra en un paraje que se llamaba el riñón de la sierra y hoy conocemos como Despeñaperros. Ambas expresiones hacen referencia a la orografía quebrada que se debe transitar para ser recibido por las tierras abiertas y luminosas del sur. Como si se pasara una prueba iniciática, hay que atravesar el umbrío laberinto de Despeñaperros para desembocar en un espacio de promisión, la Andalucía donde muchos viajeros provenientes del frío y de las máquinas de vapor situaban el paraíso.

Nada más pisar las primeras tierras de Jaén, se impone un mundo dúctil y amable, amaestrado por la mano del hombre: colinas roturadas, hileras de verdor, caminos entrevistos, horizontes que ondulan en una dulce gradación de azules. Ahí empieza el dominio del olivo, la presencia geométrica del árbol benéfico que llena la vista y hace olvidar cualquier otro de tipo de paisaje. No se parece a nada este orden antiguo, este paisaje disciplinado que, en sí mismo, niega a la espontaneidad del bosque y remite a un largo esfuerzo de civilización. Hay mucho del espíritu del Renacimiento en los campos de olivares: la regularidad de líneas, la compensación armónica del realce de la vegetación sobre los vanos de tierra, el equilibrio del conjunto, la razón imponiendo su canon de claridad a la agricultura. Quizá por ello, el bosque de olivos transmite un sosiego parecido al que nos aporta la sala capitular de la catedral de Jaén o el Hospital de Santiago de Úbeda. La misma sensación de serenidad y de silencio que dejó escrita Machado para reflejar sus melancólicos paseos por nuestra tierra: “Campo, campo, campo./ Entre los olivos,/ los cortijos blancos”.

Es este Renacimiento de la naturaleza (como si las colinas de olivares hubieran sido labradas a cincel o como si la norma racionalista de nuestras ciudades se prolongara en el paisaje) el que se quiere ahora poner en evidencia en una iniciativa bautizada como oleoturismo y presentada en Fitur. Se trataría de hacer más cercana la cultura del aceite al visitante, desde el olivar y los hábitos sociales que ha generado hasta la gastronomía autóctona. La Cámara de Comercio quiere aglutinar a empresas y a colectivos para sacar rédito del paisaje de olivos. Tiene bazas suficientes para hacerlo. El primer argumento es la propia belleza de nuestro árbol totémico y ese casi obsesivo verdor con el que unifica a nuestra provincia. Desde ahí, se ramifican los demás argumentos que acaban en cada uno de nosotros, en el placer de degustar una buena selección de aceites en cada desayuno o en exigirlo como aperitivo mientras esperamos la comida, y no porque este rito te convierta en propagandista gozoso e involuntario de  un icono que nos representa sino porque el sabor del aceite picual a muchos de nosotros nos hace sentir incluidos en un abrazo de civilización que, aun viniendo de muy lejos, toma la forma de la felicidad pura de la que estuvo hecha nuestra infancia.

Autos de fe (4 de febrero de 2012)

Salvador Compán

Cuando algunos representantes de la justicia se meten por los boscosos territorios de la política, tienden a ponerse uniformes de camuflaje y, a veces, se los ve demorarse junto a lagos que encenagan con los desperdicios de sus acampadas. No lejos de estas ciénagas, se celebró el juicio de Camps, que fue absuelto por 5 miembros del jurado de una comunidad en la que el juzgado acababa de ser votado por la mayoría de sus conciudadanos. La relación de votos absolutorios (5 frente a 4) calca el resultado de las últimas elecciones en aquella tierra y evidencia que los 7 votos necesarios para condenar al expresidente no eran encontrables en aquel mundo de ninots. El día en el que se decidió someter a Camps a un jurado popular valenciano, ya estaba tomando forma su absolución en términos de probabilidad estadística.

En el borde mismo de las ciénagas donde las togas se ponen el traje de camuflaje, o viceversa, se han levantado tres piras para someter a Garzón a un múltiple auto de fe. Cuando se repasan los argumentos para erigir tres piras para un solo juez, el asunto se antoja ilegible, porque la razón exige palabras trabadas por la lógica, rechaza los sofismas y no acepta que, en medio de la norma legal, se haga una excepción para juzgar a un hombre. La ley puede admitir matices, pero no excepciones porque en ese caso sería una encarnación de los intereses y de las pasiones, y nunca de la ley.

Las tres piras para Garzón parecen levantadas con premeditación y alevosía, incluso, si hablamos de la de las escuchas en la cárcel, donde las acusaciones son más verosímiles, se imponen criterios a favor de Garzón: se salvaguardaron los derechos de los defensores, había peligro cierto de convertir la cárcel en oficina de evasión de capitales, la decisión de las escuchas fue avalada por otros juristas, y existen precedentes que acabaron como mucho en simples recusaciones. En los otros dos casos, se entra en la pura irrealidad de un juez instructor que hace de acusación, de miembros del tribunal marcados por la animadversión hacia el que tienen que juzgar o de los sistemáticos rechazos de las pruebas que avalan al acusado.

Ni siquiera habría que recordar que, si admitiéramos algún tipo de excepción (que no lo hacemos) ésta sería a favor de Garzón por lo que le debe la democracia. Tampoco vamos a recordar que fue en 2009, coincidiendo con el inicio de la investigación del caso Gürtel, cuando se desencadenaron las querellas contra él. Pero es difícil olvidar que, rama a rama, las tres piras han ido creciendo, que se le puso al reo el amarillo sambenito, que lo ataron en la picota y se prendieron luego las hogueras. Sin embargo, lo que están quemando es una efigie de Garzón, porque el Garzón real está hecho con un nervio que se diría incombustible: es el nervio o la suma de nervios de los que creemos que la justicia debe de nuevo vestirse la toga y huir de los cenagales.

 

El mapa del alma (11 de febrero 2012)

Salvador Compán

Defendió Francis Crick, premio Nobel de medicina y descubridor de la doble hélice del ADN, que la conciencia tenía una localización precisa. Es lo que podríamos llamar el mapa o el territorio del alma, que el científico encarnó en un reducido número de neuronas situadas entre la parte posterior del córtex y el córtex frontal. Esta visión de Crick tiene algo de tranquilizador en el sentido que otorga a la conciencia la misma cercanía que a nuestra piel o a nuestras manos y la hace casi acariciable, como casi se puede acariciar al corazón cuando se posa la mano sobre el pecho. Está ahí la conciencia y se la siente con ese gozo de pertenencia y de fidelidad de lo que alienta y organiza desde el interior de nuestros cuerpos.

Salvando todas las diferencias, la visión religiosa del alma también aporta el mismo sentido de unidad, la misma seguridad de lo propio, de lo que impregna y fluye desde dentro. En todo caso, este sentido del yo, tan humano, parece ser una constante en nuestra civilización.

Sin embargo, cuando se intenta hacer el mapa del alma de los pueblos el dibujo sale torcido. Los románticos se empeñaron en esa tarea y solo pudieron extraer escoria de las minas del pueblo: dos o tres ideas escurridizas y llenas de vaguedad. Así vinieron a coincidir en que el alma española estaba hecha con los mimbres de la pasión y de la espiritualidad y de una especie de resignación que, con mejor nombre, llamamos estoicismo. Nada que no se encuentre con facilidad en cualquier pueblo aislado y pobre, en especial, si ha venido a menos como ocurrió en la España del siglo XIX.

Hoy, se diría que los españoles tenemos un alma plural, pero con una clara tendencia a reconvertirse en bífida, un corazón partido en dos mitades como si hubiera salido de aquella sentencia de Larra: “Aquí yace media España; murió de la otra media”, pero ya sin el dramatismo ni el peso definitivo de los muertos. Hoy nuestras dos almas no tienen pólvora y son más bien de utilizar las ideas con mejores modales pero con igual contundencia que manejan los garrotes los dos contendientes del cuadro de Goya. Nuestras dos almas se sientan en bancos distintos en el Parlamento, votan una con el corazón y la otra con la cartera, visten ambas con pulcritud y presentan sendas sonrisas civilizadas, aunque a veces hay una regresión a las cavernas y se dejan tiradas en las cunetas a personas tan valiosas como a Garzón.

Sin embargo, esta alma bífida de nuestros pesares aprovecha los grandes momentos históricos para hacerse una piña, como si tuviera nostalgia de aquel sentimiento unitario del que hablaba al principio. Basta que suceda algo tan trascendente, de alcance tan universal y de tan graves consecuencias como unas caricaturas en una televisión francesa para que el mapa del alma nacional ondee con unísonos tableteos, como una orgullosa bandera de tamaño planetario.

La verdad os hará sumisos (18 de febrero de 2012)

Salvador Compán

Estamos asistiendo a una reedición de la palabra verdad que consistiría en escribirla siempre con letras mayúsculas mientras se queman de golpe las falsedades,  los disimulos, los sueños, las mentiras. La verdad económica al desnudo y todos pasando frío, parece ser el lema de los nuevos gobernantes que dicen llamar al pan  pan y al vino, vino. Nada de brotes verdes ni de falsas esperanzas, nos dicen, porque, cuando meten su antorcha purificadora en el fondo de la realidad, solo alumbran campos yermos que abren sobre la desolación de repetidos desiertos.

En espera de saber qué pasa con la verdad del caso Gürtel, con la de los presupuestos o con la de si se hincharon las cifras del déficit, hay una verdad oficial que recorre la Península y nos deslumbra con su crudeza: estamos al borde de la catástrofe. Esta afirmación puede apoyarse en tantos datos que ya no es necesario decir que el causante es Zapatero (aunque en Andalucía se sigue diciendo que es Griñán) sino esa hidra salida del peor de los sueños a la que llamamos crisis. Aunque quizá sea la herencia recibida, como si España fuera un paquete envenenado que recibe un extranjero que acaba de aterrizar en Barajas.

Una vez que el portador de la verdad se ha apropiado de la evidencia que transmite, ya se puede presentar como un redentor, como un buen padre que si anuncia el Apocalipsis y nos hace sufrir es porque nos ama y no tiene empacho en decirnos que su verdad no nos hará libres sino que nos someterá. Y nadie le negaría la capacidad de subordinarnos porque, al mirar de cerca todo este nuevo fervor por la sinceridad, lo que encontramos es que está hecho con la materia, turbia y gelatinosa, del miedo. Miedo a más desahucios y más paro; miedo a la recesión, a la expulsión del euro, a la bancarrota. Miedo a ser como Grecia, un país frívolo y culpable donde se queman edificios junto al Parlamento, donde la carestía se ha disparado y un sueldo de 450 euros es un deseo. Miedo como justificación de la injusticia, miedo como un chapapote para construir el incierto futuro.

Como consecuencia del pánico paralizante que produce la nueva verdad, se puede hacer una reforma laboral contra los trabajadores o se hace posible recortar conquistas cívicas sin que haya una decidida contestación. Porque lo peor es que esta nueva verdad se nos presenta unida a las soluciones, una especie de dos por uno, como si no hubiera más alternativas que pregonar el miedo para cargar a los débiles con fardos de obediencia mientras se les señala un futuro de silencio.

Así las cosas, les confieso que tomo toda clase de precauciones al salir a la calle, que piso con sigilo y procuro mimetizarme con las paredes, que espío cualquier signo de amenaza esperando el momento propicio para volver las esquinas, no vaya a ser que de pronto la verdad me sorprenda a traición y me deje fulminado en plena calle.

 

Un brindis por tres pintores (25 de febrero de 2012)

Salvador Compán

Hace unos años, sucedieron casi al mismo tiempo dos hechos que llamaron mi atención porque encontré en ellos un cierto valor simbólico. Por un lado, se descubrió que un dibujo al carbón de un candelabro que se atribuía a Pierino del Vaga, un borroso pintor de segunda fila, no lo había hecho él sino que había salido de la mano del mismísimo Miguel Ángel. Por otro lado, un cuadro de un autor menor llamado Van Den Hoecke, después de unos análisis en profundidad, resultó ser del maestro Rubens.

Lo curioso de estas nuevas atribuciones es que obraron el milagro de una especie de transubstanciación, de un auténtico cambio de la materia artística, porque lo que eran obras más bien oscuras, confundidas en el montón de la mediocridad, saltaron de pronto a los primeros planos de los periódicos y, enseguida, a dar lustre a los lugares de honor de los museos. Lo que apenas tenía el valor de la condescendencia cuando había sido firmado por Del Vaga o por Van Den Hoecke pasaba a ser algo “genial” o “una pequeña obra maestra”, según escribieron los críticos por aquellas fechas. La alquimia de la firma, de los nombres propios, convertía dos pedruscos en dos enormes lingotes de oro y, en consecuencia, el nuevo Miguel Ángel pasó de valer 60 dólares a 2 millones, y el recién nacido Rubens cotizó su súbita excelencia a 80 millones de euros. Las dos obras eran las mismas de siempre pero –alguien tendría que explicárnoslo- ya nunca serían las mismas.

Me he acordado estos días de Del Vaga y de Van Den Hoecke a propósito de la recuperación de la Gioconda del Prado, porque el ayudante del estudio de Leonardo que pintó la nueva Mona Lisa se empareja con los dos artistas humillados por los aplastantes nombres de Miguel Ángel y Rubens. La Gioconda de Madrid es una obra de absoluta solidez, hecha con ese esplendor de la pintura que sabe poner con exactitud aire o carne o profundidad sobre el lienzo. Que sabe reproducir con pigmentos el fugaz fulgor de la personalidad que brilla en los ojos u ondula con sutileza en el movimiento de los labios. El discípulo de Leonardo tutea al maestro en un cuadro que ni siquiera es una copia porque fue pintado al mismo tiempo que el que llamamos original y observando al mismo modelo de la desconcertante Lisa.

Detrás de estos tres casos de pintores segundones, a los que por méritos propios podríamos llamar genios, subyace la misma enseñanza sobre cómo la historia del arte está marcada por la mitomanía de los grandes nombres que crea a su alrededor injustas zonas de sombra. Hay toda un muestrario de calidad en nuestra pintura en el que se evidencia que una obra de arte es un chispazo emocional destinado a conmover nuestras ideas. Lo firme quien lo firme, el cuadro se sostiene sobre sus propios cimientos, y recordando precisamente los cimientos, tan recios, de los tres pintores relegados que figuran en este artículo, quisiera proponerles hoy un brindis de justo e igualitario reconocimiento.

Guerras de papel  (3 de marzo de 2012)

Salvador Compán

La mayoría de las guerras de la literatura se sirven con el envoltorio de lujo del valor y de la nobleza, y parecen tan limadas de asperezas que la sangre es un simple color, la muerte una frase y el sufrimiento un quejido amortiguado por la distancia. Son guerras que la mente del lector va recreando mientras pasa los ojos por el libro y las va convirtiendo en sensaciones para terminar reduciéndolas a la categoría apacible de las ideas.

En los casos más extremos, se lucha por motivos tan románticos como liberar a Helena de los brazos de Paris o por reparar a Brunilda del agravio causado por Sigfrido. Incluso, un mercenario de la guerra que mata por sistema para ganarse el pan, como es el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, toma en el Poema de Mío Cid los aires bondadosos y la dimensión sin fondo de los héroes.

Todo lo anterior hace que la mayoría de la literatura bélica venga a ser una exaltación del militarismo y la destrucción. Aunque es verdad que, siguiendo el modelo de Guerra y Paz, una serie de libros contemporáneos muestran en primer plano la cara brutal y libre de máscaras de la guerra, como es el caso de “Viaje al fin de la noche” de Céline o “Vida y destino” de Vasili Grossman, por citar dos casos de excelente narrativa donde las páginas rezuman el rechazo a unos hombres que se animalizan con el único fin de destrozar mejor a sus semejantes.

Si existen guerras justas es solo en su motivaciones, porque cualquier contienda en su desarrollo está hecha de una crueldad tan arbitraria que supone situarnos en el reverso de la justicia. En esta idea insiste el libro que acabo de leer y que ha motivado que hoy el artículo se me haya ido por estas amenidades de los cañonazos y las batallas de papel. Se  trata de “El maestro Juan Martínez que estaba allí”, un estupendo reportaje de Chaves Nogales que cuenta la historia real de un bailarín de flamenco que, cuando está actuando en una sala de Moscú, lo sorprende la revolución soviética: “El cabaret tenía una puerta de comunicación con el hotel Savoy, y por ella escapamos los artistas, dejándonos allí nuestras músicas y nuestros trajes. Yo me encontré en medio de la calle vestido de corto, con chaquetilla de terciopelo y alamares. Un traje a propósito para una revolución”. A partir de esta situación absurda, Juan Martínez vivirá los muchos absurdos de la guerra con la única idea de sobrevivir.

El contraste que existe entre un bailarín de Burgos y la crueldad excluyente de zaristas y bolcheviques es lo que hace que la experiencia de Juan Martínez sea un detallado documento sobre el horror o el hambre, sobre la ternura o el ingenio de los pícaros, y que el reportaje de Chaves Nogales refleje tal grado de estupor y de vileza que, lejos de contarnos una guerra de papel, nos ofrezca un antídoto contra el papel que debe tener cualquier guerra.

 

La realidad y el deseo (10 de marzo de 2012)

Salvador Compán

El problema de las guías sobre el lenguaje no sexista es que tropiezan sin remedio con la realidad de los hablantes, aunque estén basadas en el deseo encomiable de hacer del castellano un espacio de encuentro más ancho e igualitario. Nuestra lengua no es un catecismo de buenas intenciones sino un ser vivo, autónomo, y tan cargado de certezas que no acepta la más mínima disidencia. Es el castellano un patrimonio colectivo que rechaza las improvisaciones y cualquier cambio impuesto desde arriba, aunque ese cambio esté hecho con la piadosa premeditación de lo políticamente correcto. La lengua crece desde abajo o no crece, igual que los bosques milenarios que fueron semillas y luego raíces y, mucho más tarde, arbustos que, con la paciencia de los siglos, tomaron porte y la suficiente altura como para que las copas de sus árboles entrelazaran sus ramas para formar el sistema de su techumbre homogénea.

La Real Academia deja pasar un periodo de al menos diez años antes de decidirse a aceptar una nueva palabra. Solo lo hace cuando se asegura de que el vocablo en cuestión tiene la suficiente salud como para seguir vivo en la boca de la gente, porque somos los hablantes los dueños de la lengua y la vamos acreditando con el lento acarreo de su uso. Porque, como un río de su manantial, la lengua depende exclusivamente de nuestro aliento.

Desde el latín al castellano, nuestro modo de hablar se ha ido dejando carne –sobre todo consonantes- en el camino de los siglos. Se ha ido ahormando en un cauce trazado desde el siglo I con la romanización hasta formar un populoso flujo, hecho con la multitud de todas las generaciones de las que somos herederos. Ese flujo de la historia del castellano es sobre todo una historia de desgaste, de economía lingüística, de decir el mayor número de conceptos posibles con el mínimo de sonidos. Por ello, todo lo que sea desdoblar los géneros (ciudadanos y ciudadanas) o utilizar perífrasis (“quienes juegan al fútbol”, en lugar de “futbolistas”) va contra esa exigencia del ahorro expresivo, auténtica ley de Méndel del castellano, y está condenado a que, como un peso muerto, lo desechen los hablantes.

Los intentos de eliminar el sexismo del lenguaje son, pues, morales y no tienen en cuenta la naturaleza de la propia realidad que pretenden modificar. Responden a una voluntad igualitaria y ética, pero el castellano no tiene moral y desconoce que sea eso de la invisibilidad de la mujer, igual que cualquier lengua androcéntrica.

No obstante, siempre hay usos que no van contra la economía lingüística como, por ejemplo, decir “personas” en lugar del genérico “hombres”, aunque lo urgente es llevar la ética de la igualdad de la mujer al terreno que le corresponde, al de la realidad social, porque en este campo el deseo sí puede modificar la realidad. Este inútil esfuerzo por moralizar la lengua, ¿no nos está quitando demasiado tiempo para exigir, por ejemplo, que el salario de las mujeres sea igual al de los hombres y no un 22% inferior?

Las páginas que faltan  (17 de marzo de 2012)

Salvador Compán

Ayer me preguntaron que por qué escribía y acudí a aquella respuesta tan vitalista que dio García Lorca a la misma pregunta: escribo para que me quieran. Pero es tan misterioso el mecanismo que nos lleva a escribir novelas a quienes nos dedicamos a ello que es difícil justificarlo. ¿Qué buscamos contando historias que se parecen tanto a la vida? ¿Por qué aceptamos sin más que una novela es tanto más estimable cuanto más se acerca a la realidad que evoca? Los personajes están vivos, decimos; o bien nos alegramos de que casi sean caminables las calles de Oviedo descritas en La Regenta o de que pueda sentirse el pastoso calor que se adensa por algunas de las páginas de El Extranjero. La fidelidad en la imitación es un valor no ya de la novela sino de las infinitas novelas orales que cruzan por nuestras conversaciones. Con esa vara de medir, valoramos a los cuentacuentos, al amigo que nos relata un hecho, a la película que acabamos de ver o al último libro que hemos leído.

Sin embargo, no sucede lo mismo con la pintura o la escultura, que casi se han liberado ya de reproducir con exactitud la realidad; menos aún, con la música donde todo es una matemática de abstracciones. Es la literatura la única de las artes que se diría estancada en ese misterio de rodear la vida con palabras, como si quisiera duplicarla o retenerla en una piel de sonidos y significados. Como si la vida fuera inexplicable y no nos cansáramos nunca de desgranarla con palabras, de voltearla y amasarla, de reproducirla interminablemente en los relatos que unos a otros nos contamos.

Y es que quizá la lengua anda tan confundida con la vida que nos parece que tienen su misma textura. Por eso, hablamos o escribimos igual que si moldeáramos objetos o acariciáramos personas o corrigiéramos agravios. Tal vez actuamos así buscando adueñarnos de la realidad para hacer de ella un mundo más comprensible y muestro, un mundo que tenga la exacta dimensión de nuestros deseos. Decía el filósofo Emilio Lledó que si no somos palabra, que si no tenemos por dentro ese runrún del diálogo con nosotros mismos, no somos nada. Y añadía que el día que la música de las palabras no nos suene en el oído no merecerá la pena vivir.

Entonces, quizá se escriba no por las razones de García Lorca sino por algo mucho más común: porque llevamos en los genes el lenguaje y en la realidad casi todo está mal escrito. Porque la vida es una mala novela y una multitud de voluntariosas personas intentamos cada día añadirle los capítulos que le faltan y enmendarle los tartamudeos de su prosa insuficiente. Tachamos lo que nos daña y llenamos páginas en las que abundan palabras que no suelen aparecer en ese oscuro folletín que nos traen a diario los periódicos. Son palabras necesarias como solidaridad, justicia o rebeldía, palabras que escribimos o pronunciamos igual que si hiciéramos el minucioso dibujo de lo irrenunciable.

La verde quietud del aceite  (24 de marzo de 1012)

Salvador Compán

El olivar envolvía a la ciudad, avanzaba hasta sus mismos límites y parecía contenerse al borde de las primeras casas, pero era una ilusión porque con el frío las aceitunas entraban como un mercurio benéfico por sus calles. Todo estaba penetrado por la presencia de ese árbol disciplinado que se diría tan satisfecho de su perfecta hechura, con una naturaleza tan lograda por los siglos, que repetía su silueta obsesiva hasta colmar el paisaje. El dominio del olivo tenía algo del estatismo de la eternidad. Su misma forma apenas alterada por las estaciones evocaba la inmovilidad de lo que no está sometido a las leyes del tiempo; la hoja perenne, la tímida floración, la discreción del fruto venían a confirmar la fidelidad del árbol a sí mismo, su rechazo a cualquier cambio que desvirtuara su quieta seguridad, su voluntad de fijeza y de obra cumplida.

No se detenía el olivar en las puertas de la ciudad sino que se prolongaba en forma de un aceite que, como una corriente de manantial, expandía vida y riqueza por las calles, y se adueñaba de las costumbres, de las canciones o de las palabras de los corrillos; dictaba el trabajo de las almazaras, de los esparteros, de los fundidores de prensas o de los panaderos, y metía su savia fragante hasta en la última cocina de la ciudad.

Mi infancia y mi adolescencia olieron a aceite. Aspirar ese olor te había sentirte incluido en lo que parecía tener sus raíces en la totalidad del espacio y en aquel tiempo detenido en olivos multiplicados e idénticos. Una eternidad de aceite imponiendo su verde quietud sobre nuestros pueblos.

Esa eternidad del aceite es mía, pertenece a mi memoria personal. Pero ahora permítanme ser subjetivo y expresar que hoy lamento que esa estampa fija no haya apenas evolucionado y que el mundo del olivar siga apegado al estatismo del pasado. El diario Jaén trae noticias puntuales de los malos vientos que frenan las enormes posibilidades del aceite: fraudes que quedan en el anonimato, un etiquetado tan confuso que desinforma a un consumidor no iniciado, desunión o guerra entre productores, timidez en estrategias de propaganda o en la lucha por las exportaciones. Desde el siglo XIX, podemos ya hablar en Jaén de una producción de aceite masiva y, sin embargo, no ha existido un desarrollo industrial en paralelo sino que se ha ido comprando tecnología ajena, como las recientes maquinarias italianas de Vintone. ¿Por qué son tan italianos nuestros castizos empresarios jiennenses? ¿Por qué el mejor empresario jiennense parece ser la Administración?

Sin embargo, afortunadamente, empieza a haber marcas en nuestra provincia que nos demuestran que nuestros paisanos pueden estar a la altura de la excelencia del producto, que la verde quietud del aceite todavía no nos ha embalsamado. Para ellos, el homenaje de este artículo.

 

Modos de corrupción (7 de abril de 1012)

Salvador Compán

En la campaña electoral, alguien hizo el portentoso descubrimiento de que los EREs fraudulentos tenían el tamaño de nuestra región y, en consecuencia, se hablaba con desparpajo de “la Andalucía de los EREs”. Aunque es verdad que la anterior afirmación a sus propios voceros les parecería exagerada y, a veces, la han matizado con gran delicadeza intelectual para utilizar el hallazgo lingüístico más modesto de “el PSOE de los EREs” o “el partido de los EREs”.  De ese modo, el dinero público que cobraban siete decenas de desalmados de otros desalmados de la Consejería de Empleo lo transformaban en una materia corrupta que, a través de infinitas metástasis, alcanzaba a Griñán y a su gobierno, crecía sin freno contaminando a la extensa red de militantes, y no paraba hasta inocular al más tibio de los simpatizantes. La campaña electoral nos ha marcado, pues, con el hierro candente de los proscritos porque, cuando no era toda Andalucía, era la mitad de nuestra autonomía la que exhibía la mirada huidiza de los delincuentes y la carne enferma de la corrupción.

Lo peor de cualquier caso de robo de dinero público es el robo en sí y ningún ciudadano que se tenga por tal debería hacer ni la más mínima concesión hasta que pague el último de los culpables. Pero la naturaleza de la corrupción es tan perversa que el partido aspirante al poder (ignorando casos surgidos en su seno, como el de Gürtel o el de Palma Arena) parecía disfrutar insistiendo en los EREs, igual que si los males y las heridas sociales fueran argumentos, igual que si vencer no fuera convencer, igual que si se alimentaran de la materia tumefacta de la corrupción.

Con un territorio tan ensuciado por las simplificaciones y las reducciones al absurdo, no es extraño que se valoren los resultados electorales como lo ha hecho una cierta televisión ultramontana. En ella, el periodista Horcajo juraba que en cuatro años no pisaría nuestra región o Gabriel Albiac tildaba a los andaluces de “vagos”, de “vivir del prójimo o del cuento”. En ella, podías enterarte de que “Andalucía está sacada del Tercer Mundo”, de que tenemos “una corrupción endémica” o de que esto es “un estercolero de miseria o de inmundicia dejado por el PSOE”. Ya ven, para este periodismo de la imparcialidad, o servimos para darle los votos a quien ellos quieren o te botan encima con los tacones del integrismo.

El hecho es que para algunos la corrupción no ha sido un mal que hay que extirpar de cuajo sino más bien un medio para ganar las elecciones. La han convertido en un arma y, en ese camino, no solo han olvidado que ese mal habita en su propia casa sino que han generado otro modo de corrupción: la de elevar la demagogia a categoría moral. Y aún otros, que profesan de periodistas, han descendido a la degradación de desarrollar esa tendencia canalla de los maridos despechados capaces de asestarle un navajazo a la mujer que los ha abandonado.

Peter Handke en Jaén (21 de abril de 2012)

Salvador Compán

Para Borges toda la realidad cabía en una mínima esfera de cristal que se hallaba en un sótano de Buenos Aires y desde la que podían verse, en un torrente de imágenes que nunca se mezclaban, todos los seres, todo el tiempo y todo el espacio. A esa esfera portentosa, un observatorio para contemplar la eternidad, la llamó el Aleph. Aunque Borges no pudo conocer el desarrollo que llegaría a tener la informática, quizá intuyó que su metáfora del mito del paraíso, contenido en unos milímetros de cristal, se podría materializar en algo de dimensiones apenas más grandes que las que él imaginó, las del tamaño de una pitillera que tiene hoy un iPhone. El Aleph ya no es aquella anomalía que retaba a la razón desde un sótano bonaerense sino que cabe en el puño de cualquiera y, con un simple roce de las yemas de los dedos, abre su ojo de plasma para mostrar la infinitud del universo.

Dentro de los buscadores del Aleph, hay una estirpe de escritores viajeros que, cuando era posible, se ganaron los caminos con el esfuerzo de sus pasos, sintiendo en la lentitud de sus pisadas un sonido más de la múltiple naturaleza. De esa estirpe, es el austriaco Peter Handke que recorrió media Europa tras algo que no tenía, ese Aleph de la plenitud cumplida o de los inexistentes paraísos que todos añoramos sin haberlos nunca poseído. Para Handke, andar equivalía a saber, a construirse a sí mismo en el camino y, en consecuencia, escribió que él vivía “en la fuga” a la manera de Antonio Machado del que recuerda que el último libro que leyó antes de morir fue, y no por azar, “Los vagabundos” de Gorki.

Handke se baja del tren en una estación de Jaén que no conoce y toma un autobús hacia una ciudad, Linares, de la que no sabe nada, pero donde encuentra un mundo sin maldad que lo reconcilia con la vida. Son los muchos niños que andan en libertad, las familias con bebés que tapean en los bares, los viejos que llevan a sus nietos de la mano, la sensación, en fin, de un pueblo humanizado en torno a la convivencia lo que cambia a un solitario. Respira en Linares la amabilidad de la vida, la limpieza de las miradas o la cercanía de las personas que, aun ignorándolo, lo incluyen. Allí, goza de los dones de lo sencillo, se acerca a las minas, escribe por las afueras, duerme la siesta a la sombra de los olivos o camina en la soledad mística de los descampados que ahora tienen el punto de referencia de una ciudad donde ha encontrado una patria provisional, un lugar para mirar el mundo.

Cuando recuerde las tierras de Jaén, su memoria se detendrá en las impresiones de estar traspasado por “una luz que parece que va a reventar” y que le deja el corazón ingrávido y reconciliado con un pueblo tan ajeno al artificio que parece aprender de sus menores, un lugar donde es posible el Aleph de Borges, ese espejismo de la eternidad que se diría que por momentos niega a todo lo caduco e inmuniza contra la muerte.

 Orgullo de hablar andaluz (21 de abril de 2012)

Salvador Compán

De aquel individuo de triste memoria que se llamó Millán-Astray, nos han quedado bastantes hechos de sangre y algunas frases que lo siguen retratando como un hombre primario, cercano al analfabetismo funcional. Me he acordado hoy de una de ellas (“Cuando oigo la palabra democracia, saco la pistola”) a propósito de algo que me sucede a mí, aunque en un sentido infinitamente más benévolo, al escuchar palabras alargadas con inútil pedantería. No es que yo saque ninguna pistola, pero sí me salta una instintiva señal de alerta al oír “problemática”, en lugar de “problemas” o, por ejemplo, “analítica” en lugar de “análisis”. Las segundas de las anteriores parejas son palabras con sílabas parásitas, pues no hacen avanzar el significado con respecto a las primeras sino que simplemente estiran los sonidos con hinchada presunción.

Uno de los principales orgullos que siento de hablar andaluz proviene de que nuestro dialecto está marcado por la tendencia contraria a la que he apuntado arriba. Hablamos los andaluces siguiendo el gran nervio de la evolución de la lengua que no es sino la ley de la economía expresiva, un descargarse de dificultades fonéticas, achicar agua, limar consonantes y decir lo máximo de significados con el mínimo esfuerzo articulatorio. Esta tendencia hace del andaluz un dialecto más evolucionado que las otras lenguas de la Península, situándolo en un escalón históricamente superior, como si viviéramos en el futuro de la lengua castellana, y sus eses, que se demoran segando el aire, y el cartón piedra de sus otras consonantes se hubieran hecho brisa en nuestras bocas.

Pero lo más destacable de nuestro modo de hablar es que jamás decimos “la dije”, ni “lo caí”, ni “le vi” (aunque este uso haya tenido que admitirlo a la fuerza la Academia). Es decir, no somos ni laístas ni leístas ni loístas. O, dicho de otro modo, hemos conservado la columna vertebral de cualquier lengua, la limpieza del pensamiento, que se expresa con las funciones sintácticas, sin pervertir algo tan esencial como el modo de expresar nuestra forma de relacionarnos con la realidad.

El orgullo de hablar andaluz reside en saber que se está utilizando el mejor castellano posible, después de haberle quitado lastre a los sonidos mientras se conservaba su precisión para nombrar el mundo. Sin embargo, tenemos atrás una historia de un pueblo rural, de jornaleros sin trabajo y sin escuela que, a falta de la fijeza de la escritura, han heredado la lengua a través de la inseguridad del oído y esto ha hecho que abunden los vulgarismos en nuestro dialecto. Es esa vacilación de sonidos, que corrompe las palabras, la que en gran parte se ha enmendado ya con la alfabetización y se sigue corrigiendo con el sistema educativo y con el espejo de los que hablan un andaluz culto.

Cuando nos hagamos cargo de que nuestro dialecto posee la exacta flexibilidad de un habla que ha invertido los papeles, y en muchos casos se comporta no como hijo sino como padre del castellano, asumiremos el tamaño justo de nuestro orgullo.

 

La herencia recibida (28 de abril de 2012)

Salvador Compán

El cielo que nos tenían prometido se ha caído en pedazos. Se iba a crear una instantánea confianza, un camino hacia la riqueza, y los mercados comerían con docilidad en la apaciguadora mano de un señor gallego llegado a la Moncloa para administrar la bonanza. Pero del cielo prometido hemos pasado a la los cielos que perdimos y a ser sacudidos por un viento frío que se mete por las raíces del estado del bienestar para irlas levantando hasta dejarlas sin nutrientes.

El paraíso de las promesas electorales se ha convertido en una larga cadena de mentiras y en ese cansino rosario exculpatorio de la “herencia recibida”, como si la quiebra del ladrillo o el déficit de muchas comunidades autónomas no fueran también una antigua responsabilidad de los mismos que utilizan esa excusa. Como si gobernar equivaliera a acusar o se pudieran cargar las culpas propias, con toda impunidad, en la cuenta de las ajenas. De todos modos, parece claro que la herencia recibida no se corrige amnistiando a quienes nos expoliaron o no decidiéndose a buscar dinero en los bolsillos de quienes lo tienen.

Así  las cosas y con tanto campo donde cosechar, al ministro Wert se le ocurre que la enseñanza está sobrada de recursos y, mientras hace disminuir el número de profesores, aumenta el número de alumnos por aula. Lo inconcebible es que además repita el lunático argumento de que esto no daña a la calidad de la enseñanza. ¿Cómo habrá imaginado el ministro Wert el modo en que se desarrolla una clase? ¿Acaso le ha convenido soñar en aulas donde los alumnos aprenden oyendo lecciones magistrales, igual que si se dejaran mecer por la música de Bach? ¿Qué sabe el ministro de la actividad de un profesor de Bachillerato o de Primaria? ¿Qué puede conocer una persona que dice lo que él ha dicho sobre nuestro sistema educativo?

No es inútil recordar que la enseñanza pública es la responsable de que se haya acabado el analfabetismo entre nosotros y de que personas que vienen de generaciones de miseria tengan la posibilidad de acceder al conocimiento y de hacerse cargo de su propia autonomía. Un profesor de la enseñanza pública en gran parte trabaja con alumnos que vienen de siglos de desasistencia por parte del poder, y nunca olvida que debe hacer un plus de esfuerzo para paliar esta lacra histórica multiplicándose para atender a personas con carencias culturales hasta que sin remedio cada clase se le convierte en muchas clases.

Es este trabajo lleno de exigencias, y de un sentido del deber devorador de no pocas horas de ocio, el que ahora se quiere sobrecargar de alumnos atendidos con menos medios y con menos becas. De esta forma, una enseñanza, sostenida gracias al voluntarismo de los enseñantes, se ve obligada a empeorar debido a la culpable ignorancia de un ministro de cultura. ¿Cómo podrá justificar el señor Wert el daño que infligirá al país? ¿Cómo ni siquiera se avergüenza de esta negra herencia que quiere que recibamos de sus manos?

Variantes sobre el optimismo (5 de mayo de 2012)

Salvador Compán

Como los caminos de la vida son más bien ásperos y están llenos de baches y de túneles mal iluminados, las personas tendemos a ser escépticas y a no militar entre los seguidores de señuelos y espejismos. Quizá por ello, los clásicos aconsejaban vivir con cautela, gozar con moderación y caminar con la mirada atenta a los despeñaderos del extravío. Por la misma razón, se ha acuñado esa frase que nos informa de que un pesimista es un optimista bien informado o, dicho de otro modo, a la manera que aconseja la Biblia: cuanto más se sabe, más se sufre (“Quién aumenta conocimiento aumenta su dolor”).

Y es que, si prescindimos del entusiasmo religioso de los creyentes, el optimismo suele toparse una y otra vez contra los murallones de la realidad. Ni siquiera aquel enfermo de felicidad y de justicia que se llamó Don Quijote pudo levantarse por enésima vez, cuando fue descabalgado de un lanzazo por el Bachiller Sansón Carrasco en las playas de Barcelona.

Sin embargo, de vez en cuando nos encontramos con noticias protagonizadas por gentes que parecen tener una fe irreal en las posibilidades del hombre para ensanchar la vida. Vean si no: Jimmy Wales, el fundador de Wikipedia, acaba de vaticinar que, dentro de diez años, los casi 3.000 millones de usuarios que habrá en internet harán un cine de tal calidad que acabará con la industria de Hollywood. “Nadie se dará cuenta cuando Hollywood muera.” Explica Wales que la revolución de la imagen está aún por venir, que tendremos en la Red anchos de banda inimaginables para que la comunidad global haga y produzca películas de autor.

El optimismo de Jimmy Wales se antoja razonable. De hecho, cuando hace once años creó Wikipedia, vaticinó el fin de la Enciclopedia Británica y, en efecto, hoy ha dejado de imprimirse. Pero hay otro optimismo visionario, marcado por la presunción, la desmesura y la cutrez, propias del exceso de dinero. Es el que puede representar el millonario Clive Palmer quien le regaló a su hija un yate para celebrar su decimoquinto cumpleaños y se está gastando 2.260 millones de euros en el zafio capricho de fabricar un segundo Titánic, idéntico al que se hundió. “Será igual de lujoso que el original”, declara sonriente el adiposo Palmer.

El obsceno optimismo de Palmer no debe andar muy lejos del que exhibe el norteamericano Richard Boucher, secretario general de la OCDE. Su fe desmedida en su patria o, lo que es lo mismo, su desprecio por lo ajeno lo ha llevado a declarar que “España solo vale para el flamenco y el vino tinto”. Ya ven, puestos a ignorar, hasta desconoce el pobre Boucher las excelencias del fino, del Montilla-Moriles, de la manzanilla o de nuestros blancos de mesa.

Personas como estas del Titánic o las del vino tinto son las que te confirman en la idea del cáncer de egoísmo e irrealidad que padecen los optimistas. El maestro Flaubert las retrató con certeza: “Tres objetivos imprescindibles para ser feliz: estupidez, egoísmo y dinero. Si falta el primero, no hay nada que hacer”.

Peregrinos por Úbeda (12 de mayo de 2012)

Salvador Compán

Recuerdo que había un flujo de personas que se acercaban por las tardes a Santa María por el placer de encontrarse, de reconocerse como paisanos, mientras visitaban la iglesia o a la Patrona o a Jesús Nazareno. Hábitos de peregrinos de aceras, de gentes que apoyaban sus vidas en la de esa iglesia, como si el edificio los convocara y pudiera darles lo que no tenían. Ni siquiera era una costumbre sino una especie de ceremonia de identificación con la memoria del lugar, porque Santa María representa un río de tiempo que arranca con las raíces de la ciudad y, en su solar, se han levantado las mejores concreciones de las culturas que han hecho a Úbeda. Un espacio igual a un inmenso folio de piedra donde escribir los signos del arte, proclamar a la ciudad y negar la fugacidad y el olvido.

No sé exactamente hasta qué punto la sociedad civil ha crecido en mi pueblo, y en qué grado mis paisanos se socializan a partir no solo del pasado sino ejerciendo su protagonismo para adueñarse del futuro, pero, en todo caso, es inquietante la reciente historia de la iglesia de Santa María. Los últimos veintiocho años ha estado cerrada, corrigiendo la caída de sus pilares y sus graves deficiencias de cimentación. En ese tiempo, nos hemos gastado en su rehabilitación seis millones de euros los andaluces (la Consejería de Cultura) para poder volverla abrir a los ciudadanos, pero resulta que, aunque no lo sabíamos, lo que hemos hecho es pagar para que nos vuelvan hacer pagar, si es que queremos visitar lo que moralmente es y ha sido siempre nuestro.

La decisión del obispado de cobrar entrada por ver nuestro patrimonio es muy próxima a cualquier operación de socializar las pérdidas. ¿No les recuerda a la reflotación con dinero público de Bankia y de tantos otros bancos hundidos por la mala gestión privada? Que te cobren un peaje de cuatro euros por entrar en un iglesia reconstruida con tus presupuestos ¿no es alarmantemente parecido al repago en Sanidad?

Soy de los que piensan que la Iglesia hace la función benéfica de meter energía en los creyentes mientras les arranca la soledad metafísica. No es poco. Pero para que la Iglesia sea creíble y, antes de que la sociedad civil se lo imponga, debe dejar claro que es una comunidad espiritual y renunciar a los 10.000 millones anuales que recibe del Estado. Es verdad que Cáritas tiene derecho a ayudas y exenciones, pero también que la Iglesia tiene que buscar la autosuficiencia económica basándose en los propios creyentes por las mismas razones que dictan que la fe es un sentimiento individual o que cualquier proselitismo tiene que salir de la enseñanza.

Todos sabemos que la crisis está acelerando la definitiva separación de poderes Iglesia-Estado. Pero, antes de que se consume, no estaría mal el gesto de abrir de par en par Santa María para que vuelva a ser otro de los pretextos de peregrinación por el hermoso patrimonio de Úbeda.

Los ojos del periódico (19 de mayo)

Salvador Compán

Hace unos años que el periodismo sangra a través de una herida que lejos de cicatrizar se va abriendo cada día y, así, asistimos al despido de profesionales o al cierre doloroso de periódicos como Le Monde, El Público o Diario 16. Solo en 2011 se fueron a la calle o a sobrevivir por la jungla digital 4.000 periodistas, y, en este año de precariedad y EREs, la tendencia no cesa de acentuarse. Es como si cada día se cerraran un poco más los ojos con los que mirábamos al mundo, esa mirada del periódico con la que tantos de nosotros hemos pasado de un simple mirar la realidad a poder verla, a rescatar imágenes de entre la penumbra, a reconocer el mundo.

La razón que explica esta progresiva ceguera nuestra es imputable a nuestra propia ceguera: se leen menos periódicos; es decir, miramos sin ver porque hemos renunciado a ver, porque tenemos la vocación analfabeta de ser ciegos voluntarios. Nos quedamos poco a poco sin los ojos del periódico porque vamos renunciado a abrir nuestros propios ojos.

Es verdad que existe la alternativa de los periódicos digitales, aunque está acosada por los blogs y por la legión de espontáneos que utilizan la Red para sembrarla de opiniones y de noticias, de ocurrencias y de desinformación, en una especie de fuego cruzado que se abre desde los tejados donde se apostan con impunidad los francotiradores.

Un segundo problema es que, al contrario que la lectura en papel, la lectura en pantalla es dispersa y ofrece tantas posibilidades que casi obliga a la velocidad y a quedarse en lo superfluo. Leer el periódico en papel sería como pagarse una entrada para ver una película en pantalla grande, en el oscuro silencio de la sala, mientras que leerlo en pantalla se parece a ver la película por televisión, en la salita familiar y con los dedos prestos a caer sobre el telemando.

De hecho, se ha creado ya una generación de cibernautas que, si se dice con crueldad, leen con las yemas de los dedos o, si dice sin metáforas, son consumidores de información pero no de conocimiento. Y es que la información en internet se ha convertido en una mercancía gratuita y tan abundante que se nos amontona ante los ojos y apenas nos deja ver. El filósofo Miguel Morey explica la globalización cibernética como un mito de Babel al revés: las lenguas no se multiplican y confunden sino que confluyen en un lenguaje simplificado que, además, tiende a convertirse en un inglés básico a través de las traducciones a la carta que ofrece la Red.

Es este panorama infinito de fugaces letras digitales el que amenaza con dejarnos sin textos que no compitan con otros a no ser dentro del mismo periódico. Como si el parpadeo de las pantallas quisiera condenarnos a prescindir de la atmósfera de concentración que crea un lector al inclinarse sobre un periódico mientras saborea un café sabiendo que, enseguida, releerá lo que más le ha interesado y que, luego, alzará la vista para mirar por la ventana y se tomará un tiempo en meditar lo que ha visto a través de los ojos del periódico.

 

¿De qué crisis hablan? (26 de mayo de 2012)

Salvador Compán

La radio del coche hablaba del tema recurrente de la crisis e imaginabas el sonido igual a una lengua lamiendo el parabrisas, echándonos su aliento. Repetía la radio una palabra obsesiva, mercados, como si con esa palabra neutra quisieran hacernos aceptar lo inaceptable, porque en realidad tendrían que hablar no de mercados sino de especuladores financieros. Son ellos, los especuladores, los que nos prestan dinero a precio de usura, los que extienden la pobreza y nos hacen difícil el futuro. Son las inmerecidas ganancias de los especuladores las que nos roban puestos de trabajo o empeoran la sanidad y la enseñanza. Se lo comen todo con el simple esfuerzo de apretar un botón y exigir miles de millones de interés al año por el dinero que nos prestan. Miles de millones espurios, hechos de extorsión y de usura. Una avaricia desmedida que se alimenta de la desgracia de personas cuya única avaricia consiste en ver cómo pueden comer al día siguiente. De esto hablaba la radio, de Rajoy y de Hollande, y de su intento fallido para que el Banco Central Europeo nos prestara dinero y les quitara la carnaza por unos días a los especuladores. Prima de riesgo, mercados, decía la radio. Siempre con palabras esquinadas, que nunca quieren llegar al fondo del asunto, al dolor y al expolio de los débiles que estas palabras significan, como si fuera aceptable el indecente latrocinio de la usura contemporánea.

Apagamos la radio, bajamos del coche, entramos en el edificio que justificaba nuestro viaje, el instituto Auringis de Jaén. Y fue como entrar en un recinto donde la única crisis que existía era la de alcanzar un grado más de eficacia pedagógica. Se siente allí el orgullo de pisar un centro vivo, que cree en la enseñanza pública y la defiende con las armas poderosas del trabajo bien hecho y con la consciencia de saber con exactitud a quién beneficia ese trabajo. Entramos, pues, en el reverso del robo financiero, porque en el Auringis con lo único que se especula es con el modo de conseguir la mejor ganancia del alumnado.

En tiempos de recortes de enseñantes, un entusiasta equipo directivo ha conseguido que un profesor, Manuel Valdivia, dedique un puñado de horas para que la lectura tenga protagonismo en el centro y se utilice la capacidad de reactivo para el conocimiento que tienen los libros. Entusiasma ver cómo los alumnos han hecho suya una lectura y pueden sondear con preguntas inteligentes en la vida compleja que late en un relato literario. No deja indiferente conocer la rentabilidad que puede tener una biblioteca de centro, lo mismo que el hecho de que los padres se sienten en las mismas sillas que ocuparon sus hijos por la mañana y se dediquen a desentrañar el libro que todos ellos han leído, a rodearlo con palabras, a buscar en él razones e ideas, a transitar el libro con los ojos abiertos de los que no se resignan a explorar cualquier camino. Sorprende que entre el círculo de lectores se sentaran profesores, incluido todo el equipo directivo, o que la Delegada de Educación participara en la rueda de opiniones, como si todos fuéramos alumnos de un credo que entre todos escribíamos.

Cuando salimos del Auringis, la radio del coche volvió con su cantinela de la crisis mientras nos preguntábamos: ¿Crisis? ¿de qué tipo de crisis nos están hablando?

El huerto de Fenoll  (2 de junio de 2012)

Salvador Compán

Cuando hoy se pasea por la vega de Orihuela, es difícil aspirar el aroma del almendro de nata de Miguel Hernández, porque te envuelve el mal olor de la descomposición y, entre las raíces de los naranjos, se pisan aerosoles y charcos pútridos de materias licuadas. El empresario Ángel Fenoll (máximo inculpado en el caso Brugal) ha escondido bajo los árboles un vertedero de productos tóxicos que quiere hacer pasar por abono. Sin embargo, la vega se resiste a tanto veneno y de ella afloran desechos químicos, gases y todo un magma pestilente, como si el campo tuviera aquel principio de bondad que le atribuyó Machado en La Tierra de Alvargonzález y expulsara de su seno la basura nociva.

He escrito lo de arriba porque el huerto de Fenoll se ha extendido y cubre ya toda la superficie de España. Se nos había prometido una especie de reino de la transparencia por donde los ciudadanos pisaríamos sin sobresaltos; pero lo que se hizo en realidad fue sembrar los mismos naranjos que plantó Fenoll encima de un basurero, como quien tapa con una máscara de vida la necrosis de la corrupción. Así que uno puede ir paseando por nuestro huerto de Fenoll y tropezar de pronto con los ocasionales testigos del intoxicado subsuelo; pisar, por ejemplo, un lodo tóxico por donde despunta una de las facturas del hotel Puente Romano que le pagábamos Carlos Dívar, nuestro máximo jerarca judicial, para que se solazara allí en veinte largos fines de semana que duraban cuatro o cinco días. A unos metros de la factura, puedes encontrarte los restos oxidados de las herramientas con las que siete vocales del Consejo General del Poder Judicial enterraron las facturas de Dívar mientras pretendían hacer dimitir a Gómez Benítez, el vocal del Consejo que tuvo el descaro de denunciar a su jefe.

Pero, si el paseante tiene mala suerte, digamos simplemente que ha llovido y el agua ha arrastrado un poco de tierra, es posible que nuestro naranjal sea intransitable debido a las emanaciones sulfurosas y a los abundantes detritus bancarios impregnados de bacterias que se dejan acariciar por la fetidez del aire. Hay ahí harapos de la corbata de Rato, gemelos oxidados de Blesa y un sinfín de despojos de los dieciséis consejeros (todos ellos cercanos a Aznar, a Rato y a Esperanza Aguirre) que abrieron en Bankia el inverosímil agujero de 25. 000 millones, los mismos que tendremos que pagar con la subida del IVA y con el retraso de las jubilaciones.

Si el paseante quiere huir despavorido del vertedero, todavía tendrá que sortear los desechos de voces solidificadas, como de madera podrida, que justificaron las primas millonarias de jubilación como premio a exconsejeros que arruinaron a sus bancos. No sé si el caminante tendrá algún consuelo cuando, al volver la vista atrás, vea a las máquinas explanadoras de Rajoy enterrando lo que la lluvia descubrió mientras una legión de jardineros plantan un bosquecillo de naranjos en nuestro siempre renovado huerto de Fenoll.

 

El señor de la risa  (9 de junio de 2012)

Salvador Compán

Conocí a Santi Rodríguez en un día en el que el molino de Serafín, en Valdepeñas de Jaén, hizo girar sus engranajes en un rito prodigioso que, con la simple fuerza del agua, hace trepidar toda su maquinaria harinera. El molino tiene sus raíces en la Edad Media por lo que se siente allí aquella sabiduría sin apenas artificio que consigue transformar la naturaleza con la propia naturaleza: el trigo hecho harina entre el estrépito primario del agua.

En el molino de Santa Ana, se reunió la Peña del Dornillo, y entre Manolo el Sereno, Michael Jacobs y Juan Infante nos hicieron a Santi Rodríguez y a mí dignatarios de su santo reino de esclavinas rojas, pipirrana y aceite picual. Después, Santi mostró un talante que recordaba al de aquellas personas de la Peña que parecen tener un pacto de fidelidad con la naturaleza y de soberanía consigo mismos. Con un humor avispado, que utiliza mucha capacidad de asociación y poca sal gorda, Santi Rodríguez se adueñó de Valdepeñas, como quien funda una realidad aparte hecha con una materia que brilla en el aire y que no tiene peso.

Casi había olvidado a Santi hasta que el otro día me llegaron noticias de él que lo presentaban con una cara que nada tiene que ver con la que recordaba en el molino de Serafín. Aquel hombre de incisiva bondad era ahora un “criptofascista” y recibía terminantes mensajes en twitter que hablaban de buscarlo en su domicilio para degollarlo. Lo que media entre esos dos momentos es el matonismo virtual, la desinformación y la canalla impudicia del anonimato que aparece de vez en cuando en el ciberespacio.

En las redes sociales, se habla con desparpajo de “amigos” o “seguidores” y se va formando un tejido de comunicación casi siempre eficaz con personas con las que no se hubiera tenido contacto alguno en la cercanía de lo cotidiano. La extensión es la grandeza de Internet, pero ahí reside también su miseria. No se puede esperar que en el océano no aparezcan manchas de chapapote. Y a Santi Rodríguez le ha rozado uno de esos grumos de alquitrán que te ensucian unos segundos antes de que se lo lleven las olas.

No hay mucho más sino que, ente caso, aparecen síntomas de cómo en las brumas de la Red se cobijan gentes que quieren crear una sociedad paralela, un país cuya existencia solo está en su deseo. Me refiero tanto a los que han insultado como a los que han defendido al cómico utilizando su condición de católico confeso. Leyendo los twitters de ambas partes se diría que estuviéramos otra vez en tierras de Caín. Otra vez aquel guerracivilismo que llegó a convertir el simple hecho de tener o no creencias religiosas en un doble paredón de fusilamiento. Son palabras mayores salidas de cerebros menores. Palabras dichas con antifaz o en la lejanía cobarde de lo que es insostenible en el cara a cara de la realidad. Ni siquiera los que dicen defenderlo pueden enturbiar a aquel hombre de noble jovialidad que, en el molino de Serafín, fue coronado rey del aceite y de la risa por ese emperador de los sentimientos que se llama Manolo el Sereno.

Panfleto contra el conformismo (16 de junio de 2012)

Salvador Compán

Sin remedio, nos encaminamos hacia un futuro próximo hecho con las ruinas del pasado. Viviremos recosiendo los rotos de estos últimos años, pagando la deuda y los intereses de los bonos estatales (que rozan el 7%, el límite a partir del cual nadie los compra) mientras que nos hacemos valedores del astronómico rescate a los bancos a través del FROB. Se da por segura una recesión (las pulgas acuden al perro flaco) que traerá un plus de sufrimiento, de pérdida de trabajo, de carestía, de una incertidumbre que se parece al miedo, y de un deterioro aún no calculable del estado de bienestar.

No quisiera emplear más tinta negra en la descripción de un panorama que, por otra parte, todos ustedes conocen. Lo que quisiera transmitirles es mi convencimiento de que se está consolidando, como si tuviera la legitimidad de una ley oficial, la hegemonía de la injusticia. Aplastando al país real, se ha asentado la costra de un país oficial que se afana por servir a los grandes inversores, que privilegia a los que más tienen, socializa las pérdidas y todo lo envuelve en el lenguaje taimado y contradictorio de los que están acostumbrados a la mentira. Los dos partidos mayoritarios andan a remolque de su propia impotencia, entre mutuas e insufribles acusaciones, y en el consenso de freír el pescado en el aceite achicharrado que nos sirven los especuladores.

Decía el filósofo Jean François Revel que lo que define a la cultura occidental es la conquista de la autonomía de las personas, el juicio crítico y la voluntad de incidir en la realidad para mejorarla. Si se consiguen quitar estos valores a la España real, tendremos que aceptar una sociedad colonizada que se limita en gran parte a tapar con su trabajo los agujeros bancarios, y a satisfacer la codicia de los prestamistas y de la gran timba de bonos y valores. Ya que un Pacto de Estado ni siquiera es “una idea” para Rajoy, según dijo en el Parlamento, urge un pacto social por la ética que exija drásticas cortapisas a las finanzas y una absoluta incompatibilidad con la corrupción, con las privatizaciones y con los privilegios, como los que gozan los diputados, la Iglesia o la SICAV. Ese sentido elemental de la ética es el único caudal que le queda a unos ciudadanos que tienen cada vez menos sitio en su propio país, y es el mismo que nos pide que no haya impunidad ni para los EREs ni para el caso Gürtel ni para la larga lista que va desde Urdangarín a Dívar pasando por los gestores de Bankia, Caixa Galicia, Caixa Penedés, Banco de Valencia, etc.

Perdonen el panfleto, pero o utilizamos los valores que nos definen como ciudadanos o llegaremos a ser víctimas no solo de una injusticia estructural sino también de nosotros mismos. A no ser que prefiramos la fórmula, tan técnica, que nos regaló hace poco la ministra de trabajo Báñez cuando agradecía la ayuda mariana por sacarnos de la crisis poco antes de gritar su viva victorioso a la virgen del Rocío.

La huella de las palabras (23 de junio de 2012)

Salvador Compán

Hace unos años se hizo una encuesta en Francia para ver cuáles eran las palabras favoritas de los lectores de los tres periódicos más influyentes en aquel país. Se pretendía comprobar que cada uno de los tres diarios era comprado por personas de diferente ideología y el resultado fue, en efecto, que las palabras que más les gustaban a los lectores del liberal y sesudo Le Monde eran “escribir, preguntar, perdón, reflexionar, libro, extranjero, investigador, enseñar…”; en cambio, los que habituados a leer el conservador Le Figaro eligieron “Dios, patria, moral tradición y potencia”; la encuesta la cerraban los asiduos a Liberation, que se decantaron por “bohemia, original, misterio, carnal y humor”.

Leemos la prensa o cualquier libro para buscar o reforzar los valores con los que nos identificamos y, de ese modo, nos pasamos la vida persiguiendo la huella de las grandes palabras, las que expresan nuestros deseos, sin llegar nunca a alcanzarlas y hacerlas nuestras. Se diría que los mejores vocablos se quedan siempre muy por encima de los conceptos que designan, igual que si esas palabras flotaran en un cielo de pureza mientras que la realidad a la que se refieren fuera una simple sombra que apenas recuerda ya a la plenitud del cuerpo que la proyecta.

Como botón de muestra ahí están términos como “utopía” o “justicia”, dos palabras de vuelo alto como dos rutilantes cometas que, las veces que se han podido bajar a la tierra, han cambiado su brillo por una sucia sombra de irreconocible negrura. Las sociedades utópicas de Platón, de Tomás Moro, de Fourier o de Marx, vistas a ras de suelo, toman el fuerte color de la intransigencia totalitarista que hoy se respira, por ejemplo, en China. Y, sin embargo, debemos consumir la vida persiguiendo las huellas de palabras como justicia o utopía porque, si no, los que nos queda es un blando letargo donde se cebarán todos los parásitos del abuso y de la desigualdad. Porque no deja de ser verdad que quien consigue ponerle nombre a una idea está ya en camino de conquistarla, mientras que quien no puede ni siquiera nombrar sus deseos se condena a sí mismo a la pasividad de las víctimas.

Ahora que las peores palabras nos dejan, como verdugones, sus huellas sobre la piel; ahora, que huimos de expresiones punzantes como “prima de riesgo” o “rescate”, no estaría de más pensar que acaba de entrar una nueva estación y habrá un respiro para retomar los vocablos que aluden a los pequeños placeres del verano, esos términos que se parecen a los sueños y que quisiéramos aprender de memoria para no desperdiciar ni un paso cuando nos dediquemos a perseguir sus huellas con la certeza de que los alcanzaremos y de que, cuando estén en nuestras manos, la palabra y la realidad que designa encajarán al fin con la misma dulzura que encaja la luz en el hueco de la ventana.

El Principio de Arquímedes (30 de junio 2012)

Salvador Compán

“Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del líquido desalojado”, así reza el Principio de Arquímedes, un mero fósil escolar para muchos de nosotros, pero que en sí mismo es más que una ley física porque tiene algo de teoría social. Es como si este viejo Principio tuviera la juventud de hierro de los mejores microrrelatos, aquellos que echan luz con pocas palabras sobre aspectos claves de nuestra conducta.

Se podría decir que los cuerpos sumergidos de Arquímedes se nos meten en la mecánica del neocapitalismo y desplazan intereses de todo tipo que son impulsados desde el fondo para flotar en la superficie donde pescan los acaparadores. Así, no hay dinero “desalojado” de un bolsillo sin que experimente un empuje hacia arriba para terminar engrosando carteras ajenas. No hay retroceso de los grupos más débiles que no haya sido producido por el empuje de los excesos de las clases pudientes. Cualquier presión de la injusticia hacia el fondo de las aguas sociales termina convirtiendo el agravio desalojado en un beneficio proporcional para los que medran en el caldo de la corrupción. El Principio de Arquímedes estaría también presente en el juego del amor y de los celos o en esa ley del deseo que nos dicta que el peso de las carencias afectivas empuja hacia arriba un paralelo anhelo para satisfacerlas.

El campeonato europeo de fútbol nos está dejando una muestra agridulce del principio del que vengo hablando. El hecho de que la economía y el bienestar de nuestro país se hundan impulsa hacia la superficie a una España que respira con la ansiedad del recién salido de la profundidad del mar y llena el aire de gritos patrióticos de victoria. Cuanto más cae la España real, más sube la euforia de la imaginaria España de la Eurocopa. Tanto es así que se podría confundir nuestra bandera con la de la selección, porque solo sale a flote y ondea en balcones, comercios y automóviles cuando el fútbol se convierte en la patria provisional de los que nos negamos a reconocer la patria en ese país sumergido de la falta de trabajo y de los mangantes de toda laya. Ni siquiera nos extrañamos de que la prensa deportiva escriba titulares con la voz recia de la épica: “Asalto a la Bastilla”, “Venganza”, “Y olé”, leímos cuando nuestra selección ganó a la de Francia, al mismo tiempo de que Mª Dolores de Cospedal mostraba su torpe oportunismo: “España ganó y vamos a ganar a la crisis”.

Así que otra España se hincha en los campos de fútbol como una inmensa burbuja de aire producida por la España que se sumerge, y, aunque nada puedan Iniesta o Navas contra la prima de riesgo, ni siquiera la consciencia sobre el Principio de Arquímedes nos va estropear la ilusión de que mañana, en la final de la Eurocopa, la España de la superficie tire de la sumergida y las dos queden por unas horas sobrepuestas.

 

Fuego sin fin (8 de septiembre de 2012)

Salvador Compán

 

Como es habitual, hemos tenido otro verano de cenizas. De nuevo, han ardido bosques y casas y, sobre todo, han muerto personas que para su desgracia combatieron el fuego. Los incendios, como una plaga cíclica, han vuelto a nuestros montes para demostrar su tremenda capacidad de arrasar en horas lo que a la naturaleza le costó décadas darle forma vegetal. Es eso lo que representan los bosques quemados, la fragilidad de la belleza y de la vida, la desproporción con la que puede actuar la muerte ante una naturaleza tan vulnerable que con su misma materia alimenta su propia y fulminante destrucción.

Otra vez hemos cambiado hermosos paisajes por una extensa devastación. Hemos sustituido vegetación y riqueza por eriales calcinados, y lo que eran espacios llenos de savia, civilizados por los árboles, nos presentan ahora la cara de la barbarie y del infortunio.

Como siempre, hemos escuchado a las esquivas autoridades tratando de justificar lo injustificable, tratando de hacer pasar como normal lo que es inaceptable: la cuota anual de devastación. Nos repiten que los incendios fueron provocados, que se enviaron con prontitud los hidroaviones, que se trabajó sin descanso para extinguir las llamas. Nos hablan de la sequía, del viento y de las altas temperaturas, de las estadísticas de incendios en la Península. En definitiva, nos hablan de su impotencia o, tal vez, de su ineptitud. Como si todo respondiera a un dios siniestro que todos los veranos mutila a la naturaleza; como si los incendios fueran inevitables y ellos, los gobernantes, meros observadores de un destino adverso que no pueden gestionar.

Sin embargo, deberíamos ser conscientes de que el primer responsable de la quema de árboles es quien nos gobierna. Existe el consenso entre los expertos forestales sobre que los incendios se apagan en invierno y, frente a la cultura de la resignación de los políticos, piden un trabajo mantenido de limpieza y conservación del bosque en las estaciones templadas y frías; proponen leyes a la medida de especuladores e incendiarios, vigilancia cercana para apagar cualquier conato de fuego en sus horas iniciales. Estos son los remedios a corto plazo, que ni siquiera son caros en comparación con lo que cuesta recuperar la antinaturaleza en la que queda convertido el monte carbonizado. También hay acuerdo entre los expertos en las medidas a largo plazo: restitución en lo posible de árboles autóctonos, cortafuegos de cipreses o pastoreo controlado.

Pero, a falta de una auténtica política forestal, se nos quiere presentar al fuego como un fatalismo, casi como un destino ibérico. Y, cuando en veranos próximos regrese nuestro particular fuego bíblico, los gobernantes responsables volverán a hablarnos de su irresponsabilidad ante los incendios, y a contarnos el cuento de la resignación. Aunque, tal vez, para entonces, la única política forestal que puedan aplicar sea la de siempre: la de hacer crecer los bosques de cemento.

Pirómanos y políticos (15 de septiembre de 2012)

Salvador Compán

“Fuego a todos los políticos”, se podía leer en la pancarta de una reciente manifestación, como si esa frase fuera la punta del iceberg de un estado de opinión que ha prendido entre un sector de la ciudadanía. Prescindiendo del fuego purificador de la pancarta y en un tono más comedido, se pueden escuchar expresiones parecidas en conversaciones y tertulias televisivas, y, con frecuencia, hemos leído que se necesitan recortes para quienes tienen responsabilidades de gobierno, ERES para los políticos, esa casta tan numerosa como parásita, esa plaga, esa ralea.

Por debajo de esas opiniones, subyace la impotencia ante una realidad económica que no se somete a la voluntad de la Moncloa, que devoró a Zapatero y ahora se ha comido, o está a punto de hacerlo, a Rajoy, el hombre pasivo que, según afirma, solo puede oponer la medicina del sometimiento ante el voraz concierto de los neoliberales que nos están desmantelando el estado del bienestar. Aunque, a veces, debajo de las opiniones que desacreditan a los políticos, se deja ver la añoranza de líderes absolutos, de aquellos dictadores que solo necesitaban a serviles ejecutores para imponer su pensamiento único.

No hay sistema democrático sin políticos. Ellos son un bien público como lo son la sanidad y la educación y, entre los que se dedican a esta actividad, hay personas llenas de coraje y honestidad. Lo anterior bastaría para apagar las hogueras en las que algunos quisieran ver arder a todo nuestro sistema de representatividad. Pero no es precisamente el vacío político lo que necesitamos sino justo lo contrario: una regeneración de los gestores de lo público para que puedan asumir con fuerza su  protagonismo.

El movimiento 15 M formuló en qué sentido habría que transformar a  unos partidos que han creado una red de clientelismo, que han usurpado órganos vitales del Estado, como la Justicia o entidades económicas, y que, en no pocas ocasiones, buscan más su propia sobrevivencia que el bien social. Un comentado artículo de Cesar Molinas, publicado en El País del domingo pasado, insiste en estos aspectos, aunque distorsionando algunos de ellos. Sin embargo, tiene la virtud de plantear con claridad que el sistema se ha anquilosado, está impregnado con el veneno que él mismo genera y necesita una buena ráfaga de aire fresco.

Desde aquel grito elemental y totalitario, “Fuego a los políticos”, leído en una pancarta, tendríamos que pasar a la voluntad de apropiarnos de quienes tienen responsabilidades públicas, quiero decir pasar a exigir que estén con caridad al servicio de los ciudadanos. Para empezar, se hace imprescindible legislar un sistema electoral realmente representativo, con listas abiertas y dotado de un mecanismo que permita rendir cuentas ante los electores. Lo demás es ruido y aire. Tan inútiles son los programas como las llamadas a la ética, porque la ética de una sociedad no se encauza con declaraciones de buenismo sino que se doma con el rigor de las leyes.

Historia de navegantes (22 de septiembre de 2012)

Salvador Compán

El mar no es siempre el mismo mar ni tampoco el marinero que cada año lo navega. El océano alterna la calma chicha con marejadas y tormentas, los huracanes con la brisa, y el navegante es otro cada año, quizá más sabio o más escéptico, quizá menos dado a la excitación o a la aventura. Sentado esto, lo importante es saber adónde se va sin dejar de mirar la brújula ni que las manos titubeen al agarrar la rueda del timón.

Son estas las elementales lecciones de navegación que nos ha dejado el hombre que fumaba sin cesar. El hombre que decía que su cigarrillo era su bastón, su modo de estar en el mundo apoyado en nada, o en algo tan poco consistente como un cilindro de papel y las volutas del humo. Ese hombre se llamaba Santiago Carrillo y su vida se apoyó en sí mismo. O en poco más que en saber que las verdades enterizas son una tumba y que los dogmas matan. Se vive, se navega, con solo una verdad primaria que no es otra que la determinación de buscar el puerto lejano a través de maniobrar en un océano cambiante.

Afortunadamente, no perteneció Carrillo a esa categoría de personas de piñón fijo que presumen de congruentes, que creen vivir siempre en el mismo mar y tienen a gala la fidelidad a sus prejuicios, como si llevaran siempre las velas izadas a pesar de ciclones y galernas.

Según Paul Preston (“El holocausto español”), Carrillo tuvo una dudosa responsabilidad en la masacre de Paracuellos, aunque eso no lo libró de la acusación de los que prefieren simplificar la historia y puede que se pasara la vida huyendo de ese estigma. El hecho es que en Carrillo hubo varios Carrillos y, desde la Transición, navegó siempre con la seguridad de que el destino estaba en conseguir un país más justo, con más voz y menos dado al grito y a la sangre. En ese camino, echó por la borda al leninismo y a las viejas consignas de confrontación para ponerse a recoser el viejo mapa de España. Por eso, hubo un día en el que empezó a repetir una y otra vez que “la política ya no es la lucha de clase contra clase” y pudo tildar a Julio Anguita de “falangista de izquierdas”.

El mapa de navegación que nos ha dejado Santiago Carrillo está hecho con nitidez de líneas y con pocos colores: hay pocas verdades, como la solidaridad, la concordia o la igualdad, y la tenacidad para conseguirlas. Son las únicas islas de destino porque lo demás es como el mar de Ulises, lleno de desvíos y espejismos.

Ahora, que el hombre que tenía un cigarrillo como único apoyo ha muerto, sabemos que no pudo llegar a las islas que buscaba, aunque hubo momentos en que las avistó y llegó a rozar sus costas. Hasta ahí, y no es poco, lo llevó su rechazo de los dogmas y su capacidad de resistencia y de renovación. Y es que, como dejó escrito Antonio Machado, si hasta la verdad se puede inventar cómo no va a ser posible que alguien como él inventara su propia verdad, la verdad de unas rutas de navegación que nos alejaran por siempre de la dictadura.

El ojo de la cámara (29 de septiembre 2012)

Salvador Compán

Contaba Cela que, en 1940, cogió su “maquinilla de fotógrafo” y se echó a la calle para documentar La Colmena, la que luego resultaría su mejor novela. Cuando dos años después la publicó, lo que pudimos leer en ella fue un inframundo lleno de miseria material y moral, compuesto por 346 personajes que se agitan por Madrid como abejas sin sentido de la orientación. La visión de la España de La Colmena era lógicamente parcial, aunque significativa; selectiva, aunque certera, porque ponía un subrayado en lo esencial, la vida enferma de un pueblo hundido en el cenagal de la posguerra.

En los últimos días, hemos conocido otra visión de España que también pone en evidencia las carencias de nuestra realidad. Samuel Aranda, como Cela hace setenta años, ha cogido también su maquinilla de fotógrafo, se ha echado a la carretera y ha retratado las vergüenzas de nuestro país. Se trata de 15 fotografías, en blanco y negro, que ha publicado en el New York Times, acompañadas de un texto de la periodista Suzanne Daley, cuyo título, “En España, hambre y austeridad”, resume lo que pretende mostrar el reportaje: un país que recorta sin cesar sus presupuestos produciendo paro, desahucios y una merma del bienestar social hasta llegar a los límites de la pobreza y del hambre.

El New York Times ha publicado el reportaje de Daley y de Aranda en primera página, en unos días en los que el Rey y Rajoy estaban en Nueva York promocionando la marca España. Fuera por cálculo o por casualidad, el hecho es que esta circunstancia del viaje de nuestros mandatarios y el reportaje en sí ha producido una ola de nacionalismo herido. Esas 15 fotos no son toda la realidad española, vienen a decirnos los que se sienten despechados, y, además, las imágenes están hechas en un dramático blanco y negro, como si estuviéramos anclados en la sordidez del cine neorrealista.

Sin embargo, es evidente que el fotógrafo Samuel Aranda no quiso hacer un reportaje gráfico sobre la España actual sino sobre los efectos de la crisis. Sus instantáneas de familias desahuciadas, de personas que buscan comida en los contenedores o en Mercamadrid, o de gentes que se manifiestan pidiendo trabajo y justicia, son momentos cargados de significado y tan reales como la ineptitud de nuestros gobernantes para solucionar sus causas. Por otra parte, el texto de Suzanne Daley sitúa las fotos en su contexto, explica causas, las amplifica y las documenta, entonces, ¿de qué protestan los que protestan por el reportaje? Quizá solo se quejen de lo que no quieren ver, de lo que quisieran esconder.

El ojo de la cámara de Samuel Aranda y la mirada literaria de Cela tienen algo de una mano implacable que levanta la bandera de seda de un país y deja al descubierto cicatrices y pústulas. Pero, sin las “maquinillas de fotógrafo” de ambos, la realidad se degradaría aún más: la injusticia sería más olvidable y más impune la culpabilidad de quienes la provocan.

Una botella de ron  (6 de octubre de 2012)

 

Salvador Compán

Si los amos del dinero fueran los políticos catalanistas, habría que resignarse a que nos recortaran el mapa de la Península. Pero Mas o Pilar Rahola, que han contribuido a que el bono catalán se equipare al bono basura, venden solo promesas y la ilusión de ubicar la tierra prometida dentro de la palabra independencia. Allí, entre la frontera con el resto de España y el Mediterráneo, crecería un país de Jauja, las empresas tributarían solo en Cataluña y esa prosperidad  añadida permitiría la exaltación sin fin de lo propio hasta convertir la sardana en una inmensa lágrima de emoción y  autocomplacencia.

Sin embargo, el dinero no tiene patria. Son las empresas y las personas las que tributan, no los territorios, y cualquier economía se encoge dentro de esas botellas de ron que son los nacionalismos (quiero decir: ron para borracheras emotivas, bien aislado en la reducida frontera de la botella). Los dueños del dinero en Cataluña podrían irse de farra algunos fines de semana, pero no parecen estar dispuestos a la eterna orgía de sentimiento que les propone Mas. Embriagarse con euforia nacionalista puede ser divertido, pero no da de comer, ha venido a decir José Manuel Lara, con una voz segura que bien puede representar a la de la una burguesía localizada en Cataluña, que, con el infantilismo independentista, ve su negocio encerrado en una botella y amenazados los puentes con la unión Europea y con el resto de España.

Mientras los dueños del dinero terminan de tomar claro partido por su dinero, el triste manual para fabricar una patria ya ha sido abierto. No falta ni uno de los capítulos acostumbrados en estos casos: los políticos independentistas hablan sin cesar del desafecto o el odio que España (ojo: nunca dicen “el resto de España”) profesa a los catalanes. Es decir, fabrican su diferencia a costa del “otro” porque, si el otro no te rechazara, la patria solo sería la afirmación de lo propio y eso ya está desarrollado en su Autonomía.

Están abiertos también los capítulos de la visión selectiva de la historia o los de la exageración de la autoestima; los de la desinformación y los de la promesa de un futuro tan optimista que parece soñado por adolescentes. Más dolorosos, sin embargo, son los capítulos que insisten en la insolidaridad con el resto de un país que, además, vive momentos tan necesitados de solidaridad, o esa manipulación –Freedom for Catalunya- de la palabra libertad que te hace avergonzarte de tanta frivolidad cuando se compara la realidad de cualquiera de nuestras Autonomías con los pueblos que están oprimidos.

Parece evidente que este manual de patrias ha salido del afán de poder de los políticos nacionalistas, y que todo quedará en una borrachera de ron cuando los amos del dinero le cierren a Mas el chiringuito. Pero, antes, la aventura dejará en el camino algunos privilegios más para Cataluña y esa incertidumbre inmerecida de una Cataluña divida en dos que no sabrá muy bien cómo podrá soldar la fractura.

Círculo de letras (13 de octubre 2012)

Salvador Compán

Se suele identificar al profesor con la figura del alfarero, utilizando una metáfora basada en idealizaciones más que en la objetividad. Aunque tampoco un docente tiene mucho parecido con los tópicos del escultor ni con los del campesino que esparce la semilla a ver si arraiga. Su labor está más cercana a la de un especialista que participa en una obra colectiva. Se enseña en los Centros fragmentos de realidad, Matemáticas o Literatura, pero, a parte de ello, solo se pueden poner allí los cimientos de la educación. Educar es una tarea mucho más ancha y más duradera, más viva y dialéctica, que el simple conocimiento de determinadas materias.

El alumno es, como el mismo profesor, alguien autónomo, sujeto a sus propios dictados internos, y expuesto a la erosión y a los infinitos golpes de cincel que asesta la vida; alguien que tendrá siempre una disciplina pendiente, tan primordial que se le meterá debajo de la piel y le poblará la vigilia y el sueño, mientras comprende que deberá dedicar a su aprendizaje el resto de su vida. Me refiero a la asignatura que habilita para tomar decisiones responsables y a vivir con la brújula de la cultura en el bolsillo. Me refiero a la asignatura de la libertad.

José Antonio Marina ha acuñado estas ideas en una frase que tiene el poder fulminante de un eslogan, “Solo educa la tribu”, y nadie está excluido de la tarea porque aprendemos los uno de los otros a través de ese tejido conjuntivo que es la palabra, una energía que modelamos entre todos y viene a formar la misma urdimbre de cualquier territorio que pisemos.

Es esta misma convicción en que la palabra es el corazón de la libertad la que anima a Pedro Molino, un rebelde con causa o, mejor, un militante de las causas que no deben perderse. Él ha dado aliento a iniciativas que tienen como centro la socialización de la lectura y al placer, tan necesario, de compartir las inagotables razones que viven en los libros. Ahora, Pedro anda codo con codo con Juan Espejo y Diario Jaén para traernos una bocanada de libertad abriéndonos los mundos de periódicos y librerías. La iniciativa se llama Círculo de Letras y parte del hecho de que Jaén es menos Jaén con los bajos índices de lectura que arroja nuestra provincia. El reto está en sacudirle el polvo a nuestro viejo olivo de la desidia, y así parecen haberlo comprendido las instituciones y los ayuntamientos que se han sumado a Círculo de Letras.

Ahora mismo estoy viendo un anuncio, publicado a toda página en este periódico, que reproduce a una señora que apoya un libro abierto en la barra de un bar. El eslogan elegido, “Leer distingue” remite a la calidad de vida que da la lectura pero, sobre todo, a la capacidad que nos aportan los libros de hacernos distinguir las encrucijadas de la realidad. En ese eslogan, está condensada la llamada a una ciudadanía responsable a la que nos convoca el Círculo de Letras: leer para orientarnos en el laberinto, para saber elegir, por pura dignidad cívica. Leer para ser, luego, profesores cualificados en el camino colectivo de la tribu.

Miguel Hernández y Zabaleta (20 de octubre de 2012)

 

Salvador Compán

Jaén le dio a Miguel Hernández un poco de tranquilidad en medio de la guerra y un paisaje épico, poblado de aceituneros a quienes nunca quiso sumisos. Le dio Jaén amigos, como Herrera Petere o Pedro Garfias, y unas semanas llenas de la ternura y de la pasión sin límites de un poeta recién casado. Venía del frente sur de Madrid, donde, en Ciempozuelos, le había visto la cara a la muerte cuando una bala le atravesó la hombrera de la chaqueta de pana. Había dejado atrás la batalla del Jarama y su nuevo destino en Jaén era para luchar (“tristes armas sino son las palabras”) con los definitivos fusiles de la razón.

Apenas llega a nuestra ciudad, el día 4 de marzo de 1937, le escribe a Josefina Manresa palabras de impaciencia (“Prepárate para nuestro casamiento”) y, el 12, ya está de vuelta en Jaén con aquella mujer retraída y no demasiado dotada para la dicha, a quien aterraban los bombardeos y la inminencia de la muerte de su madre. Vivirá Miguel aquí casi dos meses ultimando su poemario “Vientos del pueblo” y dedicado a resistir contra los golpistas con versos y artículos que publicaba en la revista Altavoz del Frente Sur. Ni por un momento podrá olvidar su condición de hombre de nuevo mundo ni su nueva profesión de esposo soldado. Vive la doble entrega al pueblo y a Josefina con la efervescencia de alguien que, según escribe, ha poblado a su esposa de amor y sementera, y ha llegado hasta el fondo de la mujer-tierra, mientras se dispone a esperar como el arado junto al surco la llegada de su primer hijo.

En los mismos días que escribió Andaluces de Jaén (y, sin saberlo, nos regaló una bandera que cohesiona a los jiennenses), engendraría lo que más deseaba, a aquel primer hijo que, apenas nacido, se asomó al terror de la guerra y no quiso quedarse en la barbarie.

Ahora, Miguel Hernández ha regresado para vivir en los papeles de su archivo, un legado que, al decir de su nuera, llega a un lugar “donde se le quiere y donde fue más feliz”. En Quesada, pueblo nativo de Josefina Manresa, se instalará un museo dedicado al poeta enardecido por el mal incurable de la justicia. Quizá sea algo más que una afortunada casualidad el hecho de que la memoria del escritor vaya a convivir, en un edificio colindante, con el museo que recuerda a Zabaleta, aquel pintor tímido y tranquilo que resistió a la enfermedad de la posguerra con la discreción de los que crean mundos silenciosos. Luchó Zabaleta con las únicas armas que conocía, las de una pintura que buscaba las raíces de la realidad mientras se alejaba del arte imperante del nacionalcatolicismo, encabezado por Saénz de Tejada y su rebaño de pintores del conformismo.

De ese modo, un poeta de carácter volcánico, pero contenido en la forma de sus versos, se codeará con un pintor de talante recortado, pero explosivo en el torrente de su pintura. Dos personajes unidos por Quesada y por el virus de los insomnes, por ese virus de la no resignación que marca a las personas excepcionales.

Programar la fragilidad  (27 de octubre de 2012)

Salvador Compán

En un reciente reportaje de televisión, el ingeniero Benito Muros contaba los chantajes que ha recibido para que deje de fabricar su nueva bombilla de leds. Este producto ahorra hasta el 92% de energía, desprende un 70% menos de CO2, y tiene una duración ilimitada; de hecho, Muros respalda sus bombillas, que se pueden comprar por Internet, con una garantía de 25 años.

El acoso al ingeniero se deriva de haberse atrevido a poner en pie una herejía contra el mercado, uno de cuyos mandamientos dicta que ningún producto debe durar, sino que tiene que ser caduco y desechable. Todo lo que se compra debe estropearse para que se adquiera su sustituto y así se alimente la infinita cadena del consumo. Es la ley infame de un capitalismo que necesita vender si no quiere suicidarse. Y no se trata solo de que las empresas, a través de la publicidad, creen necesidades y vendan ideas (o espejismos) más que productos, sino de que planifican sus artículos para que salgan de fábrica con la muerte inoculada en sus componentes. Es una práctica que se conoce como obsolescencia programada, es decir, decadencia o desuso calculados. Planear la fragilidad de los productos con la aritmética artera del beneficio. Utensilios hechos para tirarlos cuando, sin mayores gastos, podrían ser fabricados para sobrevivirnos.

Detrás de las presiones a Benito Muros y a su lámpara maravillosa, existe una siniestra historia de un cártel, formado por los principales fabricantes de bombillas del planeta, que acordaron fabricar lámparas que nunca duraran más de 1000 horas. Estos ecologistas al revés (y especuladores al derecho) lograron su propósito hacia la mitad del siglo XX. Pero ni mucho menos están solos en su muy altruista batalla para mejorar la vida de los ciudadanos, porque igual sucedió con las fibras textiles o con los electrodomésticos o con los automóviles o, en un suma y sigue interminable, con las impresoras o con las baterías para ordenador.

Goza de tanta salud la obsolescencia programada que tiene perversas ramificaciones por todas partes: desechables son las prendas de vestir, la pareja, la sociedad del bienestar, las palabras, los teléfonos móviles o la solidaridad. Hasta la lógica política nace para morir enseguida cuando, por ejemplo, Montoro declara que los presupuestos de este año “son los más sociales de la historia”. ¿Qué tiempo de vida tiene una frase así? Habría que preguntárselo a los millones de parados, cuyo puesto de trabajo también tenía una fecha de caducidad escrita en la avaricia financiera.

Según parece, esta tendencia solo es negada por la naturaleza; en ella, nada se destruye, la muerte alimenta a la vida, la materia se absorbe en la materia y nunca cesa  el ciclo de regeneración. Pero la anterior afirmación se tambalea si se piensa que es precisamente la caducidad programada de los productos la que está matando a la naturaleza al saturarla de polución y de basura industrial. O si recordamos otras intervenciones humanas, como el proyecto de la nueva Ley de Costas, que pronto eternizará el conglomerado de cemento de nuestro litoral.

Arriba y abajo (3 de noviembre de 2012)

Salvador Compán

Existe un hueco en nuestro sistema educativo que no se acaba nunca de rellenar y que, ahora, con la nueva ley de Wert, se ahondará hasta una profundidad que puede ser irreparable. Me refiero a un hueco que excede al recinto de la escuela y que pone en desventaja a muchos alumnos, como si tirara de ellos hacia la desgracia, si provienen de familias con deficiencias culturales.

Unos padres cultos suponen para sus hijos una enciclopedia ambulante, aulas que no echan el cierre, emulación continua, y directrices y compañía para desbrozar el conocimiento. Por el contrario, los alumnos que provienen de familias excluidas socialmente solo tienen a mano la soledad y su condición de nadadores a contracorriente.

Una causa, y no menor, para que Andalucía aparezca tristísimamente destacada en el abandono y en el fracaso escolar, así como en las evaluaciones de PISA, reside en que muchos de nuestros alumnos viven en un contexto familiar que no puede ayudarlos. No estoy hablando de familiares despreocupados sino de familiares impotentes. Hablo de padres que no han tenido más opción que la pobreza y la ignorancia. Personas a quienes, históricamente, una sociedad brutalmente clasista les negó la cultura y los redujo a una enconada sobrevivencia.

En 1919, el estudio de Luzuriaga situaba la tasa de analfabetos andaluces en 67%; hoy, estaremos muy próximos al 4,5%. Aún mucho, porque una sola persona analfabeta equivale a una denuncia a toda la sociedad y porque hay un gran grupo de conciudadanos que no tienen estudios o solo los tienen primarios. Si, además, nos atenemos al porcentaje de andaluces con capacidades para apoyar el aprendizaje de sus hijos, la cifra ya toma tamaño de drama, de ese hueco del que hablaba al principio y que el sistema educativo solo podría paliar con una reforma de profundo carácter social.

Sin embargo, retrocedemos en este aspecto fundamental. La LOGSE tuvo la bondad de extender la enseñanza haciéndola obligatoria y gratuita hasta los 16 años,  pero se frustró al reducirla a una fachada con unos inspectores especialistas en encalar, con risibles Pruebas de Diagnóstico o con la esperpénticamente llamada Ley de Calidad, que solo suponen artimañas calculadas por la Consejería para que la estadísticas suplanten a la realidad y tapen un rotundo fracaso escolar.

Ahora, que corren tiempos infames para los pobres, la ley de Wert quiere elevar la calidad educativa pero mermando la pública a favor de la concertada, lo que significa dejar en la cuneta a quienes nunca han llegado a pisar el asfalto. Con Wert, los irredentos de siempre, los que provienen de familias marcadas por la exclusión, se quedarán más a la intemperie que nunca y se alejará sin remedio la posibilidad de un sistema educativo nivelador.

La brecha que abrirá el ministro para hundir más a los de abajo tendrá (como decía Quevedo) la grandeza de los pozos, que son más grandes cuanto más tierra se les quita.

 

Describir la realidad (10 de noviembre de 2012)

Salvador Compán

Asistimos a una quiebra social que se traduce en hechos tan cercanos y dolorosos que tienen la viveza del drama, hechos como, por ejemplo, el 35% de paro en Andalucía o el empobrecimiento instantáneo de 13 millones de conciudadanos de la clase media. Vemos cómo cada día se privatiza lo que era de todos o cómo estamos volviendo a un mundo antiguo y tan insuficiente que, igual que en las teocracias, la caridad está ocupando el lugar de la justicia. Son algunos de los venenosos efectos de la crisis, del mismo modo que lo es la letal política de austeridad de nuestro gobierno, que mata de un modo seguro y ya anunciado desde el mismo segundo de su implantación.

A lo anterior se añade la certeza de movernos sobre un territorio que ya no nos pertenece, bajo el cual bulle una realidad que resuena como agua de alcantarilla. Todos sabemos que se nos escamotean datos y que la crisis es un gigantesco puño que golpea, pero que lo que hay más allá del puño tiene mucho de niebla difícil de traspasar. Las causas de tantos males se antojan lejanas, como si no tuvieran entidad o solo fueran entidades múltiples y movedizas. Aunque es verdad que en el origen está la codicia financiera de Wall Street y de la City, de donde se deriva una larga cadena sumergida que pasa por los inversores y pensionistas nórdicos, se hace visible en Merkel y el Bundesbank, y acaba en bifurcaciones que se derivan hacia nuestros propios bancos y hacia unas estructuras de poder carentes de cualquier tradición de ética pública.

Todo tiene el aire de una dictadura económica parecida a un inmenso animal parásito que se autoprotege acorazando hasta las puntas del último de sus tentáculos y, cuando se quiere echar luz sobre su naturaleza, nos encontramos con nubes de tinta de calamar.

Es significativo lo que ha ocurrido en Grecia con el periodista Costas Vaxenavis que ha logrado (he escrito “logrado”, como si fuera un hecho heroico) publicar una lista de 2.050 ciudadanos griegos con cuentas en Suiza. Sin embargo, las imbricaciones con el poder de los evasores de capital son tales que la lista fue retenida por el gobierno griego durante dos años y, ahora, Costas Vaxenavis ha sido sometido a un juicio fulminante, del que ha salido absuelto gracias a la resonancia internacional de su caso. ¿Cuándo sabremos quiénes son aquí los que se llevan el dinero al extranjero o los que evaden impuestos? ¿Cuándo veremos condenados a los responsables políticos del hundimiento de nuestros ayuntamientos, empresas públicas, bancos o cajas de ahorros? ¿Cuándo se dejará de decir que los culpables somos todos y se llegará a la raíz de nuestro particular expolio?

Si aún nos quedan medios de comunicación independientes, aquí tienen un campo urgente para investigar en esta ignominia generalizada, porque ninguna sociedad puede tener salud ética si sabe que debajo mismo de sus pisadas corre el agua pútrida de la corrupción. De tal modo que, a falta de una justicia digna de ese nombre, nos queda el camino que señalaba René Fassbinder cuando escribía que, si no somos capaces de cambiar la realidad, debemos al menos describirla.

Plano para construir una ciudad  (17 de noviembre 2012)

Salvador Compán

Denomina el antropólogo Marc Augé “no lugares” a aquellos espacios tan parecidos a otros que se confunden entre sí. Ciertos barrios de Valencia pueden tener idéntica apariencia a otros de Madrid o de Bilbao, ya que son espacios homologados por un mismo molde arquitectónico y que, en realidad, ya se han visto y se han olvidado antes de visitarlos, como sucede con todo lo que carece de sustancia.

Frente al “no lugar”, existen por fortuna los espacios con voz propia, sitios llenos de suficiencia que te encaran con el orgullo de saberse irrepetibles. Úbeda es uno de estos enclaves, un espacio donde los dados del Arte cayeron siempre por la cara del as y que aún sabe mirarnos con toda la placidez de su sabiduría renacentista. Pero una ciudad así no debe ser un espacio para la nostalgia sino una herencia donde el pasado multiplique al presente. Este entender el patrimonio como un bien vivo es lo que asumieron hace años un puñado de ubetenses a los que ahora se añaden gentes como Francisco Javier Ruiz Ramos, que encabeza Úbeda por la Cultura, un movimiento que ha arrancado reivindicando la iglesia de San Lorenzo para darle un nuevo uso y evitar que muera en las manos inertes del obispado, quien ni cede el templo a la ciudad ni parece hacer otra cosa que no sea facilitar su ruina.

Si Úbeda por la Cultura busca rechazar la mutilación de un valor común para integrarlo con honores en el patrimonio, otra nueva iniciativa, la de realizar un certamen de novela, quiere también meter sangre en las venas de Úbeda. En los dos casos, se suma, se da sentido, se hace ciudadanía.

El I Certamen de Novela Histórica Ciudad de Úbeda pondrá en pie de guerra (de guerra de papel) a mis paisanos durante la semana próxima. Lo que acabo de decir con una simple frase ha sido posible gracias a otra novela histórica oculta, cuya acción se ha ido desarrollando durante meses y solo acabará con la clausura de las jornadas. Personas como Pablo Lozano, Luis Foronda, Alberto Sanfrutos, Cecilia Antonelli o Mª Teresa Ortiz pensaron que un día el Certamen, que imaginaron desmesurado, sería un hecho. Dedicaron tiempo y mucho esfuerzo a dar forma a un deseo, y echaron su red literaria para atrapar en ella a cualquier cosa que oliera a ayuda: ayuntamiento, hoteles, asociaciones, medios de comunicación, restaurantes, editoriales, alfarerías, instituciones, creadores…Nadie escapó al relato épico que estaban escribiendo y, después de ganar todas las batallas, lo encuadernaron en la hermosa portada que les hizo Isabel Cabello.

No creo que haya forma mejor de entender “un lugar” que como lo hacen las plataformas Úbeda por la Cultura o Plaza Vieja, que está detrás del Certamen. Ambas saben que un patrimonio se puede malversar en la calma chicha de la autocomplacencia, que una ciudad puede morir si tiene su centro de gravedad en la tradición, y que corre peligro de enfermar a fuerza de arrullos y poemas. Saben que construir una ciudad es ensancharla, hacerla más significativa. Levantarla desde abajo y con la fuerza de los hombros.

La migración de los peces (24 de noviembre de 2012)

Salvador Compán

Hay algo de inquietante en la actitud de los peces que, para huir de las temperaturas producidas por el cambio climático, migran a aguas más profundas. El mar está aumentando su grado de acidez, se calienta sin cesar, y cada vez se torna más oscuro al cubrirse de una atmósfera donde prolifera a sus anchas el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso. Se diría que este envenenamiento de los océanos fuera un dibujo de la quiebra de nuestra sociedad, como si el planeta envenenado nos pusiera ante los ojos el cartel anunciador de una economía moribunda. Aunque no es exacta mente así, porque la degradación de ambos –de la naturaleza y de la sociedad- es casi la misma cosa, ya que las dos son el efecto de una causa común: el neocapitalismo depredador.

Por ello, hay un sórdido paralelismo entre la migración de los peces buscando un hábitat más propicio con la migración de nuestros temporeros o con la salida del país de científicos o de gentes que simplemente aspiran al pan y a la dignidad. También existe paralelismo entre el suicidio de personas que van a sufrir un desahucio y la muerte voluntaria de los lemmings cuando se quedan sin alimento o la de ciertas aves al encontrarse de pronto desvalidas, sin el mínimo sentido de la orientación. Hasta parece una imitación de los animales domésticos, que se arriman al amo y a la comida, la conducta de ese hombre que se ha hecho encarcelar para encontrar en la prisión sustento y refugio.

Siempre me ha parecido injusta esa frase que dice que cada uno tiene lo que se merece, aunque ya no tanto aquella otra que afirma que cada pueblo se labra su destino. Lo digo porque nos han pintado el país con el color del miedo y estamos empezando a adoptar un comportamiento descarnado e instintivo, cercano al de los animales. Esto, en cierto modo, es ya un inmenso zoo humano, recintado con los barrotes invisibles de la dictadura económica. Ni siquiera la última huelga general fue la serena explosión de rebeldía que debiera haber sido.

Y, sin embargo, ahí está el ejemplo de Islandia donde se negaron a reflotar bancos privados con dinero público y se nacionalizaron a los principales, donde se encarcelaron a muchos de los responsables de la gestión económica y se obligó a dimitir al gobierno. Donde ahora se está creciendo en torno a un 2%.

Es verdad que Islandia no pertenece a la Comunidad Europea, pero eso parece suponer una clarividencia especial que consiste en defender que no son los países los que quiebran sino los bancos; que no son los ciudadanos los deudores sino esas empresas privadas que no solo nunca repartieron dividendos con nosotros sino que nos cobraban comisión hasta por pasar delante de su puerta.

Pero el torpor de nuestra indefensión ni siquiera nos hace recordar el modelo de Islandia, en cambio, observamos cada día los efectos de nuestro propio modelo, esa migración de los peces hacia zonas cada vez más profundas hasta que un día rocen el límite fatal del fondo.

Inventores de vidas (1 de diciembre de 2012)

Salvador Compán

La vida de Jean-Claude Romand fue una portentosa falsificación. Aparentemente, Romand era médico y eminente investigador de la OMS, frecuentaba ministros y daba conferencias. Pero, en realidad, ni siquiera tenía título universitario y, aunque parezca increíble, logró engañar a todo el mundo, incluida su mujer, sobre su doble vida. Cada mañana tomaba su cartera para ir a su supuesto despacho en Ginebra, pero era otra de sus representaciones porque a donde iba era a dar vueltas por carreteras secundarias o a refugiarse en habitaciones de hotel hasta que, por la tarde, aparecía en su casa investido de padre de familia, besaba a los suyos y comentaba las incidencias del trabajo.

El día en que se iba a descubrir la patraña de su vida, no pudo soportar la destrucción de su personaje y, en un arresto de criminal dignidad, asesinó a sus padres, a su mujer, a sus hijos, y quiso suicidarse junto a los cadáveres de los suyos en el incendio que provocó en su casa. No soportó que se hiciera pública la falsedad de su vida ya que iba a perder lo único que poseía, la careta, y sabía que debajo de la máscara solo había aire y desolación.

Romand, en realidad, tuvo la ambición de los novelistas, la de inventar vidas y hacerlas pasar por reales, pero con la diferencia de que él no relataba hechos a los demás sino que se los contaba a sí mismo y luego, hora a hora, minuto a minuto, los representaba. Romand era su propio dios, su propia creación, su propio personaje. Fue tan prisionero de su sostenida ficción que terminó por convertir toda su vida en teatro.

Un caso semejante es el de Thomas Quick, quien engañó durante mucho tiempo a un equipo de sicólogos y a la policía sueca atribuyéndose 32 homicidios que nunca cometió. Lo hizo para sentirse alguien y para permanecer en el psiquiátrico donde le daban una droga desinhibidora que le producía placer al tiempo que lo hacía relatar sus atroces crímenes imaginarios. Quick se documentaba leyendo lo publicado sobre cada crimen en la Real Biblioteca de Estocolmo, igual que Romand acudía a su memoria recordando continuamente cada uno de sus actos pasados para que su actuación en el presente no tuviera contradicciones.

Tanto Romand como Quick fueron mucho más personajes que personas, aunque habría que preguntarse cuánto hay de personas y cuánto de personajes hay en cada uno de nosotros. Andamos tan sobrados de ficción, tan llenos de mitos y de imposturas que cuesta fijar las coordenadas de nuestra identidad. Representamos sin esfuerzo nuestro personaje, nos contamos miles de historias sobre nosotros mismos, escribimos a diario una inmensa novela colectiva. Y tal vez no haya más remedio que aceptar la presencia de la invención en nuestras vidas porque todos necesitamos creernos mejores, ser más, ser otros. Imaginar que podemos sortear los sumideros de la realidad para caminar solo por sus soleadas praderas.

 

El postre es gratis (8 de diciembre de 2012)

Salvador Compán

Cualquier religión, como cualquier amor, es un sentimiento que otorga un sentido a las vidas de muchas personas. En ambos casos, en el amor y en la fe, se idealiza (o se inventa) al otro mientras se recorre el camino solitario que nos separa de él con el fin de obtener un beneficio. Se ama deseando; se cree deseando y, deseando, se camina hacia lo perseguido. Quizá por eso, los dos mundos se representan con una iconografía de corazones, llamas o gotas de sangre que remiten a la intensidad de los afectos y a ese difuso sufrir por no poder alcanzar, o por perder, el objeto del deseo.

Tómense el párrafo anterior como un simple preámbulo con el que solo pretendo  subrayar que la religión, como el amor, es una vivencia interna y solitaria que se experimenta en el ámbito de lo privado, aunque ambas cuenten con espacios específicos para socializarse como la iglesia, el juzgado, las salas de catequesis o los banquetes de bodas.

Tómense también el párrafo anterior como un nuevo preámbulo para entrar en lo que tiene previsto el ministro Wert para nuestro sistema educativo: favorecer la enseñanza concertada (en su mayoría en manos de religiosos) en la misma dirección que las privatizaciones que está haciendo la derecha en sanidad. La enseñanza concertada es una empresa que, como tal, busca su negocio a costa de la pública, al igual que los consorcios empresariales de sanidad rondan el cuerpo, todavía sano, de la salud pública para, una vez convertido en cadáver, zampárselo. De ese modo, asistimos a un banquete empresarial donde se sirve como carne tártara los dos pilares del estado de bienestar.

La vieja reivindicación del episcopado de disparar sobre la asignatura de Educación para la Ciudadanía se cumple ahora de la mano del ministro Wert. Misión cumplida. Se esfuma EPC convertida en su sucedáneo y equiparada como optativa a la asignatura de Religión. Es decir, los valores comunes, los valores constitucionales y democráticos, que son los contenidos de EPC, se igualan a la educación del fervor religioso. La reforma Wert obliga al contribuyente a pagar por igual por valores comunes (EPC) como por valores individuales (Religión). Esa gigantesca empresa que es la Iglesia tiene ya su postre gratis, servido por el diligente camarero Wert.

Y vuelvo al principio: la religión es un sentimiento, muy parecido al amor, donde interviene el mundo afectivo de los deseos, de las idealizaciones o del sufrimiento. Todo un universo de sensaciones que se desarrolla en la conciencia de los fieles y cuenta con espacios rituales y con iconos que, como en el amor, connotan pasión.

Pues, bien, ese conjunto de sentimientos no cabe en la escuela. Las creencias jamás pueden ser una asignatura. Ni antes ni ahora. Porque la escuela es el campo de lo común, no de lo individual; es el campo del saber constatable y no de los afectos personales. Si la iglesia quiere asegurarse un futuro, que haga como los enamorados que se pagan ellos mismos sus ritos amorosos y acuden a la escuela en busca del saber social.

 

 

Un río de vida (15 de diciembre de 2012)

Salvador Compán

Se podría llegar a Martos como lo hacían los antiguos viajeros, orientándose por la altura de su Peña y sabiendo mucho antes de entrar en la ciudad que avanzaban hacia el centro del bosque de olivos, hacia el corazón del aceite. Fue difícil sacudirme esa sensación mientras me acercaba a la ciudad y, más aún, cuando la cosecha se dio por iniciada en un día, el día ocho, que en Martos representa la frontera entre la expectación y la actividad, entre la espera y la emanación del aceite que, verde y meloso, comienza a derramarse entre los capachos como una presencia brillante donde palpita la vida y una premonición de abundancia y felicidad.

Este acto de extraer el aceite en un parque público, en presencia de una multitud de vecinos, tiene todas las características de un ritual. Con sus gestos precisos, hechos como de una antigua sabiduría, ofician los maestros de molino sobre un altar de madera; los instrumentos de la liturgia son los que ha aportado la tradición, prensas de hierro, capachos, recipientes de lata. El rito empieza a tomar todo su sentido cuando se transforma, como en una transubstanciación, la pasta molturada en zumo, la aceituna en aceite, y la materia inerte cambia su naturaleza y se desliza hacia un líquido que bulle como si de pronto liberara todo el sol y los minerales de la tierra, toda la brisa y la lluvia que durante un año acumuló la aceituna. Pero la ceremonia solo está completa cuando los oficiantes reparten el aceite y los asistentes comulgan con lo que les ha dado la tierra, con el cuerpo y la sangre de su tierra. El sabor pleno a hierba, el ligero picor con un punto de amargura que queda, como si fuera en una, en todas las bocas, ponen punto final a la misa gozosa de la aceituna.

El pasado día ocho, se celebró en Martos la XXXII edición de la Fiesta de la  Aceituna, pero lo que en realidad se conmemoró fue muchos siglos de una cultura que une a un pueblo con el olivo porque de él de extrae riqueza, salud, costumbres, alimentos o palabras. Y mucho más, porque el olivo no es un simple árbol que le pone su piel de savia a la provincia de Jaén sino un símbolo, lleno de sucesivos significados y que, por ello, puede regalarnos a los jienenses un mundo que no deja de multiplicarse.

Hay un gen en el olivo que lo hace ser un árbol bello, cerrado sobre sí mismo, cumplido. Tiene algo de inmutable, de permanente, como si estuviera hecho de constancia y llenara nuestro paisaje con la satisfacción de lo que se sabe perfecto y ya no quisiera variar. Como si estuviera hecho con la materia de la eternidad.

Lo que, el día ocho, brotó de las prensas de hierro del parque Martos fue un río de vida que viene como desde el fondo de nuestra historia para darnos la nueva riqueza del año, pero también para unirnos a otro río de tiempo que nos renueva a la par que nos hace idénticos a lo que fuimos y a lo que seremos. Trae la nueva cosecha un río de siglos que se parece, como el mismo olivo, a la eternidad.

Juegos de mesa (22 de diciembre de 2012)

Salvador Compán

Como si fuera al supermercado en busca de un litro de leche, Cecil Chao, un magnate de Hong Kong, quiere comprar a un hombre porque necesita un buen macho que le quite a su hija Gigi las tonterías de la cabeza. Resulta que Gigi es homosexual y, cuando se casó en París con su novia de hace siete años, su padre se dijo que ese desvarío del lesbianismo, ese oprobio, esa torcedura en su cadena genética, no iba a manchar su buen nombre de  verraco, tipo Berlusconi, que acude a las fiestas exhibiendo a sus queridas. Eso lo arreglaba el magnate en un periquete, ¿acaso no se compra con dinero hasta el mismo Paraíso? Es cuestión de poner un billete encima de otro hasta un montante de cincuenta millones de euros, que es lo que ofrece al hombre que quiera casarse con su hija, la anómala, la que rompe su imagen de patriarca putañero, la que ha sido inoculada por el virus innombrable de la libertad de elección sexual.

Algo parecido se podría decir de Strauss-Khan que desembolsará unos cinco millones de euros por un capricho de dormitorio, ostentando así el triste record de haber protagonizado el coito más caro de la historia contemporánea. Igual que el magnate de Hong Kong paga para blanquear a la oveja negra de su hija, Strauss-Khan lo hará para darle una buena manita de barniz a su corazón de semental. Y es que, cuando uno está sobre las cimas de poder que concede el dinero, el mal de altura te hace creer que un novio para una hija o el silencio de una limpiadora tienen el justo tamaño de un buen fajo de billetes.

Aunque es aún peor la fiebre de poder de la australiana Gina Rinehart, una de las mujeres más ricas del mundo para quien la recesión de Australia y el creciente paro de sus conciudadanos es una cuestión malsana, propia de seres parásitos e inferiores. En consecuencia, les espetó: “Si envidian a los que tienen más dinero, no se queden sentados quejándose. Hagan algo para ganar más, pasen menos tiempo bebiendo, fumando y parloteando, y trabajen más”.

Quizá podríamos decir que el comportamiento de los grandes capitales se parece a un juego de mesa donde se utilizan lentejas en vez de fichas con la seguridad del que sabe que el resultado no alterará en nada a los intereses del jugador. En todo caso, aquellos que fundan su poder en el dinero se mueven como flotando por encima de la realidad, con la moral guardada en la cartera y sin aparente conciencia de que producen efectos, nunca inocentes, sobre terceras personas.

Con secuencias mucho más devastadoras, pero con la misma frivolidad del que pone una lenteja en el tablero, las agencias de calificación, el Banco Central Europeo o los grandes acreedores, con una simple operación financiera, destierran al paro y a la miseria a millones de seres humanos. Como si el pan o la dignidad y las mismas personas pertenecieran a un inframundo sin relación alguna con ese macabro parchís donde, sin que estemos nunca presentes, se juega la suerte de nuestras vidas.

¿Es nuestra nuestra historia? (29 de diciembre de 2012)

Salvador Compán

A nada que hojeemos el libro de nuestra Historia, tropezamos con un pueblo que se ha llevado a cara de perro con la ciencia. Algo impuro debimos ver en la ciencia desde que Felipe II prohibió a nuestros universitarios estudiar en el extranjero, porque aquí, en este rincón de Europa, nos especializamos más bien en esperar a Dios, en mirar al cielo o a las cuevas interiores del espíritu. Y, si con una mano se tomaba la espada para defender al catolicismo, con la otra se quemaban libros o se ponía sobre ellos el tachón analfabeto de la censura. Demasiada Inquisición, demasiado culto a Dios (al único del Vaticano), demasiada postración ante las imágenes, demasiado papar el viento. Demasiado cielo para tanta parálisis y tanta hambre.

Tal vez lo que mejor nos explique nuestra condición de pueblo alejado del progreso sea la presencia de la idea aniquiladora de que la casta dominante, la única posible, fuera la de los cristianos viejos: los que en su genealogía no tenían sangre ni morisca ni judía. Ser cristiano viejo supuso una legitimación que no venía del esfuerzo personal sino de la herencia de una sangre como bendecida por siglos de catolicismo. El trabajo, el desarrollo de la técnica, o las actividades que generaban dinero no eran un requisito para pertenecer al grupo “nacional” sino, más bien, un modo siempre sospechoso de ganar prestigio social por la puerta trasera y no por la principal de la “limpieza de sangre”.

Esta actitud de dormitar sobre la historia, anclando la vida sobre las aguas calmas de la sangre limpia, llena nuestra literatura desde el siglo XVI, con el Lazarillo, hasta las novelas de Ciges Aparicio sobre la Quesada del siglo XX. Solo hay excepciones, pero no ruptura en nuestro histórico menosprecio a las actividades materiales y en un paralelo sobreprecio de las esprituales. La terrible sentencia que dicta que cuanta más religión menos ciencia, y viceversa, se ha cumplido entre nosotros con maniática exactitud. Al menos hasta la Transición, aquí el César y Dios han andado confundidos, y se le ha dado mucho más a este que a aquel.

Pero, cuando creíamos que ya se había acabado aquella España de erial, tan apta para el espíritu y que tanto le gustaba a Unamuno, he aquí que Wert y Gallardón se ponen el traje de cristianos viejos para meternos en la vida los deseos de la Conferencia Episcopal. Y, como una pesadilla, cumpliendo esa sentencia fatal que acabo de comentar, nuestras posibilidades de desarrollo técnico y científico se esfuman de golpe.

En la Carta por la Ciencia, suscrita por nuestros investigadores, se nos alerta de que nos están bajando del tren del desarrollo ya que, desde 2009, se ha recortado nada menos que un 34% de inversiones en I+D+I. Lo que estamos perdiendo es la posibilidad de crear valor añadido, de tener una economía creativa y no especulativa. Así que nuestro pasado vuelve, como si nuestra historia estuviera condenada a repetirse. A no ser que decidamos que nuestra historia es mucho más nuestra que historia.

El mejor del mundo (13 de enero de 2013)

Salvador Compán

            Le gusta al entrenador Mourinho poner cara de intensa concentración, entre el enfado, la tristeza y la displicencia. Viste de oscuro, como si quisiera exteriorizar su carácter agrio o reforzar con los colores sombríos de sus trajes la sequedad de sus gestos. Es ese el personaje que ha elegido para sí, el de un hombre que a toda costa quiere ser más de lo que es.

En consecuencia, Mourinho vive sosteniendo a pulso su diferencia, su apariencia de un ser aparte que pisa, más que sobre la tierra, sobre una aureola de superioridad. En el campo, mal sentado sobre un banquillo demasiado humilde para este vicediós, representa un eterno cabreo, incluso cuando su equipo marca, como si quisiera hacer creer que siempre hay un desajuste, un margen de mejora que sólo él conoce, lo mismo que aparenta conocer lo que pasará en el campo mucho antes de que suceda o tantas claves del juego que pocas veces expresa, porque a las personas que han hinchado su apariencia les conviene que su interior no salga al exterior, les conviene el silencio.

Si no estuviera avalado por sus resultados en el Chelsea y en el Inter, se podría pensar que cualquier entrenador obtendría iguales o mejores resultados que él en el Real Madrid, teniendo en cuenta su excepcional plantilla. Se podría pensar, incluso, que un hombre que declara “no soy el mejor del mundo pero creo que no hay nadie mejor que yo” o que anda diciendo que “quiero ser el único en ganar las tres ligas más importantes del mundo”; se podría pensar, decía, que un hombre así es simple y llanamente un imbécil.

Sin embargo, el predicamento del que goza entre una parte de los aficionados habría que entenderlo en el sentido de que Mourinho encarna las claves de la sociedad neoliberal: un canto a la energía, a la competitividad descarnada, al fervor por la exclusividad o un entusiasmo por la ley darwinista de la sobrevivencia del más fuerte.

Según el escritor Turgueniev, los humanos nos dividiríamos en dos grupos, por un lado, los que dudan y siguen el modelo de Hamlet y, por otro, los que buscan y responden al arquetipo de Don Quijote. Con este esquema, Mourinho sería un Don Quijote, si Alonso Quijano hubiera buscado homenajearse a sí mismo y no la sociedad en la que creía, la de la bondad y la justicia compartida que los clásicos llamaron la Edad de Oro. Pero Turgueniev se olvidó (según recuerda Harold Bloom) de las contrafiguras de Hamlet y Don Quijote que serían respectivamente Falstaff y Sancho Panza. Y en la naturaleza de estos últimos personajes habría que buscar el talante (mitad ambición, mitad ingenuidad) de esta persona que se proclama “el mejor del mundo.

Ahora que la FIFA acaba de dar sus galardones anuales, resulta que el mejor entrenador del mundo no es quien se lo atribuía sino alguien que representa el sentido de la realidad y la sabiduría discreta, justamente los valores contrarios a los de Mourinho: Vicente del Bosque.

Historia de una víctima (19 de enero 2012)

Salvador Compán

Wert se estrenó como ministro leyendo ante las cámaras unos párrafos de un libro de texto de Educación para la Ciudadanía con el fin de demostrar que esa asignatura, que se disponía a eliminar, estaba cargada de ideología. Pero lo que leyó no pertenecía a ningún libro de texto de esa asignatura sino a un ensayo que jamás figuró en ningún programa educativo. Esta proclamación de su propia incompetencia la protagonizó el ministro porque los párrafos que citó formaban parte de una campaña de desinformación de la derecha para desacreditar a la mencionada asignatura y habían sido largamente reproducidos en los medios afines.

La enseñanza debe ser neutra, dijo Wert con la piel de cordero mientras el error de la cita le hizo mostrar la boca de lobo de los que la quieren partidista. Y, en efecto, luego vino lo demás: rescatar la asignatura de Religión, recortar 4.800 millones en la enseñanza, aumentar la ratio, despedir profesores, subir tasas y dañar, en definitiva, a la enseñanza pública que es la única que asegura la cultura para la mayoría. Una reforma, la de Wert, tan política que se parece a la aplicación de un mitin o de una charla para empresarios.

Si miramos a Andalucía, nos encontramos a la enseñanza de nuevo convertida en víctima, pero castigada ahora por el PSOE. Aquí se pone el acento en una presunta calidad que, como no existe de hecho, se la inventa en las estadísticas. Y así, una de las pocas medidas acertadas de Wert, la de imponer la misma reválida para todo el Estado, que podría asegurar un mayor nivel de exigencia, es la más contestada por la Junta. A cambio, se nos propone un autollamado Plan de Calidad consistente, en esencia, en pagar al profesor hasta siete mil euros si obtiene mejores estadísticas de unos alumnos ¡que ellos mismos atienden y examinan!

Este engendro, que ahora retira la propia Junta, es parejo a otros que tienen el mismo carácter de esconder los escombros de nuestra escuela detrás de la fachada de las apariencias. Pero eso no cambiará la realidad de retraso de nuestro alumnado por más que se los someta a exámenes sonrojantes, que regalan el aprobado (Pruebas de Diagnóstico) o se nos venga ahora con la creación de una Agencia de Evaluación o una Guía de Buenas Prácticas, todo llevado adelante con exámenes (¡voluntarios!) a los profesores, con personal contratado al servicio de la Consejería o con un cuerpo de inspectores que ha demostrado hasta la saciedad su seguidismo al poder. Aquí se le teme como a un tsunami a las pruebas internacionales de PISA o a cualquier revalida que mida con objetividad la solvencia de nuestro alumnado. Andamos con engañifas, con paños calientes y el corazón helado, con demagogia mediática y con una realidad escolar tan insuficiente que, rehuyendo la obligación de corregirla, se oculta bajo rimbombantes triquiñuelas urdidas por pedagogos.

Es esta la paradoja que hoy quería contarles, la de una víctima tan codiciada por la política como alejada de un consenso nacional que la remedie.

La volatilidad de los ceros  (26 de enero de 2013)

Salvador Compán

Cuando se abusa de las palabras, cuando se utilizan de un modo engañoso, van perdiendo contenido con el acarreo diario, palidecen, quedan heridas, se tambalean y, como si fuera sangre, su significado se derrama en el camino.

Es lo que sucede, por ejemplo, con la palabra corrupción y con todos los vocablos que se nos proponen para solucionarla: comisión de investigación, auditoría, pacto, Tribunal de Cuentas o tribunales de justicia. Es lo que sucede, sobre todo, con ese antivirus contra la corrupción, “tolerancia cero”, que nuestros políticos nos vienen repitiendo con las caras rotundas de los santones y con la energía en la voz de quien te suelta un latigazo: “tolerancia cero con la corrupción. ¿Cuántas veces les hemos oído esa expresión?  Y, sin embargo, todos sabemos que lo que están diciendo es lo contrario porque se les cae el cero en cuanto bajan de la tribuna y la frase, en realidad, se transforma en un defensivo, en un medroso “tolerancia con la corrupción”.

¿Cuánto tardaremos en llegar al fondo del caso Gürtel o al de los EREs, si es que alguna vez llegamos? ¿Quizá los doce años empleados para obtener resultados en el caso de Convergencia y Unión que, además, se ha saldado con un pacto judicial? ¿Cuántos casos, como el de Bárcenas, quedan en las covachas del anonimato y de la impunidad? ¿Cuántos serán indultados por amnistías fiscales, por haber prescrito el delito o por el consejo de ministros?

Hoy tenemos hasta 200 políticos imputados en casos relacionados con la corrupción (en su mayoría conservadores, pero también socialistas y nacionalistas), y tal vez, como Carlos Fabra, irán sorteando la justicia o terminarán eludiéndola. Y no es que el tiempo ande con los ojos vendados y los pasos reumáticos cuando se trata de combatir a los corruptos, el problema reside  más bien en que la política con adjetivos (conservadora, socialista, liberal o nacionalista) es una especie de tela de araña que ha alcanzado con sus círculos concéntricos a cualquier institución relacionada con el poder o con el dinero público. Por eso, nos acordamos de aquel refrán que dicta que no se puede poner al zorro a guardar gallinas, aunque es injusto aplicarlo a este asunto y, con más exactitud, habría que decir que ningún colectivo se daña a sí mismo o que ningún partido quiere que le laven la ropa sucia a pleno sol y en la plaza pública.

Como no es creíble que nuestro sistema político se autorregule, sólo nos queda la política sin adjetivos. Nos queda la honradez de la mayoría de los profesionales de la política pero, sobre todo, nos queda la exigencia de una nueva legislación que impida que se le caiga el cero a esa  frase, “tolerancia cero con la corrupción”, que, cuando nace, está ya herida de muerte. Ese cero caído sólo lo puede levantar y poner en su sitio la presión de la calle, la información imparcial, el coraje ético, la dignidad social o el insoportable dato de que tenemos seis millones de parados.

Su majestad, el Sereno (2 de febrero de 2012)

Salvador Compán

Cuando se desciende desde la turbia maraña de la vida pública, de las noticias que envenenan periódicos y telediarios o infectan las redes sociales; cuando se baja desde la España publicada a la España mayoritaria de las personas comunes, se tiene la sensación de que la atmósfera está invertida y la polución puebla las zonas altas mientras, abajo, a ras de suelo, se puede respirar el aire puro de las cumbres.

Esta sensación es paralela a la que te dicta que la gente que anda lejos de los medios, respirando el aire sin contaminación de la calle, es justo la que debería estar arriba para llevar corrientes de aire fresco a los nidos pútridos de las instituciones.

Lo que acabo de escribir es un sentimiento que siempre se me ha multiplicado cuando me he acercado a la Sierra Sur, a Frailes, y me ha envuelto la atmósfera que desprendía Manolo Ruiz, el Sereno. He puesto el verbo en pasado porque Manolo se nos fue el lunes y sus muchos amigos lo despedimos al día siguiente entre un corro de voces que lo nombraban con esa vibrante emoción que toma el cariño al expresarse. Pero, ya el mismo lunes, el verbo se me congeló en tiempo presente, porque de personas como él uno no acaba nunca de despedirse, ya que enseguida comprendes que no te alcanzará la vida para decirle adiós o, al menos, mientras la lucidez de la memoria alumbre para seguir concediéndole ese modo de eternidad que es el recuerdo.

En otras ocasiones he escrito sobre Manolo, un sobreviviente que se apegó a miles de trabajos menudos como el de medir la lluvia en la Sierra Sur, el de fabricarse una almazara en miniatura o el de cuidar del sueño nocturno de los vecinos, lo cual le deparó el estupendo sobrenombre de el Sereno, que él llevaba con el mismo orgullo de quien exhibe una banda real cruzándole el pecho.

Pero más que yuntero o mancebo de botica, Manolo es (permitidme el uso del presente) un niño de ochenta y ocho años, un trabajador de los abrazos, un jornalero de la sonrisa o un incansable picador de las minas que llevan a las más hondas vetas de los afectos. En sus manos caben cerezas, herramientas, aceitunas o utensilios de cocina, porque tiene el Sereno las manos siempre llenas de objetos y de proyectos y, como un arquitecto de la pureza de la vida, como un rey de las realidades esenciales, envía cartas y paquetes, te llama por teléfono, convoca a todo el mundo, proclama que tenemos que vernos y participar en mil cosas porque la vida es hacer, dar, construir, celebrar la afirmación de que somos personas que queremos mejorar la vida.

Así que, sin poderme resistir, acudo a su llamada y lo encuentro, como tantas veces, leyendo en su porche con sus gafas de vista cansada. Me recibe alborozado antes de contarme lo que se trae entre manos y, enseguida, me abraza y me involucra y me regala un mechero mientras me mira con sus ojos claros, tan limpios, y, haciéndome un guiño, me dice que tengo que dejar de fumar.

Parches de pirata (9 de febrero de 2013)

Salvador Compán

¿Por qué están tan contentos? ¿Cómo explicar esa contenida alegría con la que los socialistas pregonan estos días en las tribunas? ¿A qué viene ese modo casi eufórico de augurar el desplome del partido conservador mientras piden la dimisión de Rajoy? ¿De qué materia está hecha su alegría cuando de lo que se trata es de evasión de capitales, de daño a las instituciones o de sacarle el dinero a las empresas a cambio de bienes comunes?

La naturaleza de su alegría es de la misma índole que la que, por ejemplo, hizo al PP cebarse con los EREs en la última campaña andaluza. Recordarán la gozosa excitación de Arenas o de Zoido ante la expectativa de llenar las urnas con el sucio robo que se produjo en la Consejería de Empleo. Porque aquí lo que sucede es que no asistimos a la búsqueda de la ética civil o de la ejemplaridad de los partidos, sino a ser un poco menos corrupto que el oponente. En este panorama de ciegos, los tuertos quieren proclamarse reyes, cuando todos sabemos que lo único que cambia es que el parche de pirata alterna sobre el ojo de una u otra formación política. En este reino de perversión de los principios democráticos, se quiere hacer pasar como virtud el hecho de no haber sido el último pillado con las manos en nuestros bolsillos. Y como no se puede encomiar la propia limpieza, por inexistente, se acude a ese bochornoso latiguillo de “y tú más”, sin ni siquiera reparar en que la frase ensucia la propia boca de quien la dice y de que este es un asunto incompatible con las cantidades o las comparaciones, por la misma razón que nos daría igual morir de un disparo que de tres cuchilladas.

Pero aún hay un grado más de bajeza en la difusión interesada, aunque muchos lo hagan por simple ligereza, de esas frases que insisten en que somos un país de chorizos, en que cada español es un delincuente en potencia, etc. De este modo, se busca culpabilizar a la inmensa mayoría inocente para echar un salvavidas a los realmente culpables, convirtiéndonos de paso en uno de esos pueblos menores de edad que son idóneos para ser tutelados por populistas y dictadores.

Por fortuna, ni la alegría por tapar la propia corrupción con la ajena, ni la de esconder la indignidad concreta haciendo creer que es general, parecen que puedan detener la exigencia de los ciudadanos de una reconstrucción de nuestra vida social que empiece por volver del revés a los partidos abriendo sus listas e impidiendo que sus militantes busquen empleo en su seno mientras pierden la libertad crítica y ganan en silencio y en culpabilidad, aunque sea por omisión.

Es verdad que estamos minados por esas toperas del robo que se ramifican en otras por donde se nos escapa la verdad. Pero también que de la reacción ciudadana ante esta inmensa estafa puede salir, si no el país que nos merecemos, sí uno sin galerías subterráneas y donde sean bien visibles, como un estigma en plena cara, los parches de pirata.

Nostalgia de lo posible  (16 de febrero de 2013)

 

Salvador Compán

            Me tropecé el otro día con una conferencia de Julio Cortázar que me metió en la nostalgia de lo posible, de lo que pudo haber sido y el tiempo ha malogrado. Centraba Cortázar su discurso en la necesidad de combatir las dictaduras con la cultura y empezaba recordando una estupenda anécdota que protagonizó el poeta Shelley cuando,  ansioso por difundir sus ideas políticas, tiraba botellas al mar o lanzaba globos al aire con textos suyos dirigidos al inmenso mundo.

Por lo demás, en la charla de Cortázar, se amontonaban las propuestas para difundir las ideas democráticas en Sudamérica, dominada entonces por sangrientos dictadores. No estaban muy lejos de las botellas y globos de Shelley algunas de sus ideas para burlar la censura y hacerle llegar al pueblo el germen liberador de las ideas: formar una red de vídeos clandestinos, difundir cómics o fotonovelas hechos ex profeso entre dibujantes, fotógrafos y escritores; fomentar un voluntariado que enviara paquetes de libros a personas que pudieran repartirlos; crear asociaciones de cantautores o transmitir mensajes a través de la  onda corta. Reservaba Cortázar para el final “el arma más extraordinaria”, la televisión, que le parecía la más poderosa y la más urgente de utilizar llenándola de cultura para acabar con el círculo infernal de la ignorancia y sus consecuencias de miseria y desposesión.

Leída hoy, la charla de Cortázar tiene el valor de una desesperada necesidad que trata de llenarse con el esfuerzo de imaginación. Pero también subraya un fracaso, el de la televisión, que de ser “el arma más extraordinaria” se quedó en un juguete en manos del poder.

Respecto a este medio, algo tristemente parecido pasó en nuestro país después de la Transición. Esperábamos que la televisión le diera cultura y razones a los ciudadanos, que pusiera en sus manos una poderosa herramienta para dignificar la propia vida, pero, con pocas excepciones, nos hemos encontrado con un medio que fabrica trivialidad y conformismo, y convierte al televidente en un menor de edad al que se le hace cosquillas o se le conmueve con distorsiones sentimentales de folletín. Son empresas las televisiones que, lejos de alimentar la reflexión o las ideas, extraen sus ganancias explotando la cantera humana del instinto.

¿Cuál sería el nivel cultural de Andalucía si nuestra televisión se hubiera interesado más en educar que en publicitar al poder y sus símbolos autonómicos? Para tener una idea, sólo hay que echar un vistazo a la programación actual de Canal Sur en las horas de mañana y sobremesa donde los que no han podido acceder a la cultura se sientan masivamente ante la televisión.

Los escasos programas solventes en hora punta, como el de Vigorra, no justifican a un canal público que se ha especializado en el espectáculo banal de lo ya sabido, hurtando a los andaluces lo no sabido, lo que pudiera habernos dado y nunca nos dio.

Inventores de mitos  (23 de febrero de 2013)

Salvador Compán

Partiendo de aquella máxima de Goebbels según la cual una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, el sociólogo W.I. Thomas defiende este principio: “Si dos personas definen una situación como real, esa situación será real en sus consecuencias”.  El aserto de Thomas es, desde luego, más sutil y más eficaz que el de Goebbels para explicarnos cómo se crea un mito en la sociedad actual, donde la comunicación no tarda en acorralar a las mentiras hasta llegar a disolverlas. De tal modo que una mentira, por mucho que se repita, acabará siendo desenmascarada por la información, pero no las consecuencias que produjo mientras fue considerada verdad.

En el caso del independentismo catalán, el principio de Thomas está actuando de un modo que se puede observar como se observa la construcción de un imaginario palacio destinado a que lo habiten seres libres de penuria y dichosos de proclamar su diferencia. De lo que se trata es de describir una realidad, la independencia de Cataluña, como si fuera un hecho consumado y de esperar que, como consecuencia, los catalanes asuman esa realidad inventada por políticos e intelectuales segregacionistas.

El profesor Xavier Coller ha rastreado cómo los independentistas dan por hecho que Cataluña es un Estado e ignoran o ningunean cualquier nexo con el único Estado existente, el de España. De ahí arranca su modo de tratar a sus conciudadanos como si estuvieran contenidos dentro de una frontera decimonónica; de ahí, su obsesión de hablar siempre de Cataluña y España, y nunca de Cataluña y del resto de España; de ahí la invención de carencias o de agravios cuyo origen sitúan en Madrid o la de distorsionar la historia y los valores propios hasta convertir a los catalanes en objeto de derecho.

Pero donde el principio de Thomas adquiere toda su fuerza para fabricar independentismo es con la creación de ese eslogan estrella con el que hoy nos inundan cualquier foro: el derecho a decidir. Como si no viviéramos en una democracia donde todo el mundo lo tiene. Como si el simple hecho de expresar el eslogan no equivaliera a inventar que Cataluña es una colonia que vive oprimida por el centralismo de Madrid. O como si aceptar un referéndum no fuera reconocer un sometimiento, anterior a la consulta, de aquella autonomía.

Así las cosas, cabe esperar que la realidad se imponga sobre su sucedáneo inventado y se haga un poco de luz sobre el coste económico que supondría la segregación y, en especial, sobre el incierto futuro que tendrían ante sí las empresas catalanas.

Es esperable también que el miedo a disentir con los gurús del nacionalismo sea vencido por los catalanes que quieren tener dos banderas o por los que temen que sus vidas queden empaquetadas por tantos y tan obsesivos metros de senyera. O por aquellos que, como el pirata de Espronceda, consideran que la única bandera posible es el ondear del viento, y su única patria, la mar.

Reparación de un error (2 de marzo de 2013)

 

Salvador Compán

Sin sorpresa, leo en este diario las declaraciones del sacerdote Martínez Pulido sobre la escuela concertada. Sus palabras llevan dentro un punto de satisfacción y de un moderado triunfalismo cuando nos dice que 2/3 de los padres con titulación universitaria envían a sus hijos a la concertada o que, en ésta, una plaza escolar le cuesta al Estado la mitad que en la pública o que la mayor calidad de la privada es evidente, si nos remitimos a la demanda social.

El caso es que, salvo en la alta calidad del profesorado de la pública y en el coste de la concertada (pues, a través del Estado, le pagamos todo lo necesario para su funcionamiento), el sacerdote parece tener razón, porque lo que él viene a describir es un estado de merma de la enseñaza pública a causa de las subvenciones de la concertada, que ahora el anteproyecto de Wert quiere acentuar.

La carrera de privilegios a los empresarios de la enseñanza se ha basado en unas cuantas falacias que, como siempre en política, se presentan con el brillo del eufemismo. Se trata de palabras tan prestigiosas como gratuidad, libertad de enseñanza o igualdad, con las que se suele justificar los conciertos, pero que, en la práctica, toman justo el significado contrario.

La OCU analizó 180 centros de la privada concertada y le dio concreción al secreto a voces de que, en este tipo de enseñanza, la gratuidad cuesta dinero, concretamente una media de 501 euros al año en concepto de extraescolares, uniformes, transporte, etc. Los otros dos eufemismos (la libertad de elección de centro y la gratuidad) son negados por el filtro del coste de la privada para las familias, y aún por los otros filtros de la discriminación a causa del ideario o de las creencias del centro. Se forma así una relación parasitaria consistente en que la concertada extrae del Estado subvenciones que dedica a alumnos procedentes de familias con mayor poder económico las cuales, por otra parte y por estadística, son las que poseen mayor nivel cultural. Es decir, la concertada selecciona al alumnado con nuestro dinero, mientras la pública, y ese es su orgullo, lleva la enseñanza hasta el último rincón.

Todo esto dibuja un sistema educativo enfermo donde el Estado cede recursos a quien menos los necesita, restándolos sin remedio a quienes tienen más carencias, mientras rompe con su obligación de garantizar una escuela que dé las mismas posibilidades a todos los ciudadanos para acceder al conocimiento; una escuela que no discrimine por razones económicas o de creencias; una escuela que debe ser laica para asegurar la libertad de conciencia y un primer nivel de cultura común e igualadora.

Dentro de las fallas del sistema que la crisis está evidenciando y su consiguiente posibilidad de superarlas, la enseñanza tiene pendiente la corrección de esta perversión de los conciertos. Sin embargo, la respuesta no parece estar en los dos partidos mayoritarios que son los responsables del engendro. La respuesta está, como casi todo hoy, en el viento. En el viento de la calle.

Alcaldes de Macondo (9 de marzo de 2013)

Salvador Compán

     

Hay corporaciones municipales que rotulan el nombre de las calles de su municipio como si éste fuera una  inmensa pantalla publicitaria para proyectar los pormenores de su ideología, aunque también sería posible hablar de una concepción de la ciudad como un extenso cementerio lleno de lápidas donde se esculpe el nombre de autoridades y creencias con un ciego afán de dominio y de propaganda o con una pueril aspiración a la inmortalidad.

¿Cuántas plazas o calles se rotularon en el franquismo con el ridículo nombre de Generalísimo o con los de quienes formaron la guardia de hierro del Régimen? Si uno pasea, por ejemplo, por Sevilla, le parece a veces transitar por las páginas de un catecismo: calles que se llaman Amor de Dios o Jesús del Gran Poder, que llevan el nombre de mil variantes de la Virgen, que rizan el rizo para denominarse Divina Enfermera o que truecan nombres tradicionales como el de la Plaza del Pan por el más sectario de Jesús del la Pasión. O, si miramos hacia Jaén, nos encontramos con que el partido que gobierna el municipio acaba de decidir, por su cuenta y en solitario, que la plaza de la Libertad se llame José María Sillero o que la plaza de los Perfumes tome el nombre de plaza de la Policía Nacional.

Lo que refleja este modo de actuar es toda una visión del mundo que tiende a apropiarse de un espacio común para tratarlo como propio. Igual que si ignoraran los límites del poder y gobernaran solos y para ellos mismos; igual que si no supieran que una ciudad es un lugar para compartir, formado por esa cultura de lo cotidiano que, a través de los siglos, ha ido haciéndose y nombrando los sitios que ocupaba.

En ocasiones, se tiene la impresión de que algunos llegan al municipio con tanta ansiedad por dejar su huella que confunden su afán de poder con el Génesis, y se toman al pie de la letra aquello que escribió García Márquez sobre Macondo, cuando allí “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”. Pero las ciudades vienen de muy lejos y las palabras que nombran cada una de sus partes son un patrimonio común y no pertenecen al primero que quiera marcar a la ciudad con su particular ideología, o con sus simples preferencias, y grabar esa herencia, bien fijada por la escritura, en la memoria de sus conciudadanos.

Dado que esta utilización del callejero alcanza a alcaldías de todo signo, se haría necesario un consenso que, por un lado, fuera recuperando lo que se le quitó a la ciudad, el nomenclátor tradicional, y, por otro, para los nuevos espacios, tuviera en cuenta la opinión de los vecinos concernidos y de todo el consistorio. No es tan difícil, a no ser que uno sea un alcalde de Macondo, porque hay palabras de encuentro, compartibles, inclusivas. Por ejemplo, y volviendo al caso de Jaén, ¿no era el de Libertad un nombre digno y hermoso para una calle, además de poder ser asumido por cualquiera?

Un trozo de sábado (16 de marzo de 2013)

Salvador Compán

A un matrimonio, le anochece el sábado entre las luces mortecinas de su cuarto de estar. La sala está presidida por los bostezos del marido que, a su vez, se inscriben en el otro bostezo mayor de las rutinas, de la cena, del programa de radio, de la conversación sobre asuntos tediosos y consabidos. Puesto que es sábado, después de cenar, el matrimonio sale para ver una de esas películas donde las razones de la felicidad al final se imponen. “¡Es una tontería!”, comenta, aburrido, el marido al salir del cine, pero a la mujer la película le ha dejado algo dentro, “la lamparilla juguetona, viajera, de un deseo vago”.  Cuando regresan a casa entre el bullicio de la ciudad, él mete la llave en la cerradura y ella, a su lado, mira con “ojos inquietos” a un joven paseante que le recuerda a uno de los actores de la película, a “ese bribonazo de John…desgarbado, con ojos de niño y unos dientes alegres de perro”. En el momento en que la mujer de nuevo va a dejarse tragar por el bondadoso tedio de la casa, siente que “el sábado se iba por la calle abajo” y se pone a rebuscar en su bolso algo impreciso, no sabe qué, un pañuelo quizá, tal vez “el pedazo de sábado que le faltaba”.

Lo que antecede es un resumen del cuento Ojos Inquietos de Medardo Fraile, uno de los escritores de narrativa breve con más peso (con más conciencia de lo que es el poder de la escritura) de nuestro presente. Medardo murió el día 8 en su semiexilio de Glasgow y qué menos que recordarlo aquí cuando él nos regaló cuentos briosos y exactos, parecidos, si eso fuera posible, a ideas o luces esculpidas. Qué menos, entonces, que tratar de retenerlo. Qué menos que releerlo.

La madre de Medardo fue doncella de una señora de Úbeda, que se transformaría en su madre vicaria cuando murió la suya. Esa circunstancia le hizo pasar parte de su infancia en esa ciudad, y añorar el trozo de sábado que se le quedó olvidado en su infancia ubetense. Mi amigo Rafael Bellón, que lo acompañó por nuestra ciudad, puede atestiguar que Medardo no pudo encontrar lo que añoraba en su regreso a Úbeda, por más que, como la señora de Ojos Inquietos, rebuscara dentro de sí para encontrar lo perdido.

Quizá esta idea de que vivimos en la superficie de unas vidas cuya hondura apenas alcanzamos a tocar con la punta de los dedos, es la que pretendió subsanar Medardo con cada uno de sus relatos. Decía que la buena literatura saca a la realidad de la alacena y la convierte en mundo o que un cuento dice algo tan esencial que se hace una gota de sangre del lector. Y es digno de subrayar que las frases anteriores, lejos de ser una mera declaración de principios, las materializó en unos relatos que, por lo demás, están escritos con palabras que encajan entre sí con la precisión de dovelas.

Lean a Medardo Fraile con el fin, si no de homenajearlo por su muerte, sí al menos de darse un festín de espléndida literatura. Quizá, de paso, encuentren los trozos de sábado que nunca vivieron.

 

 

Un santuario llamado dignidad (23 de marzo de 2013)

Salvador Compán

Para un observador despistado, aquello podría ser una especie de romería a algún santuario sin signos externos de serlo. Habían ido llegando en autobuses procedentes de pueblos de toda la provincia y dos centenares de personas se apiñaban en la entrada de la biblioteca de Alcaudete. Ese era el inusitado destino de peregrinación: un lugar de fervor por la cultura, donde las únicas campanas eran las voces de los asistentes y los símbolos no eran cruces sino ese objeto, el libro, tan inofensivo, tan inerte en apariencia como vivo y lleno de mundos en cuanto se abre y libera lo que lleva dentro.

Se trataba de unos de esos actos que organiza el Centro Andaluz de las Letras en su continua labor de meter la sangre de la cultura en las venas de nuestra autonomía. En este caso, un encuentro provincial de clubes de lectura para dialogar con un escritor sobre el poder de los libros. Por mi parte, compartir dos horas y media con esos dos centenares de coprovincianos fue un regalo: escuchar las razones que los llevan a arrancar tiempo a sus tareas, a sumergirse en páginas que les hablan en silencio, y a buscar luego la oportunidad de reunirse para compartir lo leído, para tratar de que ni una gota de sentido se les escape del libro que, de alguna forma, han hecho suyo.

Puedo escribir que es una de las ocasiones en que más orgulloso me he sentido de mis paisanos.  Difícil encontrar a un grupo de personas tan numeroso, tan vivo, tan lleno de preguntas y de curiosidad intelectual. Tan rebelde con las limitaciones que les ha impuesto lo cotidiano. Entre todos, construyeron un relato de la necesidad de comunicarse, de agrandar sus vidas y, en consecuencia, de dejar atrás la soledad impuesta por el desconocimiento para cambiarla por una existencia más ancha y más igualitaria. Porque lo que dejaron explícito es que la lectura no es solo un placer sino una necesidad democrática.

Es esta la lección que se desprende del encuentro de Alcaudete: frente a la resignación de una provincia a la que históricamente le tocó mirar pasar la vida desde las almenas de la frontera medieval o, todavía hoy, desde los pretiles de la N-IV; frente a esa espera autocompasiva, oponer la voluntad de agarrar la plenitud de la vida y apropiársela como el que se come una tajada de sandía. Para conseguirlo, solo existe un camino que arranca en la enseñanza y acaba (o, más bien, nunca acaba) en la progresiva mejora que nos aportan los libros.

Al final del encuentro, una señora pidió la palabra para expresar lo anterior de una manera conmovedora. Dijo que, desde niña, su madre le impidió leer para obligarla a cocinar o a labores de costura, una condena doble porque suma el plus de opresión por ser mujer al de habérsele negado la cultura. Esas dos negaciones las padeció hasta que decidió unirse a la poderosa ola de lectores, que llenaba la biblioteca, para empuñar el arma de los libros. Le dimos el aplauso de la mañana. Ya les dije que lo de Alcaudete tenía aire de romería, de una romería hacia un santuario que se llama dignidad.

Carne de cañón  (6 de abril de 2013 de 2013)

Salvador Compán

La ignorancia suele acarrearle a quien la sufre la merma de su libertad o de su eficacia, o regalarle los venenosos dones de la desorientación y de la impotencia. Pero quizá el efecto más dañino es que el ignorante se transforma sin remedio en una persona vulnerable, en carne de cañón. Por ello, en gran parte, la historia de la humanidad está hecha de víctimas ignorantes y de poderosos que se han apropiado del conocimiento. Aunque ni siquiera les hace falta poseerlo: es suficiente fingir conocimiento, o inventar saberes inexistentes, para someter al ignorante.

Ahora, que escribo estas líneas, estoy oyendo en la radio cómo Maduro le cuenta a los venezolanos que el espíritu de Hugo Chávez, transformado en un pájaro, le ha dado ánimos para conquistar la presidencia, y, acto seguido, me entero de que en un pueblo de Extremadura van a sacar en procesión a San Antonio para que, con su mágica intervención, paralice la lluvia e impida el desbordamiento del Guadiana.

Parece una ley histórica que se viene cumpliendo desde que alguien se erige en hechicero de la tribu y aprovecha en beneficio propio el pánico de su pueblo ante la muerte o la tormenta: la ignorancia produce miedo que, a su vez, actúa como una brecha por donde los intereses ajenos entran a saco e imponen su dominio. Hoy, el novísimo hechicero, el que rentabiliza a fondo nuestro temor y saca de él masivos dividendos, es el capitalismo financiero de los países anglosajones y germánicos.

Hasta el premio Nobel Paul Krugman se apuntó el lunes a los propagadores de este miedo como camino para extraer dividendos. Según él, si Alemania no lo impide, Grecia está a punto de salir de la Unión, el euro de acabarse, y el ahorro español de huir a bancos alemanes para evitar el corralito. Lo que hace Krugman es añadir su voz de agorero a un mecanismo que aprovecha la crisis para expoliarnos: se favorece la opacidad y la ignorancia para crear dudas sobre la solvencia de un país, con lo cual se dispara el interés de los préstamos que se le hagan, al tiempo que se propicia la huida de capitales y se debilitan sus empresas que ya pueden ser adquiridas a precio de saldo. Es decir, crear pánico a partir de la ignorancia, y convertir ambas cosas en herramienta para extraer desmedidas ganancias, proporcionales a la pobreza que producen.

Como ven, nada nuevo. Lo único nuevo es el silencio oficial sobre este robo masivo y la fabricación de un pánico tan perverso que llega a culpar de su origen a las propias víctimas del expolio. Por ello, es de agradecer que algunos especialistas recuerden que bastaría con que el BCE prestara a un interés normalizado, y que pongan objetividad, cifras y nombres propios a este imperio del miedo como negocio. Gentes como Yaiza Cabeza, Sami Nair, Manuel Ballbé o Juan Torres lo hacen. Es verdad que con describir la situación quizá no impidan que seamos carne de cañón. Pero al menos, sabremos quién nos dispara y la cantidad de miseria moral que les mueve a encender la espoleta del cañón.

Los caballos de los bárbaros (13 de abril de 2013)

Salvador Compán

José Luis Sampedro (una de esas personas que, aunque hayan muerto, nunca mueren) decía que “somos naturaleza, y poner el dinero como bien supremo conduce a la barbarie”. Con frases como esta, subrayó muchas veces Sampedro la condición aniquiladora del dinero que crece devastando su entorno, incluidas las personas y la propia naturaleza. Como, si después de que el dinero haya ejercido todo su poder, el hombre se transformara en enemigo del hombre y ya solo quedara espacio para desarrollar una vida sin dignidad ni armonía ni justicia, una vida anterior a la civilización.

Es imposible no compartir las palabras de Sanpedro en los tiempos que corren, donde lo propiamente humano, la razón, claudica sin cesar ante la ambición. Donde el instinto depredador de los bárbaros impone el erial de la injusticia con el único argumento de la fuerza del dinero.

No he dejado de pensar en los muchos caminos que transitan los bárbaros mientras esta mañana leía la enmienda a la nueva Ley de Costas, que rebaja la zona de protección del litoral de 100 metros a 20, con lo cual quedan legalizadas todas las edificaciones comprendidas en los 80 metros restantes, al mismo tiempo que se abre la veda para remodelaciones y nuevas construcciones. De momento, se dan por buenas unas 100.000 viviendas construidas en un espacio que es, y debería haber sido siempre, para el uso ciudadano.

Se comprende mal esta patente de corso que se concede a los piratas de la costa. Y aún peor a un gobierno que, dejando de lado otras fuentes de riqueza, como la industria o la investigación, acude de nuevo al negocio del ladrillo, con la perversión añadida de privatizar el paisaje, de robarnos el litoral para convertirlo en una cementera privada. Es como si se legitimara que España devore a España, que coma trozos de su propio territorio para “crear riqueza”, según se nos dice, sin aclarar que es una riqueza de pocos y la socialización definitiva de una naturaleza tan degradada que ya no se parece a sí misma sino, más bien, a un inmenso muladar, a los despojos de la comida de los bárbaros tirados junto al mar.

Esta tendencia a la autofagia como sobrevivencia, que ahora legitima el partido gobernante, se hace aún más rechazable cuando se piensa en cómo es este mismo partido el que se resiste a cambiar la ley de los desahucios, o en que sólo en Andalucía hay un millón de viviendas desocupadas o en el alboroto que están armando con el decreto de la Junta de Andalucía que pretende proteger a personas a las que se expulsa de su casa y, aun así, quedan sometidas a la avariciosa barbarie de los bancos.

De modo que, como decía Sampedro, somos naturaleza, aunque habría que añadir que sólo cuando nos dejan serlo, porque el imperio de los bárbaros nos tiene los caminos del país trillados y es sabido que donde pisan los cascos de sus caballos es difícil que vuelva a crecer la hierba.

 

 

Letra para una canción   (20 de abril de 2013)

Salvador Compán

En las imágenes que difundieron la mayoría de los medios, puede verse a Isabel Pantoja llevada en volandas por la policía a la salida del juicio que la condenó. Su cuerpo está desmadejado y su cara aparece conmovida por una mueca de desesperación que las enormes gafas de sol no logran ocultar. En torno a ella, una turba de personas esgrimen los puños y abren las bocas para formar el grito: voces airadas que bien la insultan o bien, como quien jalea a una Dolorosa, le chillan guapa.

Independientemente de que las personas que la esperaban estaban de más porque querían ejercer a gritos una justicia que ya estaba hecha con argumentos, es posible ver en esa foto el final de un modo de corrupción que, con sus aires bufos y su cutrez de posguerra, ha halagado la sentimentalidad de un pueblo para mejor esquilmarlo.

Quiero decir que la manera de robar el dinero público de Gil y toda la negra camada que dejó en Marbella parece salida de una sociedad preindustrial, donde los saqueadores se comportaban como patriarcas castizos y los saqueados como mitómanos agradecidos al poder que les robaba. Todos esos hijos menores de Berlusconi tenían tal seguridad en su impunidad y en la inocente incultura de los vecinos a los que expoliaban que ni siquiera guardaban demasiado las apariencias. Les bastaba con ser toscos, enterizos, marianos y ultraespañoles. Les bastaba con ponerle a los mayores engaños una piel de sinceridad, hablar con el corazón en la mano, prodigar elogios a la bondad y a la alegría, y fabricar con todo ello el enorme pedestal del populismo donde se subieron para ser aclamados por la ingenuidad de sus víctimas.

Con este bagaje, no es extraño que en los juicios en los que fueron condenados hubiera dos lenguajes incompatibles. Por un lado, el lenguaje de la justicia que expresaba datos, hablaba con fría objetividad y utilizaba palabras como malversación, blanqueo, cohecho o prevaricación. Por otro, las respuestas de los acusados que seguían llamando, faltaría más, al pan y al vino, vino. De ese modo, Isabel Pantoja declaraba que Julián Muñoz no tenía un duro y era ella quien lo auxiliaba. O Isabel García Marcos se atrevía a afirmar que las bolsas de euros encontradas en su domicilio eran los ahorros de toda su vida. O Maite Zaldívar hacía profesión de su sana ignorancia al querer convencer al tribunal de que ni siquiera sabía qué significaba eso del blanqueo de dinero.

Es, tal vez, el final de esta corrupción (un poco de tercer mundo, de ideas cortas y de mano larga) la que está representada en la foto de Isabel Pantoja, en la indignación de la mayoría de los que la esperaban y en los piropos de los pocos que aún confunden el estrado con el tablao. En las gafas oscuras de la cantante, podría condensarse su afán de disfrazar su inmensa vergüenza por haber contribuido a unas prácticas de robo tan burdas que, en otro país, la dejarían para siempre sin lírica para sus canciones.

 

La novela que nos contamos  (26 de abril de 2013)

Salvador Compán

Tenía razón Ciro Alegría cuando escribió que el mundo es ancho y ajeno, y no sólo porque sea de los poderosos sino porque consumimos la vida para intentar abarcarlo, para apropiárnoslo arrancándole zonas de sentido. La cara de las personas que, según  Ovidio, estaba hecha para reflejar las estrellas, en realidad, lo que refleja es la cara de otras personas que se buscan para comprender y comprenderse. Esta idea de la vida como un viaje hacia el conocimiento es la que está en la base no sólo de la ciencia sino de la literatura cuando ésta merece ese nombre. De eso hablan los libros que se nos quedan en la memoria, de echar una ojeada por el fondo de los seres y de las cosas para acercar la lupa de las palabras y observar el fluir de la vida en su interior.

En el discurso de Caballero Bonald, con motivo de la recepción del Premio Cervantes, se habla de la poesía como un semillero de pensamiento crítico que se ha levantado a lo largo de la historia contra la injusticia y el dolor. O como un camino hacia la utopía, “una esperanza consecutivamente aplazada”. Y es verdad que la literatura tiene esa fibra -ese filo- social que quiso poner de manifiesto el poeta en su discurso. Sin embargo, el propio Caballero sabe que hay mucho más en la literatura: un afán de penetrar en la entraña de la realidad, llegar no más lejos -decía JR Jiménez- sino más hondo. Intentar acercarnos a ese mecanismo multiforme, vasto, complicado y siempre extraño al que llamamos vida.

No me parece que las personas busquemos a diario algo distinto a lo que busca la literatura, sólo que con medios más pobres, con palabras más espontáneas y menos eficaces. Por eso, charlamos sin cesar con nuestros allegados. Por eso, nos contamos qué hicimos o qué haremos y nos interrogamos a diario sobre el porqué de conductas y sucesos. Es como si cada uno de nosotros escribiera una novela que nunca acaba, que siempre se está haciendo y que, aunque tenga finales de capítulos, nunca llega al desenlace. Sin embargo, se trata más bien de que nuestras conversaciones tejen un relato colectivo, hecho con las correcciones, con los consejos y las advertencias, con las apostillas y glosas de nuestros interlocutores, hecho también con nuestras aportaciones a la novela que ellos escriben día a día y que se suma a la memoria de quienes nos precedieron. Toda una herencia de palabras impresas en el mismo aire donde hoy escribimos nuestra perplejidad ante el presente.

En este sentido, la literatura es el resumen y la punta de lanza del relato coral que entre todos escribimos, porque, por decirlo con palabras de Caballero Bonald, en los buenos libros las palabras son más grandes que en el diccionario, significan más, llegan más lejos. En todo caso, la literatura explora la frontera que separa las certidumbres de las dudas para seguir conquistando este mundo que pisamos, todavía tan ancho y tan ajeno.

La marca España (4 de mayo de 2013)

Salvador Compán

Como apenas nos queda otra lógica que la del neocapitalismo, no es extraño que las naciones condensen su valor simbólico no en sus banderas, sino en lo que se ha dado en llamar marca-país. Marca. Como la leche o los automóviles, un país se mide por su logo, por su valor añadido, por su relación calidad-precio o por sus prestaciones. Un país como un gran producto que se vende unido a una imagen creada por sus publicistas.

Es un dogma de la publicidad que hay que vender ideas y sensaciones más que productos. Así, para vender Coca-Cola se une a la idea de felicidad o a Volvo se asocia con seguridad en la conducción o a Nenuco con ternura. En esta línea, el actual gobierno quiere vender la marca España unida a una idea, pero de enfermo terminal: la docilidad. El anuncio publicitario creado por el gobierno versa sobre un país sumiso al sistema financiero,  aunque el tal sistema le meta a fondo el diente para dejarlo sin gota de sangre. Paciencia, recomienda Rajoy, obediencia. Como si sólo él ignorara que la Troika aprieta, pero también ahoga.

Vendiendo este cementerio de la sumisión, sólo apto para mártires, parece inevitable que nuestra marca-país se derrumbe. Según el último sondeo del Observatorio de la Marca España, los alemanes han aumentado por cinco su desconfianza en nosotros. Ya saben, tendemos al ocio, somos tradicionales, tenemos demasiadas debilidades estructurales.

Pero tal vez el peor vendedor de la marca España sea el independentismo catalán que,  para crear la marca Cataluña, prima el valor de su bandera y se presenta como víctima de esa otra víctima que hoy es España. Las 34 oficinas comerciales y las 5 delegaciones, que tiene en el extranjero el gobierno catalán, difunde ahora un ideario basado en que están oprimidos por Madrid, quien ve en su cultura no una riqueza sino una amenaza para la unidad. Un país “caótico”, España, que los empobrece y no quiere negociar con “un movimiento pacífico”. Mal pueden crear los independistas la marca Cataluña (que pretende incluir también a los catalanes no independentistas) con esas falacias y verdades a medias. Al exagerar y dramatizar su oposición al otro y no poder argumentar la afirmación de lo propio, sólo consiguen publicitar su afán de “comer aparte para comer más”, como resume Bono, dañando de paso la imagen del resto de los catalanes y del resto del país.

Así que estamos en pleno síndrome de la lágrima. Llanto sobre la paciencia de Rajoy sumado al llanto de los oprimidos de opereta de Mas. Y, sin embargo, es sabido que la publicidad se hace con ideas positivas que, aun siendo ilusorias, pregonan la búsqueda de mundos mejores. En consecuencias, si quieren vender la marca España, que cambien el anuncio de la derrota por ese otro que habla de exigencia ante Europa, de cómo conseguir que el Banco Central Europeo nos pague la deuda de habernos echado al paro a tantos millones de conciudadanos.

 

Sobre valles y cumbres  (12 de mayo de 2013)

Salvador Compán

            El relieve quebrado de España, a veces, parece el dibujo de una opinión ciudadana hecha de valles y de cumbres, como si en un país montañoso sólo pudiera darse la diferencia irreconciliable de posturas y los desencuentros del bipartidismo. Como si la mitad de nuestros conciudadanos anduviera por tierras de vega y la otra mitad por las aristas de las cumbres. Aunque no quisiera caer en la simplificación de hablar de las dos Españas machadianas o de acudir al cuadro de Goya en el que se representa a dos paisanos condenados a entrematarse a garrotazos, en ocasiones esas dos metáforas parecen buenas para describir nuestra vida en común, porque se podría afirmar que el equilibrio en asuntos esenciales anda aquí garrotazos, y una de las dos Españas le hiela el corazón a la otra media. O, con palabras de Larra, la mitad de España muere a manos de la otra media.

No parece posible que en estas tierras de relieve se pueda bajar al llano para acordar pactos de Estado que den continuidad a lo que más necesitamos: la educación, el empleo, la interpretación de leyes fundamentales, la protección del territorio. Y, sin embargo, se trata de unos asuntos en los que los profesionales de la política tienen la obligación elemental de conseguir un consenso de mínimos, y, sólo después, dedicarse a su propia visión de los demás aspectos de la vida pública. Ésta debería ser la condición para existir en política, y la exigencia de mínimos democráticos de cualquier ciudadano. De otra forma no se puede hablar, sin engaño, de servicio público.

Por si fuera poco seguir contemplando el eterno fracaso de los pactos sobre empleo o educación, ahora viene un ministro salido de una sacristía para poner en peligro el logro básico de dar a la mujer lo que es de la mujer: el derecho a interrumpir su embarazo.  Es eso lo que afianzó el Tribunal Constitucional cuando en 1985 sentenció que el feto no es persona y que, “si se protegiera incondicionalmente, se protegería más la vida del no nacido que la del nacido y se penalizaría a la mujer por defender su derecho a la vida”. Por ello, la ley de 2010 pudo establecer que en las 14 primeras semanas de embarazo la libertad de decisión es sin más de la madre.

Sin embargo, nuestra falta de consenso nunca muere y, en apoyo de los proyectos antiabortistas de Gallardón,  otro ministro compara la interrupción voluntaria del embarazo con el terrorismo o una diputada de la derecha asocia a quienes abortan con la incultura. En este caso, como en el de la educación, lo que en el fondo nos impide andar por las llanuras de los encuentros es que en el debate se quieren imponer creencias y no ideas, sentimientos y no razones o, en ocasiones, el terror sagrado y no los valores democráticos.

Así que uno anda acordándose sin remedio de los valles y cumbres de Goya, de Larra o de Machado. Incluso, cuando escucho a Gallardón, una voz de pesadilla me dicta la sentencia de Valle-Inclán: “En España siempre reina Felipe II”.

Las uvas siempre siguen verdes (18 de mayo de 2013)

Salvador Compán

Durante algún tiempo, algunos de mis alumnos iban por la calle con los ojos abiertos para coleccionar errores de ortografía como enfermeros que llevan a los caídos al  hospital de campaña. Nuestro enfermería era una sección de la revista de instituto que habíamos llamado Palabras Heridas y allí se exponían, al escarnio público, sin necesidad de más cura que la de exponer sus llagas a su propia evidencia. Estos vocablos de monstruosa ortografía llegaron a ser tan abundantes y con tantas mutilaciones que, lo pueden imaginar, la sección murió de éxito.

A pesar de todo, las palabras heridas gozan cada vez de mejor salud. El contagio de la lengua sintética de los SMS o de Twitter es una de las causas, pero en la base de todo están las deficiencias del sistema educativo y una sociedad, que envuelve y nutre al sistema, que no está lo suficientemente alfabetizada, que no es lo suficientemente lectora. Más en el fondo, se encuentran unos hábitos sociales que ignoran que la forma y el fondo son parte de un mismo todo y, en consecuencia, aplauden la chapuza, lo inacabado, lo superficial o insuficiente con tal de que todo ello se pueda consumir con rapidez, de un solo trago. Habría que añadir que esta cultura de lo imperfecto se exhibe con el mismo falso orgullo de la zorra que, al no poder alcanzar un ramo de uvas en plena sazón, se da la media vuelta mientras con la cabeza bien alta se dice que no importa no haber comido, porque las uvas estaban verdes.

No es raro que alumnos de universidad protesten al haber suspendido por faltas de ortografía. Sus argumentos son siempre los mismos: lo importante es el contenido del examen y no el modo de expresarlo. Como si los navajazos que le han propinado a la lengua no se los hubieran propinado a sí mismos y a la misma raíz de su cultura, al único vehículo que tienen para contestar a ese examen y a todas las preguntas de la realidad. Con razón, el filósofo Pardo dice que este tipo de alumnos no es que estén bien suspendidos sino que no están en condiciones siquiera de ser examinados.

En el lado opuesto, nos encontramos con la normativa que imponen los inspectores de educación en Andalucía: no se puede penalizar a nadie por faltas ortográficas, sino premiar a quienes no las cometen. Así que, por nuestro sur irredento, lo mínimo es lo máximo, la normalidad es la excelencia y nuestros gestores prefieren escribir la cultura con letras minúsculas. Con tal de esconder el fracaso escolar, se nos impone una enseñanza de andar por casa y se esconde luego su escasez con triquiñuelas varias (Pruebas de Diagnóstico, Leyes de Calidad, de Buenas Prácticas, etc.), todas dirigidas a blanquear la fachada de aprobados que en muchos casos son más políticos que reales. Con tendencias así, las uvas maduras se las comerán por otros pagos; por aquí, maldita mala suerte, nuestras uvas nunca maduran, siempre siguen verdes.